
«Por qué la mezcla cultural sin criterio amenaza con destruir siglos de civilización y el relativismo cultural abre las puertas a su propia destrucción»
Hay algo natural en todo ser humano —y me incluyo—: querer poseer un espacio, una tierra, una casa, un sentimiento cercano que me una a otros que comparten mis valores. Pero parece como si se hubiera abierto la caja de Pandora, no en aquellos maravillosos años en que la envidia y los desfases culturales no se nos echaban encima.
El mundo no era tan global como ahora, y poseer lo que teníamos en Occidente no era primordial, ni siquiera imaginable, por parte de quienes vivían en el Tercer Mundo. Sus civilizaciones no habían alcanzado el estadio de evolución social que la nuestra. No como hoy, en que a civilizaciones que llevan un desfase cultural de siglos, intereses políticos de algunos les hacen ver que en Occidente somos egoístas y que, por eso, ellos no tienen lo que nosotros poseemos.
A ningún vendedor de esas motos se le ocurre decir que exportar el siglo XXI al siglo VI —o anterior— es una memez. Esos mundos son los que Occidente dejó atrás, afortunadamente, tras el Renacimiento y siglos posteriores de cultura e intelecto.
No es culpa de nadie, aunque algún país hubiera intervenido, o incluso si no lo hubiera hecho. Por lo menos, nada tenemos que ver los habitantes actuales del mundo con todo ello.
Hay fuera de las fronteras occidentales quienes quieren que nuestros valores desaparezcan; son mundos violentos. Sus razones resultan incomprensibles para la mayoría en el siglo XXI, porque la religión, al ser un tema íntimo, debe respetar la intimidad de cada uno: no se puede imponer.
Muchos visionarios religiosos están dispuestos a arrasar con todo a su paso, y todo porque unos malnacidos les engañan con la zanahoria colgando del palo. Unos y otros no desean saber que pertenecen a un lugar u otro, y que las mezclas hay que hacerlas con gaseosa.
No se pueden unir culturas que, en muchos casos, pueden chocar. Esto me asusta, me incomoda, no me parece el camino adecuado para llegar a la comprensión y a la igualdad dentro de la diversidad.
Por eso, quienes han decidido jugar a ser dioses con esa caja de Pandora —esa que más tarde o más temprano se abrirá para liberar la rabia de los que se creen pobres y lo son, o se lo creen y no lo son, o de los que creen ser ricos y no lo son, o solo lo aparentan— van por el camino de la destrucción total de civilizaciones.
¿A quién aprovecha todo esto? Busquemos ahí la respuesta.
Pero quienes más lo sufren son aquellos que se sienten amenazados —con razón—, porque perderán siglos de sabiduría bajo yugos o armas de otras humanidades menos evolucionadas socialmente a lo largo de su historia.
Creo que los seres humanos no son uno, son diversos, y llegan a la cultura en distintos niveles de desarrollo moral, mental, científico, religioso y filosófico. En la cultura occidental ha habido un gran desarrollo, humanístico y humanitario. Esta época de la historia es, en el mundo occidental, la que me parece habernos dado a todos una mejor vida en general, y la posibilidad de ayudar a otros en sus lugares de origen.
Vean que pienso que puede hacerse en su lugar de origen. La felicidad no está oculta tras Occidente. La felicidad puede estar en cualquier parte, siempre que se elimine a los malnacidos que subyugan a los pueblos.
