Puesto que al cielo vamos. Por Julio Moreno López 

Puesto que al cielo vamos. Detalle «La Tragedia» de Picasso.

 

Hoy dijo la radio, que han hallado muerto al niño que yo fui”. (“Corre, dijo la tortuga”. Joaquín Sabina). 

 

Ahora, que como dice Ismael Serrano, pago las facturas, ahora que llego a fin de mes y que amo a una mujer, desde la atalaya de mi madurez y mis bien ganadas canas, creo que ha llegado, por fin, el momento de mirar al horizonte, al que tengo por delante y al que he dejado atrás, para ser consciente de la tierra que piso; para entender, o al menos tratar de hacerlo, como he llegado hasta aquí y adonde pretendo ir ahora. 

 

Y es muy cierto que la vida, a poco eficiente que seas, aunque a veces no lo merezcas, te va premiando con tus avances, proveyéndote de cierta sabiduría que viene implícita, que llega a ti sin buscarla. La sabiduría que te aportan tus contados aciertos y, al menos en mi caso, tus muchas equivocaciones.  

 

Si tengo que buscar un lado azul en ellas, en mis equivocaciones, es que yo rara vez me arrepiento de mis errores. Esto no significa que no los reconozca, pero yo soy de los que opinan que si tienes la hombría suficiente para cometerlos, prácticamente a sabiendas, debes de tener el coraje de asumir sus consecuencias, sean estas benignas o graves. Yo, al menos, casi siempre que he cometido un error, sabía que lo estaba cometiendo, pero, como el escorpión de la fábula, que picó a la rana siendo consciente de que ambos se ahogarían, he acudido y sigo acudiendo a mis errores como el morlaco a la montera. 

 

Como dijo el escorpión, es mi carácter. Un carácter extraño, autodestructivo a veces, que me ha hecho en más de una ocasión complicarme la vida por afición. Fíjense que yo no me pongo nervioso cuando las cosas van mal, en esas rachas que tenemos todos en las que parece que nos ha mirado un tuerto. Yo me suelo poner nervioso cuando las cosas van demasiado bien. Tengo, en esas ocasiones, la tendencia a pensar que la vida me está dando vaselina para, en el momento más inopinado, soltar la ostia con la mano abierta y pillarme desprevenido; así que yo, en cierto modo, duermo con un ojo abierto, como los soldados americanos en la selva de Vietnam, desconfiando del silencio y de la paz y consciente de que, tarde o temprano, sobrevendrá la tragedia. 

 

Esto, que podría parecer un castigo en sí mismo, para mí es un bálsamo. Me ayuda a aceptar que la vida es un constante recorrido de subidas y bajadas. Y, en cierto modo me equilibra dado que no soy de los que se ponen eufóricos ante el triunfo, pero, paralelamente, tampoco soy de los que se hunden ante las adversidades. Como dijo algún sabio cuyo nombre desconozco, si el problema tiene solución ¿por qué preocuparse?. Y si no tiene solución ¿por qué preocuparse?. 

 

El problema, créanme, siempre tiene solución. Recurriendo de nuevo a la sabiduría popular, no hay mal que cien años dure. Cierto es que hay problemas que parecen persistir, pero al final todos se extinguen, prescriben, menos los relacionados con la salud, evidentemente, que también prescriben cuando nos vamos al Rinchi. 

 

Es verdad que la muerte es el gran Off, el interruptor que lo apaga todo, pero esta es la peor de las soluciones, para alguien como yo que cada día tiene más claro que no hay Dios, que la muerte es el final. Aunque, bien pensado, no es tanto un convencimiento como una esperanza. Prefiero pensar que la vida se rige por el azar, por los avatares de su propio desarrollo, a aceptar que hay un Dios que permite que ocurran tantas desgracias, tantas injusticias, en la piel de los inocentes y deja seguir aquí a tanto hijo de la gran puta. 

 

A mí, que me lo expliquen. No soy propenso, es verdad, a la lectura teológica. Prefiero que alguien que sí lo sea, me haga un resumen. Pero por las experiencias vividas, que no son pocas, en pieles ajenas pero cercanas, yo a esos que vienen con que qué tu hijo haya nacido con problemas serios de salud es una bendición que Dios te ha enviado, les daba una mano de plumas y alquitrán y los echaba al pilón. Una bendición es que tu familia goce de salud y bienestar. Lo demás, es una putada con sus seis letras bien puestas. 

 

A ver si va a ser que los monoteístas por tradición o convencimiento estamos equivocados y resulta que los griegos y los romanos, incluso los vikingos, dieron en el clavo y los que gobiernan nuestros destinos son una panda de incompetentes psicopáticos que se divierten con nosotros mientras se emborrachan en el Olimpo o en el Asgard que, por cierto, con el Valhalla, el salón de Odín, es mi opción de paraíso, sin ninguna duda. 

 

Así que, mientras llega el momento de rendir cuentas al hacedor, o no, no pido cuentas al cielo, pero tampoco las doy. 

 

El que bebe se emborracha, el que se emborracha duerme, el que duerme no peca, el que no peca va al cielo. Y, puesto que al cielo vamos, ¡bebamos!”. (Sabio anónimo). 

 

Julio Moreno López. 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

Artículos recomendados

Deja un comentario