(y III) Anuncios por palabras (Emocionante drama en tres actos). Por Diego Pardos 

(y III) Anuncios por palabras. Ilustración de El Gitano

 

ACTO TERCERO 

 

Sigue el mismo escenario. La chimenea está apagada. En la sala vacía entra por la derecha otra joven seguida del MAYORDOMO, que lleva una maleta. 

  

MAYORDOMO.- Estará usted cansada, señorita. La acompaño a su habitación. Y espero que sea una estancia agradable. (Se pierden por el foro izquierda. Al rato, vuelven sin la maleta. Mientras el MAYORDOMO ahueca los cojines del tresillo, la muchacha observa la colección de libros.) 

 

KETTY.- Qué curiosa biblioteca, abundante en tratados de química y farmacopea… algunos de ellos en inglés y alemán. 

 

MAYORDOMO.- Son de la señora. Es que de soltera fue boticaria, de ahí su afición; y luego ha ido comprando los tratados que se indican en los libros que lee. Los del señor están en su despacho: son todos de leyes y jurisprudencia. (Tras una breve pausa.) Pero acomódese. Los señores se levantarán enseguida de la siesta. 

 

 

(Sale el MAYORDOMO por la derecha y acto seguido entra por la puerta del foro izquierdo EMILIA bostezando.) 

 

 

KETTY.- ¡Emilia! Qué coincidencia las dos en este lugar tan aburrido… 

 

EMILIA.- Uy, Ketty. Vaya observación más tonta hija, como si no hubiéramos leído las dos el anuncio por palabras. 

 

KETTY.- Claro. Bueno, y ¿qué tal? 

 

EMILIA.- Poca cosa, el estómago un poco revuelto. Ha debido de ser la tisana, que estaba malísima. ¿Y tu habitación? 

 

KETTY.- Muy confortable. Con vistas a un gallinero. Hay hasta faisanes. 

 

 

(Entran por el foro derecha los señores, más formalmente vestidos que en el primer acto.) 

 

 

DON LEONCIO.- ¡Caramba! Una nueva huésped. Cuánto me alegro. ¿Turolense? 

 

KETTY.-  De Madrid, aunque nací en el Ferrol del Caudillo. 

 

DOÑA AURORA.- A quien Dios tenga en su Gloria. (Mirando de reojo a EMILIA.) Con parientes también en la calle de Zurbano, claro. 

 

DON LEONCIO.- Pero siéntensen, jóvenes. Luego deben dar un paseo por el pueblo antes de la cena. Les advierto que hay buenos mozos solteros en la comarca. (Las muchachas se miran divertidas.) 

 

DOÑA AURORA.- (A KETTY.) Y bien… antes que nada le diré que soy doña Aurora, don Leoncio mi marido, magistrado jubilado, y esta señorita es Emilia, nuestra primera huésped. 

 

KETTY.- Pues mucho gusto. Yo me llamo Ketty, soy profesora de Literatura y estoy haciendo la tesis doctoral sobre la novela de Wilkie Collins.  

 

DON LEONCIO.- Así que usted se dijo al leer el periódico: voy para allá unos días para inspirarme. 

 

DOÑA AURORA.- No hay que temer gran cosa, claro. En caso de producirse el crimen, será pequeñito. ¿Les apetece un café con… leche? 

 

EMILIA.- Uy, nada, nada. Yo creo que tendríamos que dar ese paseo y tomar algo en el bar del pueblo con la gente del lugar. 

 

DON LEONCIO.- Cómo se nota que es usted representante de vinos, criatura. Ah, no hemos dicho que, si pasados unos días no ha habido un asesinato, extorsión, tráfico de influencias o cohecho el Hotel-Palacio les devolverá su dinero. 

 

KETTY.- Como en en El Corte Inglés. Pues muy amable, porque menudos precios manejan ustedes. Espero que al menos se coma bien. 

 

DOÑA AURORA.- (Algo molesta por el comentario.) Sean puntuales, la cena es a las nueve, pero si lo desean pueden venir media hora antes y tomaremos una copita de oloroso. 

 

 

(Las muchachas se levantan y DON LEONCIO las acompaña a la puerta de la derecha, por donde salen.) 

 

  

DON LEONCIO.- Agradables muchachas. Y qué inocencia: pasarán unos días aquí y regresarán a Madrid a sus ocupaciones. Y nosotros, a devolver el dinero. 

