Un encuentro peligroso. Por Diego Pardos 

Ruth Bravo en la foto oficial de la página del Ayuntamiento de Zaragoza.

«¿Qué hay que hacer? Morderse la lengua, autocensurarse, ocultar las verdades, llenar de elogios desmedidos a unos, y de improperios a otros»

A media mañana del lunes pasado me dirigía como quien da un paseo a realizar unas gestiones de poca importancia al centro de la ciudad. Y a media calle también, la antigua San Gil, hoy de Don Jaime I, me encuentro con doña Ruth Bravo, tras muchos años sin verla. Ella caminaba en sentido opuesto al mío, a su despacho del Ayuntamiento. La acompañaba una señora silente, mezcla de policía, asesora de prensa y secretaria. Dio para poco ese breve encuentro, apenas unas palabras de cortesía, porque estos políticos es sabido que andan muy ocupados y siempre van corriendo; y a uno le da apuro entretenerles; a uno le da un no sé qué ponerse a hablar con ellos por miedo a estorbar. Y tiene que fingir además una prisa que no tiene para devolverles la pelota y simular una vida azorada y urgente. En ese lado de la calle, el de los pares y de la derecha (ocioso será aclararlo) nos despedimos. 

 

Luego iba yo con la idea en la cabeza de hacerle llegar mi artículo del día 11 de enero titulado “El sitio de Zaragoza” y publicado en La Paseata, donde pongo verde a su jefa, donde critico a la alcaldesa, donde dedico unas simpáticas palabras a su homólogo señor Martínez-Almeida y a doña Natalia Chueca, ahora de gira tecnológica por los Estados Unidos. Es decir, a mi suicidio como columnista pretendía provocar y añadir la animadversión de doña Ruth, así a lo tonto y gratuitamente. Ahora explicaré el porqué. Del nombramiento de la señora Bravo tuve noticia tardía. Y ello debido a mi desinterés y apatía creciente por la cosa política. Hasta el punto de que en el día y hora en que escribí el necesario pliego de denuncia ciudadana, ni me tomé la molestia de ver quién era el responsable de la implantación de la Zona de Bajas Emisiones, cuya normativa será de obligado cumplimiento el año que viene y que hará que mi viejo Volkswagen no pueda circular por determinadas calles de la capital aragonesa. Sólo la Justicia lo podrá impedir, como ya ha sucedido en ciudades como Segovia gracias en este caso al Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León (La Gaceta, 21 de mayo de 2025). 

Un encuentro peligroso

Por medio de una superficial investigación me entero de que mi amiga (examiga como le de por leer estas líneas) pudiera ser la culpable como titular de la Concejalía Delegada de Seguridad Vial. Lo cual me hace comprobar en carne propia lo que se ha dicho en muchas ocasiones: que no puede haber relación estrecha entre prensa (aunque uno no sea periodista) y política, porque… ¿qué hay que hacer? Morderse la lengua, autocensurarse, ocultar las verdades, llenar de elogios desmedidos a unos, y de improperios a otros. Hombre, es cierto que en favor de la señora Bravo puedo decir que yo la he visto acudir al trabajo en bicicleta (encima en una roñosa bici municipal, bien fea por cierto, del consistorio podemita del señor Santisteve), dando así ejemplo de sostenibilidad. Aunque siempre habrá quien piense que no se trataba más que de un truco para conseguir en el futuro el cargo que ahora ocupa. 

 

(Tuvo doña Ruth, además, el acierto de nacer en el mismo año que yo, aunque ello la convierta en una mujer del franquismo. Del franquismo y del 23-F, fecha también celebrada por Vizcaíno Casas.) 

 

Pero resulta que ahondando algo más en mis pesquisas veo que la edil que manda en eso del Medio Ambiente y la Movilidad es doña Tatiana Gaudes, con lo cual ya respiro tranquilo pues dirijo mi principal crítica a esta señorita y mantengo la de doña Natalia, que la antecedió en tan desagradable ocupación durante el mandato de Jorge Azcón. Aprovecho para decir que entre la Gaudes y la Alegría (que también fue concejal en Zaragoza)  sobran en esta tierra motivos para ser felices. 

 

He reflexionado mucho sobre tan espinoso asunto. A mi manía de meterme con los políticos encuentro ahora el añadido de indagar sobre su vida. Porque, imaginen ustedes que la próxima vez que yo mencione el nombre, pongamos por caso, de doña Emma Buj, y critique sus decisiones, descubro luego que un primo suyo fue compañero mío de clase y que compartimos juerga y cerveza por los bares de Teruel. O que su tía me regaló un aprobado y lo pago años más tarde atacando a su sobrina. Doña Ruth Bravo se ha salvado por los pelos de mi furibunda invectiva final en esta columna. Si su colega insiste con las prohibiciones, y los tribunales no lo remedian, tendré más ocasión de gastar zapatilla y coincidir con ella de nuevo en la calle. Y todo (copiando y alargando el título de Jünger) a consecuencia de “un encuentro peligroso con mi examiga”. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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