
«Cincuenta años después del servicio militar, la libertad parece una nostalgia y la propaganda, una constante»
Cincuenta años después de haber salido del servicio militar, me parece haber regresado en el tiempo, a aquellos dictatoriales días en los que lo hice. No hay más que ver la cantidad de modificaciones de leyes y normas que se trae entre manos el Yoyó de todos los dioses y santos del universo —que, por supuesto, no voy a nombrar, porque es un ser evidente por sí mismo.
Tampoco hay que despreciar la presión que ejercen los actuales gobernantes sobre los medios de comunicación, incluida la televisión estatal, la Española, con las diversas cadenas que la conforman. Si no fuera por la existencia de las privadas, no nos enteraríamos de nada —poniendo en duda, eso sí, que sean todas ellas independientes, lo cual pongo en entredicho. Como siga siendo así, yo, que trabajé durante treinta años en TVE, no la voy a reconocer. Pero vamos, que aquellos años fueron —o desde luego lo parecieron— años de libertad. Dentro de un orden, añado, porque todo quisque arrastra su sambenito. Y quien no crea esto, va de ala.
Tal vez la manipulación era más sindical que otra cosa, pero está claro que Un mundo feliz solo fue una novela, al igual que 1984; cualquier parecido con la realidad de ayer, de hoy o de mañana solo será pura coincidencia… no buscada. Ojo: que en este tiempo nuestro podemos enfrentarnos a algo parecido, no tan evidente, pero sí de manera sutil, soterrada y sibilina.
No sé si está empezando a ocurrir ya, pero si es así, gran parte de la culpa la tiene el pueblo español, que en general solo lee de vez en cuando, y en las fiestas de guardar, el misal de la Iglesia. Fueron dos años, aquellos del setenta y cinco y setenta y seis, que pasaron volando. Estuve de guardia el día en que murió el dictador, y después vinieron la Marcha Verde y todo el tiempo de enfermedad de Franco. Nos licenciaron a los soldaditos con un año, o sea, dejé la mili en febrero del setenta y seis. Eso sí, me dieron la cartilla un año después. Imagino que por si las moscas.
Ahora, salvo que seas profesional, ya ningún chaval hace el servicio militar. Y por supuesto, tampoco las chicas hacen la preparación para la vida de futura madre: el Servicio Social, con canastilla incluida. Imagino que más de una feminista acérrima se estará revolviendo en su silla, con aires destemplados, al leer esta declaración. Pero lo siento, chicas, era así. ¿Qué queréis que le haga o diga? Seguro que opinan estas mujeres que nadie les va a enseñar a ellas a ser madres. Claro que antes tampoco hacer la canastilla implicaba aprender a serlo. Eso se aprendía por boca de las abuelas, que ya eran licenciadas en maternidad, y motu proprio; o sea, que la naturaleza, a la fuerza, se imponía y enseñaba.
No sé cómo aprenden hoy en día esos trabajos o labores las futuras madres. Yo sé que, como padre que he sido, aprendí a lavar, esterilizar y preparar biberones a tutiplén, al igual que lo hacía también mi mujer. A bañar a mi hijo, limpiar cacas, poner pañales y hasta cantarle canciones para dormirle, aunque el muy puñetero se hacía el rebelde, sin ninguna causa.
No éramos un macho y una hembra: éramos un equipo. Una pareja humana con un retoño —que no hay que confundir con un Clío (nombre de automóvil), sino con un crío, que es el nombre del que ha nacido de un hombre y de una mujer, y que tiene sus propios papeles y deseos innatos como miembro de la especie animal humana.
Lo que está claro es que del crío se tiene que ocupar alguien. Somos animales neoténicos: necesitamos seguir aprendiendo después de nacer —y muchas cosas—, y desde luego les puedo asegurar que no las enseñará ningún fantasma de los que sacan en el programa de Iker Jiménez. Porque una cosa son las fantasías animadas de ayer y de hoy, en dibujos de los cincuenta, y otra muy distinta la recalcitrante y cabezota realidad.
El bebé siempre buscará un pecho nutricio, que por suerte o por desgracia solo poseen las hembras de la especie: las madres. Se han hecho experimentos con primates, integrando biberones en armazones metálicos a modo de “pecho”, y los monitos se desarrollaron muchísimo peor que los que fueron amamantados por sus madres. Imagino que muchas feministas pondrán sus reparos, pero todavía no he visto que la opinión de un humano sobre cualquier tema pueda superar la eficacia de la naturaleza.
Hoy día tengo dos hijos, una hembra y un macho, de lo más humanos que puedan ser. Son felices, y desde luego no tienen complejos acerca de si en su primera infancia fueron alimentados y cuidados por su padre o por su madre. Pero nunca les faltó el pecho de mamá. Y si ellos hubieran notado cualquier tipo de fallo en su cuidado, a estas alturas seguro estarían de alguna manera resentidos y afectados.
Todo esto viene a cuento de que la naturaleza animal es como es, y no la puede retorcer la lógica humana ni sus deseos fabricados ortopédicamente. Lo puedo decir más alto, pero no más claro.
Y no es por esto, pero empezaba este escrito diciendo que, cincuenta años después de haber salido del servicio militar, me parece haber regresado en el tiempo a aquellos dictatoriales días. No hay más que ver la cantidad de leyes y normas que se trae entre manos el Yoyó de todos los dioses y santos del universo. Tampoco hay que despreciar la presión que ejercen los actuales gobernantes sobre los medios de comunicación, incluida la televisión estatal, la Española, con las cadenas diversas que la conforman.
Si no fuera por la existencia de las privadas, no nos enteraríamos de nada —poniendo en duda, insisto, que sean todas ellas independientes. Como siga así la cosa, yo, que trabajé durante treinta años en TVE, no la voy a reconocer. Pero vamos, que aquellos años fueron —o desde luego lo parecieron— años de libertad.
Parece que hoy en día nadie lo reconoce, que los seres humanos somos libres, pero estamos condicionados por nuestro sexo y género
