
«Mientras el presidente Sánchez diserta sobre apagones y liderazgos planetarios, la realidad nacional se parece a un capítulo siniestro de dibujos animados»
Estuve oyendo la comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso, hablando, entre otras cosas, del apagón del lunes pasado. La verdad es que no he prestado demasiada atención, porque tengo ya asumido que oír alguna verdad de esa boca —de vende motos y campeonatos de liga mundiales— es imposible. De hecho, lo que más me extraña es que este señor pudiera alzarse hasta el puesto de número uno del Partido Socialista sin que nadie le hubiera tomado la medida. Tal vez fue a pesar de ello. Quizás el nivel intelectual en su partido sea ese: rasadito. Vamos, que el PSOE ha llegado a parecerse a los dibujos animados de los suspiritos azules.
Al parecer, los Pitufos representaban una sociedad socialista por excelencia, de nivel intelectual homogéneo: todos eran buenos, buenísimos… y, si no fuese por el gato —del que no recuerdo el nombre— y por el malvado y retorcido Gárgamel, todos vivirían felices y comerían perdices en una sociedad no competitiva e igualitaria. Una sociedad de personajes nada egoístas que trabajaban solo para el beneficio de la comunidad y, si era posible —que casi siempre sí—, acudían al rescate de otros más necesitados. Solo algunos, muy pocos, iban a su interés, pero generalmente acababan mal o eran despreciados por los demás.
Bonitos dibujos, bonito cuento… pero de narrativa china, aparte de infantil a más no poder. Podría asegurar —si nadie se sulfura— que la realidad de los infantes no es así. Y, si lo es, es por falta de conocimientos retorcidos acerca de lo mío y del yo. Pero lo aprenden bien pronto, y más les vale si no quieren ser presa de otros más inteligentes.
La única realidad es que los Pitufos no son, para nada, las sociedades humanas, por mucho que algunos la vean así, crean que son así o traten de imponer que sean así. Ya lo dicen muchos autores de ensayo político y trabajos acerca de la sociedad actual: la mentira mueve el mundo. Y yo añado que la mentira alza a las cumbres —nada borrascosas— a los que más desparpajo, listeza y cara dura gastan.
Lo malo de los dibujos animados es que creérselos es algo infantil. El que piense que tienen algo que ver con la realidad —que no sea la interior de un cerebro infantil— está claramente equivocado. Es sintomático que, casi siempre —no siempre, afortunadamente—, los altos cargos o puestos directivos estén ocupados por personas cuyo cociente intelectual es superior a la media, salvo excepciones manifiestas que están, en la actualidad, en la mente de todos los que tienen más de dos dedos de frente.
Algunos son tan sinvergüenzas que, no estando en altos puestos de poder, fastidian tela marinera a los demás; por ejemplo, parando trenes por falta de electricidad después de haber “sustraído” —por ser finos— metros y metros de cable de cobre. Ya sabemos que cobrar está muy bien, pero no cobrar por robar, y robar, robar y robar. Sabemos bien que no están fuera, porque con unas buenas cizallas se puede robar y robar.
Por eso es por lo que algunos que no tienen dinero o se ponen a calentar el asiento en el Congreso —porque algo les cae como sopa boba— o, trabajando incluso, no ponen orden, aun siendo mayoría en sus propias filas. Es de todos sabido el refrán de que “el que se mueve no sale en la foto”. Bueno, miento: salvo que te dediques a expoliar las líneas ferroviarias, que entonces sí que sale en la foto el roto de la mínima verja de seguridad que protege el recorrido.
Ya sabemos que no se le pueden poner puertas al campo, pero al menos alguna patrulla de seguridad en Land Rovers sí podría ser.
Bueno, resumiendo: es por todo este embrollo de cables por lo que empezaba diciendo que estuve oyendo la comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso, hablando, entre otras cosas, del apagón del lunes pasado. La verdad es que no he prestado demasiada atención, porque tengo ya asumido que oír alguna verdad de esa boca —de vende motos y campeonatos de liga mundiales— es imposible. De hecho, lo que más me extraña es que este señor pudiera alzarse hasta el puesto de número uno del Partido Socialista sin que nadie le hubiera tomado la medida. Tal vez fue a pesar de ello.