 

DOÑA AURORA.- (Que estaba hojeando un periódico que exhibe de manera triunfal.) El diario El Mundo, marido. ¿Qué te decía yo? Y la otra morena también me suena, hasta su voz misma. Ahora que, buena soy yo. Bien claro lo decía el anuncio; sólo falta que mañana pretenda alojarse un ministro. 

 

DON LEONCIO.- Mientras no sea el de Justicia… 

 

 

(Poco a poco, la luz de las ventanas se va apagando hasta quedar la sala en completa oscuridad. Tras un rato, vuelve a iluminarse el salón con esa luz natural, algo más tenue, que permite ver la sala vacía hasta que suena el teléfono y lo descuelga el MAYORDOMO, que ha entrado por la derecha.) 

 

MAYORDOMO.- Hotel-Palacio, ¿dígame? Ah, señor sargento (…) No, ninguna novedad (…) Claro, indudablemente una broma de la señora. Las huéspedes muy simpáticas, pero todo está, afortunadamente, en orden (…) Buenos días, señor sargento. 

 

 

(El MAYORDOMO cuelga el teléfono y sale por donde ha entrado. Enseguida aparecen por el foro las dos muchachas.) 

 

 

KETTY.- Dijeron que el desayuno era a las nueve, ¿no? 

 

EMILIA.- Eso creo, aunque no tengo apetito. Debió de sentarme la cena mal. 

 

KETTY.- Pues yo estoy igual. Una pesadez… y ese oloroso ¡qué horroroso! Y perdón por el pareado. 

 

 

(Entra por la puerta derecha del foro DON LEONCIO, con ropa de campo y correctamente afeitado, ya sin su bigotón.) 

 

 

DON LEONCIO.- Buenos días, señoritas. ¿Han descansado bien? Pasemos a desayunar al comedor. (Señala con la mano la puerta de la derecha.) 

 

EMILIA.-  Vaya cambio de look, don Leoncio. ¿Y la señora? 

 

DON LEONCIO.- Hoy ha dormido mal. Sus pastillas y una excesiva cena son mala combinación, así que se levantará más tarde. En cuanto al aspecto, hay que dejar atrás viejos atavismos y actualizarse. 

 

 

(Salen por la derecha y la sala queda vacía. Pasado un rato entra el MAYORDOMO,  que se dedica a encender la chimenea. Durante la tarea vuelve el grupo al salón.) 

 

 

KETTY.- Mucho mejor, señor magistrado, tras este excelente desayuno. 

 

EMILIA.- Una se encuentra ya recuperada, como cuando merendaba de niña en el Embassy. 

 

DON LEONCIO.- Lo cierto es que nuestra cocinera tiene ganada fama. Su pericia en los fogones sólo es comparable a su lozanía. Por eso no entiendo cómo permanece soltera. 

 

KETTY.- Pasaremos por alto ese comentario machista, don Leoncio. 

 

EMILIA.- A todo esto, ¿qué hay de los crímenes? 

 

DON LEONCIO.- Tenga paciencia, el asunto era cosa de mi mujer, una cuestión de capricho. Mientras, pueden prepararse y las llevaré en mi Land Rover a conocer el término de Ridruejo. 

 

 

(Mutis de las muchachas por el foro derecha.) 

 

 

DON LEONCIO.- Fermín, como acordamos, en cuanto arranque el todoterreno y me vaya con las muchachas, sacas el cadáver de la señora por la escalera de servicio y lo haces desaparecer. ¿Estamos? 

 

MAYORDOMO.- Cuente con ello. Sólo espero que a partir de mañana no se coma peor en esta casa, porque si no hacemos un pan con unas tortas. 

 

DON LEONCIO.- Me ofendes, Fermín. Yo premio la lealtad, y te aseguro que si todo sale bien comerás e incluso beberás más y mejor. Para Fina su trabajo en la cocina es placer, y el placer es lo que importa. 

 

 

(Entran EMILIA y KETTY en la sala vestidas de campo y la mar de contentas.) 

 

 

DON LEONCIO.- ¡En marcha! 

 

 

(Mutis por la derecha. La sala queda vacía; hay un largo periodo que marca la luz de las ventanas. Entra el MAYORDOMO para echar leños al fuego; luego las muchachas con DON LEONCIO riendo a carcajadas.) 

 

 

KETTY.- Qué bien lo hemos pasado. (A DON LEONCIO.) Por un momento creí que nos iba a asesinar usted. 

