El ‘viacrisis’ del periodismo en un par de pasos. Por Manuel Artero Rueda 

El ‘viacrisis’ del periodismo en un par de pasos.

«Hablo de un concepto ético que he desarrollado en alguna ocasión al meditar sobre el oficio periodístico y que denomino las autoéticas»

El guiño para periodistas es espectacular: Produce la irremediable sonrisa cómplice, pero, además, en una segunda lectura, nos invita a la reflexión sobre la crisis, la ética y el futuro del periodismo, una polémica de calado, de moda y viva en nuestros días. Una auténtica diatriba que el autor plantea sutilmente, “entre líneas” y con profunda exquisitez, en la obra que hace tres años “consumió” gran parte de la opinión pública de la sociedad industrial del primer mundo. Se trata, de la trilogía “Millenium” escrita por el sueco Stieg Larsson y que lospocos que no leyeron seguro que visionaron en una de sus dos propuestas cinematográficas que han repuesto ya mil veces todos los canales de televisión en España. 

 

En su primer volumen, en España titulado “Los hombres que no amaban a las mujeres”, al principio de la historia, cuando el lector comienza a conocer al protagonista de profesión periodista, Mikael Blomkvist, éste ha acudido al Palacio de Justicia para recoger una sentencia condenatoria por difamación por un artículo que ha publicado. La ‘tribu’ al completo se le acerca a la salida, tal y como estamos acostumbrados a ver en todos los “informativos”, le rodean con las pértigas, las cámaras y las alcachofas, y un colega le pregunta. Cito textualmente: 

 

» – ¿Y cómo te sientes? 

 

A pesar de lo tenso de la situación, ni Mikael ni los periodistas más veteranos pudieron evitar sonreír por la pregunta. Mikael intercambió una mirada con la de “TV 4”. Los periodistas serios siempre habían sostenido que esa pregunta, era la única que los periodistas deportivos bobos eran capaces de hacer al deportista jadeante al otro lado de la meta. Op.Cit. pag. 21 « 

 

En España los periodistas veteranos no podrían, ni deberían, ser tan cándidos, como lo es en esencia, el escritor sueco, al relacionar la profundidad profesional de la pregunta de marras, monumento de la manipulación, con tan solo los “talentosos” plumillas de deportes curtidos en infinitas y monotemáticas ruedas de prensa futbolísticas. Porque, en nuestro país la pregunta no pertenece esta sección periodística. Desgraciadamente, se trata de una muletilla comúnmente utilizada en Tribunales, Sociedad, Cultura y hasta en Política Nacional. 

 

¿Qué se siente? … Es la primera piedra que hoy tiran todos. Se trata de la frase que mejor concentra la esencia del amarillismo, del sensacionalismo y la perversión profesional que representa la utilización de los sentimientos para conseguir audiencia. Una frase ataviada, eso sí, con un popular disfraz, el de la empatía y el acercamiento sentimental a los demás y con una evolución en su forma casi infinita producida esencialmente por los sinónimos de las palabras, pero sobre todo por el énfasis del periodista que, pecador, trata de ocultar su verdadero significado y la nausea que debería producirle el culpable hecho de su mero enunciado. 

 

Porque el pecado nace de la necesidad. Desde la famosa máxima de Mcluhan, «El medio es el mensaje» todos los teóricos, productores semióticos, y demás fauna especializada, asumen que la gran posibilidad de que la caja tonta, es decir el ominipresente medio de la televisión, atraiga al espectador, es el de que emita sentimientos, y para ello nada mejor que el rostro de un ser humano hablando de sí mismo, de sus anhelos, sus angustias, sus querencias  ante la cámara, y si llora, pues todavía mejor.  Me entenderán ustedes  con un ejemplo muy actual. 

 

El periodista catalán del canal catalán 8TV, Josep Cuní, entrevista todavía en caliente, y en directo, a la madre de una de las víctimas del trágico accidente aéreo donde 150 personas murieron  después de que el copiloto Andreas Lubitz estrellara el avión en los Alpes franceses. La entrevista, quizás se acuerden,  generó  una gran polémica en Twitter y otras redes sociales, por las preguntas que realiza el entrevistador. 

 

 

El periodista comenzó su entrevista comentando a la señora que se imagina que «no está en su mejor momento», ¿Empatía? no, porque enseguida pregunta a la madre: 

 

. «¿Llorará mucho cuando esté sola?».  Y sigue: 

 

- «¿Tiene asumido ya que nunca volverá a ver a su hijo?». 

