La soledad que dejas. Por Julio Moreno López

La soledad que dejas.

 “Cómo no imaginarte, cómo no recordarte, hace apenas dos años”. (“Princesa”. Joaquín Sabina). 

 Cuando hace apenas dos años, Soledad, con ese aplomo que siempre le ha caracterizado como buena cántabra, nos reunió a todos para decirnos que tenía cáncer de mama, el mundo alrededor de nuestro grupo de amigos, más cohesionados de lo que pueda parecer, se cubrió de nubes grises. Una noticia así, pesa en el ánimo personal y colectivo como una capa de plomo; no obstante, quizá por su entereza o por su ánimo, su vitalidad, todos pensamos que era un escollo en el camino, que la iba a tener ocupada durante un tiempo impreciso, pero que sin duda alguna pasaría, como pasa la tormenta y, tras ese invierno feroz que se avecinaba, volvería la primavera. 

 

Las primeras noticias, como las primeras olas de una marejada, sacudieron nuestro barco, pero el barco era sólido, de buena madera, como Soledad. El cáncer estaba localizado y no parecía ir más allá de una intervención que, por ende, debía de ser rutinaria para cualquier cirujano. Unos meses malos, sin duda, y luego a seguir la vida. Pero, como en cualquier marejada, las olas fueron a más, hasta convertirse en una tormenta total que no tardó en abrir una vía de agua que empezaba a poner nuestro barco en peligro.  

 

Las noticias no eran buenas. Desde el principio, la cosa se complicó, como se complica la vida misma, hasta el punto en que nuevamente, con total presencia de ánimo, Soledad nos explicó que no había solución. No obstante, las esperanzas de supervivencia eran largas, se hablaba de cinco años. Un horizonte lejano, en nuestro imaginario. ¿Quién sabe dónde estará, donde estaremos, en cinco años? Cinco años son una vida, vista desde la salida. En cinco años, ¿cuántos de nosotros seguiremos aquí? Desde un punto de vista pragmático, tratando de ser objetivo, cinco años no significaba tanto. 

 

Siempre he tratado de ver la vida con esos ojos que te hacen ver el tarro medio lleno, pero es verdad que, ante un azucarero lleno, uno abusa del azúcar y, finalmente, llega el final. Un año parece mucho, cuando empieza enero, pero en noviembre te das cuenta de qué rápido ha pasado. Consciente de ello, como consciente de todo, Soledad decidió que iba a exprimir la vida, que no iba a parar hasta que la vida le parase, ávida como estaba de conocer tanto, consciente como era de lo que le faltaba por aprender. Y se puso a ello, recordando cada día que la meta se acercaba, pero haciéndonoslo olvidar al resto; empeñada en no ser una enferma, sino alguien que, de forma inhabitual, tenía más claro que el resto que no llegaría a anciana. 

 

Cabe pensar que un problema de esta magnitud te hace ser clarividente, como aquel que aprecia lo que tenía después de haberlo perdido. Soledad, desde luego, lo vio claro. Como los grandes artistas, había decidido morir encima del escenario, con las botas puestas, mirando a la muerte de frente, desafiante, demostrándole que no se iría sin luchar y que no tenía miedo. O que si lo tenía, no le iba a dar la satisfacción de demostrarlo. Así que, como siempre había hecho, siguió capitaneando el barco de nuestro pequeño grupo, de nuestro pequeño mundo, obligando a la orquesta que componemos a seguir tocando mientras el barco se hundía. 

 

Y, sumergidos como hemos estado en esa vorágine de viajes, de obras de teatro, de exposiciones y de libros, que Soledad ha devorado en estos dos años, ajenos a los momentos de soledad de Soledad, en los que sin duda habrá sido consciente de lo que se avecinaba, no nos hemos dado cuenta de que el tarro se acababa, de que cada cucharada lo vaciaba sin compasión, hasta que Ignacio, su compañero de vida, contramaestre de este barco, nos ha avisado de que se acaba el azúcar.  

«No ha pasado un solo día sin que los que la queremos nos acordemos de ella y de la lección de vida que nos dejó como legado»

Se va una de los nuestros, pero no se va en vano. Se va dejando una lección, para quien quiera entenderla. Se va tratando de explicarnos que la vida es demasiado valiosa para dejarla pasar, que no somos conscientes de lo que tenemos hasta que lo perdemos y que somos unos necios si no nos damos cuenta de que levantarnos cada mañana es un regalo, y un milagro. Y, aun a riesgo de que se me tilde de vividor, yo he aprendido estos dos años, si no lo sabía ya, que hemos venido aquí a ser lo más felices posible; que el vaso está medio lleno, pero no tardaremos en apurarlo y que, tarde o temprano, la vida nos enseñará la puerta de salida y nos iremos, como se va Soledad. 

 

Y si nuestra dignidad lo permite, o lo faculta, habremos de tratar de hacerlo como ella, mirando al horizonte, con el viento en la cara, desafiando a la muerte con esa sonrisa de medio lado de quien sabe que te pueden quitar todo, menos lo vivido. 

 

Aunque no seas consciente de la soledad que dejas. 

 

@socivil_jm 

Nota del autor: 

Hoy se cumple un año de la publicación de este artículo. Un año sin Soledad, en el que no ha pasado un solo día sin que los que la queremos nos acordemos de ella y de la lección de vida que nos dejó como legado. Sirva este recuerdo para que esa lección sea extensiva al lector, como lo fue para mí.  

Te quiero, amiga mía. 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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