
«En el barrio de las Tres Mil Viviendas, en Sevilla, el cultivo de marihuana parece algo normal, cotidiano, hasta familiar»
¿Cuánto tardan los hijos de su madre en aguarte la fiesta de un gran día? Poco, muy poco, en cuanto aparecen las noticias en los informativos matutinos. En el barrio de las Tres Mil Viviendas, en Sevilla, el cultivo de marihuana parece algo normal, cotidiano, hasta familiar. También es habitual, al parecer, la serie de tiroteos casi diarios entre clanes de delincuentes que se disputan el reparto de droga.
No sé por qué. ¿Será porque, dedicándose a esto, se trabaja poco y se gana mucho, a pesar del riesgo? ¿O es que hay personas que llevan el delito en la sangre? Lo que se asume aquí no es trabajo, es el peligro de ser descubierto por la policía y pasar una temporada a la sombra.
Lo que ocurre, según parece, es que el esfuerzo en nuestras sociedades, el trabajo, la voluntad, parecen estar de más, o incluso algo peor: que no haya trabajo para todos, o que, aun habiéndolo, la gente no tenga la formación suficiente para ocupar los puestos que se necesitan. ¿Y de quién es la culpa? No lo sé. Pero debería interrogarse por ello el Ministro de Educación, también el de Trabajo y, por supuesto, el de Interior. Pero, desde luego, no el resto de la sociedad que se dedica a otros asuntos.
Recuerdo que, en mi colegio de preadolescente, con unos doce años, el profesor de latín nos hacía formar en filas junto a los pupitres e iba preguntando, empezando por el primero de su derecha, asuntos de su materia: declinaciones, palabras, verbos, etc. Si el interrogado no sabía o contestaba mal, le hacía retroceder un puesto en la fila; si lo sabía, avanzaba uno. Así transcurría la clase, hasta que llegaba la hora de explicar, media hora después. Esto era así a diario. En una clase de cuarenta alumnos, los cinco primeros se llevaban un diez; los cinco siguientes, un nueve; los siguientes, un ocho; y así sucesivamente. Aquel método nos obligaba a estudiar a diario para no quedar en los últimos puestos.
No creo que esto pudiera hacerse en la actualidad, pues, a la luz de lo que exige la sociedad, este método sería calificado como algo discriminatorio, no sé si incluso vejatorio para los que no lograran colocarse al menos en el cinco. Es un error, porque antes, como ahora, el nivel de exigencia debería ser parejo. Más incluso debería pedirse, dada la competencia que les aguarda a los chicos en el futuro.
No sé si la gente en general es consciente de que, no tardando mucho, los trabajos mecánicos y repetitivos en las empresas estarán cada vez más en manos de la mecanización robotizada. Las líneas que antes estaban cubiertas por personas, cada día que pasa, irán cayendo en manos de maquinaria que probablemente solo exija la implicación de unos pocos operarios cuyo trabajo sea programar y arreglar, cuando sea necesario, esas líneas de producción.
Se van a necesitar personas, muchas, pero a un nivel relativamente alto en formación y menos en mano de obra. ¿Qué piensan los actuales gobernantes que va a ocurrir? ¿Que esto se improvisará así por arte de birlibirloque? ¿No debieran pensar ya, más allá de sus próximas elecciones? Sí, debieran pensar en cómo empezar a crear profesiones y trabajos para una gran parte de la población que no podrá acceder a los puestos de organización y dirección, para ubicarlos en puestos que hoy día no existen y para los que hay que prepararlos, y no para trabajos que, desde luego, ya no harán las personas.
Esto debe ser así si no queremos encontrarnos con barrios como el de las Tres Mil Viviendas de Sevilla, en los que las personas no violentas y no delincuentes ni siquiera puedan entrar.
Y es por todo esto por lo que empezaba diciendo: ¿Cuánto tardan los hijos de su madre en aguarte la fiesta de un gran día? Poco, muy poco, en cuanto aparecen las noticias en los informativos matutinos. En el barrio de las Tres Mil Viviendas, en Sevilla, el cultivo de marihuana parece algo normal, cotidiano, hasta familiar. También es habitual, al parecer, la serie de tiroteos casi diarios entre clanes de delincuentes que se disputan el reparto de droga.
No sé por qué. ¿Será porque, dedicándose a esto, se trabaja poco y se gana mucho, a pesar del riesgo? ¿O es que hay personas que llevan el delito en la sangre? Lo que se asume aquí no es trabajo, es el peligro de ser descubierto por la policía y pasar una temporada a la sombra. Lo que ocurre, según parece, es que el esfuerzo en nuestras sociedades, el trabajo, la voluntad, parecen estar de más, o incluso algo peor: que no haya trabajo para todos, o que, aun habiéndolo, la gente no tenga la formación suficiente para ocupar los puestos que se necesitan. ¿Y de quién es la culpa? Pues, lógicamente, de los individuos que están para organizar la sociedad: los políticos, que muchas veces solo están por interés propio y no, como debiera ser, por el interés de sus ciudadanos.