 

EMILIA.- y qué picarón. No me imaginaba que tuviera usted en el coche un estuche con la botella de jerez y las copas… 

 

DON LEONCIO.- Como el poeta Enrique García-Máiquez, que vive en el Puerto de Santa María. 

 

MAYORDOMO.- Todo listo para el almuerzo, señoría. (Le guiña un ojo.) Y el trabajo hecho. 

 

KETTY.- Pero, tendremos que esperar a doña Aurora. ¿Ya se encuentra bien? 

 

DON LEONCIO.- Pues… (Mirando nervioso al MAYORDOMO.) 

 

MAYORDOMO.- Olvidé comunicar al señor… ¡qué cabeza! La señora ha salido urgentemente por aquel asunto financiero. Cogía un vuelo a las cinco de la tarde en Barajas para Santo Domingo. Por un tiempo indeterminado, según ha dicho. 

 

DON LEONCIO.- Caray, qué contrariedad. Pero que ello no nos arruine la comida de hoy, que por cierto es excelente. 

 

MAYORDOMO.- Cabrito al horno y alcachofas asadas, señoría. 

 

 

(Salen todos por la derecha dispuestos a almorzar. Tras una pausa donde la luz del sol inunda el salón, entra el MAYORDOMO con una bandeja donde lleva un servicio de café, que deja en la mesita. Aviva el fuego y echa un leño. Corre parcialmente las cortinas y enciende dos lámparas de mesa, que dan un ambiente íntimo y confortable. Seguidamente entran DON LEONCIO y las muchachas con aire jovial. El magistrado se detiene a encender su cigarro puro.) 

 

 

DON LEONCIO.- Nos podemos sentar a tomar el café, señoritas. ¿Un Cointreau, Ketty? ¿Una copita de 1866, doña Emilia? 

 

 

(EL MAYORDOMO acude a un coqueto mueble-bar, sirve las copas y discretamente sale por la derecha. Encima de la mesita hay un libro que curiosea KETTY.) 

 

 

DON LEONCIO.- (Mirándolo alarmado.) Es de la colección de Aurora. Devolveré a su anaquel esta primera edición del Poisons: their effects and detection, de Alexander Wynter Blyth. Lo estuve ojeando anoche para recordar el idioma de Shakespeare, ya que en mis tiempos amplié estudios en Inglaterra. 

 

EMILIA.- Pues no está nada mal este brandy, don Leoncio. 

 

KETTY.- La pena es que no vengan más huéspedes y su señora esté volando hacia la República Dominicana. Por lo demás lo estamos pasando divinamente. 

 

MAYORDOMO.- (Asomando discretamente por la derecha y muy serio.) Ejem… señoría. De nuevo el señor Comandante de Puesto se encuentra en el vestíbulo. Insiste en hablar con su señoría. 

 

DON LEONCIO.- (Levantándose de la butaca con el gesto desencajado.) ¿Viene solo el sargento? 

 

MAYORDOMO.- Le acompañan dos números, señoría. Con bigote reglamentario. 

 

 

(Mutis de DON LEONCIO por la derecha. El MAYORDOMO sin ninguna prisa atiza el fuego y sirve una segunda copa a EMILIA y a KETTY.) 

 

 

MAYORDOMO.- Señoritas, tendrán ustedes que compartir la exclusiva periodística, pues ya se ha producido el crimen. Doña Aurora yace muerta en su alcoba, envenenada por su marido. 

 

 

(Las muchachas le miran espantadas. EMILIA tartamudea de tal modo que no acierta a arrancar a hablar.) 

 

 

KETTY.- Pero, ¿y usted? ¿No es acaso el cómplice del asesino? 

 

MAYORDOMO.- No creí que el señor fuera capaz, en ningún momento. Cuando esta mañana entré, horrorizado, en la habitación, le seguí el juego al señor pero avisé más tarde a la Guardia Civil. 

 

EMILIA.- (Algo más calmada.) Y mientras nosotras de safari y dándole al vino. Pobre señora. ¿Qué hará usted ahora, Fermín? 

 

KETTY.- Porque don Leoncio irá a la cárcel, pues no está aforado. 

 

 

(EL MAYORDOMO se acerca a un viejo tocadiscos y pone música de jazz.) 

 

 

MAYORDOMO.- Estimadas amigas, ¿no consideran ustedes que el placer carnal combina muy “finamente” con el placer culinario? 

 

 

TELÓN 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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