De la formica a la reformica. Por Diego Pardos 

De la formica a la reformica. Mercedes Formica y su busto

«A Mercedes Formica le dedicaría un parque mejor que una calle, bautizaría con su nombre una nueva flor hermosa y en lugar de hablar tanto me pondría a leer alguno de sus libros»

Porque era una mujer escultural le hicieron un busto. Lo pusieron en una plaza gaditana y “er Kichi” lo retiró. Se llamaba Mercedes Formica-Corsi Hezode, nació en Cádiz en 1913 y murió en Málaga en 2002. 

 

Lo cierto es que uno se ha empeñado en dedicar una columna a esta señora sin caer en la cuenta de que entre lo autobiográfico escrito por ella y lo biográfico que podemos leer en Soler Gallo, tiene bien poco que decir. Lo ya sabido: primera mujer falangista (junto a Justina Rodríguez de Viguri) a través del Sindicato Español Universitario (SEU) y delegada del mismo, nombrada por el propio José Antonio Primo de Rivera. Y también de las pocas mujeres que ejerció la abogacía, profesión de escasos antecedentes femeninos. Gracias a ella se produjo en el ecuador de la era de Franco el debate que instó a la reforma del Código Civil con el objeto de reparar injustas leyes para la mujer. El detonante fue “El domicilio conyugal”, su polémico artículo en el ABC (7 de noviembre de 1953). De padres separados, Mercedes conocía desde jovencita la injusticia de unas leyes que hicieron padecer a su madre y a sus hermanas. Otros casos, más terribles, la llevaron a escribir su dura novela “A instancia de parte”. 

 

Acabo de leer la edición de sus memorias, que Renacimiento agrupó en un solo tomo (excepto las de infancia, que permanecieron inéditas y fueron publicadas ya en su vejez y recientemente por la editorial Dikynson) bajo el título de “Pequeña historia de ayer” y que contiene “Visto y vivido”, “Escucho el silencio” y “Espejo roto. Y espejuelos”. Debo el interés en buena parte a esas sugerencias que uno estima imprescindibles. En este caso las del poeta Aquilino Duque. Me obligué por él a rebuscar las páginas ingentes de Cansinos Assens, a González-Ruano y a Mercedes Formica. De los tres libros de confesiones me impresionó sobre los otros el de esta última, donde he descubierto a la buena escritora que desdeña el disfraz y el adorno o el exceso literario, como no sea a través de una brillante prosa poética. Y en esa infancia andaluza dulcemente escrita. 

 

Algo tendrá que ver la naturalidad en el modo de escribir de Mercedes Formica, brillante a ratos, apasionada otras veces y bajo cuya seriedad asomaba raramente un sentido del humor bien ejemplificado en un episodio que nos cuenta a propósito de la llamada telefónica de un sujeto que preguntaba por “la señorita Fornica”. Preludio del cachondeo que, años después (no exento, me parece a mí, de admiración) provocaría la expresión “reformica”, así denominada por Antonio Garrigues. Y que se refería, como puede adivinarse, a la reforma del Código y de la Ley de Enjuiciamiento Civil. Jugando también con la polisemia de su apellido podríamos afirmar distendidamente que Mercedes era además una mujer que gozaba de una buena formica. 

 

Hija de un ingeniero, director de la Compañía Catalana de Gas y Electricidad, querido y respetado por sus trabajadores, pero tirano e insensible en su propia casa, es hija también de selectas relaciones y amistades, de un ambiente distinguido y culto -su propio matrimonio con el poeta Eduardo Llosent– y que explica esa doble pasión intelectual: además de la propia universitaria, la de escritora y participante durante toda su vida en los círculos artísticos. Dirigió las revistas Medina y Feria. Amó la pintura. Recuerdos de niña de Cádiz, de Sevilla, de Córdoba. En esa Infancia tan bien escrita. 

Mercedes Formica

Como Dionisio Ridruejo, a quien admiraba, falangista auténtica, dejó apagar esa llama que oscureció la guerra civil. Novia que hubiéramos querido para José Antonio, apartada de la política y por otras vías que ya hemos visto (la escritura, el derecho) se ocupó de la justicia social poniendo su alma y su talento en denunciar la situación de la mujer -incomprensible con respecto al marido hasta las reformas- y de los hijos. Se ocupó también de visibilizar la problemática de los niños huérfanos o desahuciados. 

 

Si los comunistas de Cádiz le quitaron el busto, los comunistas madrileños le dieron una calle, aunque no fuera más que para sustituir la de Eduardo Aunós, ministro de Justicia con Franco. Esto de jugar con las calles y los monumentos produce un cierto cabreo nacional. Es un follón para el ciudadano, que ha de regularizar sus papeles, en el funcionario del deneí, en el cartero que no encuentra la calle, y en los operarios del Ayuntamiento que no saben dónde colocar la estatua ecuestre del Caudillo retirada de Santander, de la estatua ecuestre del Caudillo arrancada en Valencia, de la estatua ecuestre del Caudillo movida de los Nuevos Ministerios o de la estatua ecuestre del Caudillo llevada uno no sabe dónde desde la Academia General Militar, para ejemplo de los nuevos cadetes y aviso a navegantes, aunque lo sean de la fiel infantería. 

 

A Mercedesformicacorsi yo le dedicaría un parque mejor que una calle, bautizaría con su nombre una nueva flor hermosa y en lugar de hablar tanto me pondría a leer alguno de sus libros bajo una fuente donde se bañaran los pájaros. Por eso me he empeñado en sacar una columna sobre ella y… no sé si Mercedes estaría muy de acuerdo. Y yo, claro, le daría la razón. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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