 

Además, y para la maldición del circo en el que se ha convertido la ética periodística, el profesional Josep, en un momento de la entrevista, le enseña una foto del que según él es su hijo muerto, mostrando así poca o ninguna sensibilidad pero sobre todo la falsa empatía que les he mencionado antes. Y como siempre pasa, al final de tamaño desatino la realidad supera a la ficción:  la mujer, de nombre Mercè Gorris, le desmiente y descubre la falta de documentación, seriedad y rigor del profesional. 

 

«No es este señor, eh».  

 

Aquí, en España, el principio de este mal, ya hoy genérico, con el que nos desayunamos, comemos y cenamos todos los días ante la pantalla de la televisión, hay que encontrarlo en el doble frente: Por un lado el éxito comercial de aquel programa producido en Valencia y titulado Tómbola que consagró el éxito de las denominadas como tertulias del corazón y , por otro lado, el llamado el caso Alcàsser, donde la profesión, toda la profesión periodística y no tan solo los  subyugados por el ADN del amarillismo, enfebreció a la búsqueda de ese falso, pero económicamente poderoso, Santo Grial que llamamos audiencia. 

 

Se debe recordar para no traicionar a la historia, que seguramente pretenderán borrar, como siempre, los que resultaron ganadores, y hoy, además de seguir siendo periodistas son poderosos empresarios o petulantes amigos del poder, que allí en esa pequeña ciudad del cinturón industrial valenciano, en Alcàsser, un 13 de noviembre de 1992 tres jóvenes adolescentes de entre 14 y 15 años, Míriam García, Desirée Hernández y Toñi Gómez, fueron raptadas, violadas y muertas. 

 

Y que el caso adquirió el grado diez en la escala de lo mediático y por ello, una legión de periodistas veteranos, curtidos o famosos, campearon armados de grabadoras y cámaras, durante semanas en la ciudad y, a pie de calle, pero escoltados por vigilantes de empresas de seguridad privada, rodearon a los protagonistas, y, sin piedad,  preguntaron, y en directo,  “¿Qué se siente?” a ese  padre o esa madre que acababa de reconocer a su hija en la “morgue”, donde el forense, en voz baja, le había comunicado hace tan solo un rato que la adolescente de sus entretelas, fue torturada antes de muerta. 

 

Es en definitiva ya les digo la pregunta maldita, por su aparente y falsa inocencia, del periodismo, de variopinto y extendido uso, para el que no ha habido autocrítica, que da perfecta cuenta y en primer lugar que muchos periodistas no saben preguntar, pero que sobre todo nos debe iluminar sobre la desmedida proporción del cáncer que soporta la profesión periodística. Y de ahí a la crisis cardiovascular y el infarto solo hay uno, o un par, de pasos a los que, en la actualidad estamos asistiendo en directo en nuestro país, con el absoluto desarrollo de ese género denominado como tertulias en directo que ha derivado desde el mundo del corazón al mundo de la política. 

 

El espectador medio ya está sobresaturado de insultos de padres a hijos, de ataques de celos con tirón de pelos y arañazos incluidos, de chivateos sentimentales, las íntimas denuncias, provocaciones y hasta con la exhibición en primer plano de esos magníficos pechos recientemente operados o los calzoncillos comprados a precio de saldo en las últimas rebajas y , por todo ello, los productores se están poniendo las botas con ese último invento que tanto prolifera hoy: Periodistas y políticos lanzándose los trastos a la cabeza, y con mucho sentimiento o pasión. Por homenajear al cine español hemos pasado sin casi darnos cuenta de La vecina del quinto al disputado voto del señor Cayo. Igualito que cualquiera de nosotros en la tertulia de nuestro bar de cabecera despotricando del Gobierno, la oposición o las nuevas fuerzas ascendientes. 

 

Recuerdo que mientras pergeñaba estas reflexiones que ahora les comparto, oía una de las tertulias televisivas de carácter político que ya alimentan la “programación» en los horarios estelares con mayor profusión y éxito que las llamadas del corazón. Los “expertos” comentan, y a la vez publicitan, una de las producciones que la cadena acaba de realizar y va a emitir próximamente. Se trata de un reportaje, de los que se califican como de cámara oculta y acercamiento a la rabiosa verdad, en el que una plumilla ha estado fumando hachís durante unas cuantas semanas, dicen los tertulianos, que para acercar al espectador a esa droga a la que califican de» social». 

 

Bueno, el caso es que uno de los “teleparlantes” en esa tertulia que les menciono suelta, para cerrar el tema, que la periodista ha debido ser muy valiente y que ésa, la de disfrazarse de toxicómana y fumar e ingerir hachís, es la única manera posible de saber ‘qué se siente’. Y luego, sin darse cuenta de que acaba de tirar otra palada de palabras sobre el cadáver del periodismo, continúa hablando de la actualidad política. Y tan tranquilo comenta las últimas encuestas del CIS o la peligrosa montaña rusa de la prima de riesgo. 

 

Muchos argumentan, sobre todo desde que Ryszard Kapuscinsky situó el problema de la manipulación periodística en los directivos de los periódicos, que la responsabilidad de la crisis profesional del periodismo es de los empresarios en busca de beneficios. Que se acabaron para siempre esos viejos periodistas, tan amantes del oficio, a los que no importaba arriesgar su patrimonio por publicar con ética. Y claro que no le faltaba razón en el aserto al profesor polaco. Pero la complejidad de ese final del periodismo tal y como lo hemos conocido hasta ahora nos obliga a otear, además de en los grupos empresariales que manejan los medios, en las presiones políticas y las censuras y autocensuras que todo este batiburrillo industrial e ideológico procura. 

 

No hay que hacer una ardua tarea de investigación, tan sólo dejarse caer por dos o tres redacciones, para ver que las nuevas generaciones, esa legión de plumillas en prácticas o becarios en formación, se han sentado en las mesas para decir que sí a todo aquello que, con diferentes argumentos, les ordenan los veteranos, sus responsables de área, sus empresarios o los dirigentes de su sindicato o su partido político. 

 

Tal y como está hoy el mercado, lo importante es “hacerse un hueco”. Afianzar el trabajo. La pasión por el oficio de contar historias, aquello de buscar fuentes, contrastarlas, o simplemente dudar de las cifras oficiales de los oficiales gabinetes de prensa, sencillamente ha quedado relegado al cajón del desuso, y en el trajín cotidiano de la batalla,l’écoume des jours” que dijo el genial Boris Vian, se está olvidando la esencia del oficio. Queda el rescoldo al que todos denominamos periodismo de convocatoria. 

 

Es algo así como la dañina “autocensura” elevada al cubo y multiplicada por “n”, siendo “n” la necesidad de hacer la pelota mientras se comulga con ruedas de molino para conseguir un sueldo que supere los seiscientos euros mensuales. Merece la pena recordar en este sentido las atinadas palabras del profesor de periodismo de la Universidad Pompeu y Fabra, Arcadi Espada que en su último libro “Periodismo Práctico” escribe: 

 

«¡De acuerdo! ¿Quién puede dudar de los directivos? Pero el primer responsable de una mentira es el que la firma. Y la información es un negocio para todos. Creo que es injusto olvidarse del pequeño y mediano corrupto. También ellos mueven el mundo. Op.Cit. pag. 148.» 

 

Pero entiendo que el lector, o ustedes que tan pacientemente están leyendo mis palabras, no quiera o no tenga tiempo para acudir a una redacción para comprobar esa cara aburrida, y con ojeras, de la crisis del periodismo. Y digo aburrida porque en las últimas que he estado no había otra cosa que aburrimiento y política corrección. Salvo claro está en la de la televisión pública, tan revuelta últimamente, y de la que no hace demasiado tiempo nos llegaron unas fotos asombrosas en las que se podía ver como una parte de los plumillas daban la espalda a unos compañeros recientemente contratados por considerarlos fachas. Paradoja terrible, unos días después la Asociación de la Prensa de Madrid hablaba oficialmente de respeto. Auténtica prueba de cargo de ese peso ideológico que desenchufa al enfermo para dejarlo morir. Puro sectarismo. La verdadera cara y de la que apenas se habla que nos lleva al corazón de las tinieblas o la crisis del periodismo. 

   

Ese sectarismo ideológico, que tan bien expreso aquel alcalde de Parla que arruinó a su municipio al endeudarlo para al menos tres generaciones y que en campaña electoral afirmó con toda su verdad y aplomo que 

 

la izquierda «tiene superioridad moral» sobre la derecha por «conquistas sociales que quiere quitar» 

 

Hablo de un concepto ético que he desarrollado en alguna ocasión al meditar sobre el oficio periodístico y que denomino «Las autoéticas». Es decir, esa especie de soldaduras morales al cerebro que el profesional se implanta y le permiten minusvalorar, comparar, denigrar al compañero de oficio porque no piensa ideológicamente como él. Y que como un peligroso virus se ha contagiado en pandemia por las redacciones profesionales. Porque ahora, no solo los tertulianos famosos, los consagrados a las que ya conocemos todos, sino una pléyade de periodistas anónimos juega en su quehacer diario a ideólogos de partido que interiorizan la línea editorial al machacón ritmo del reloj de la ficha laboral de su empresa o de su sindicato. 

 

Y es que, la empatía necesaria para la práctica del oficio ha cambiado de dirección y ahora no va dirigida, si el esfuerzo no requiere de votos o compra de voluntades, a los desposeídos, emigrantes, falsos culpables, engañados y perdedores. En la actualidad, los periodistas empatizan con su autoética, su secta, con el poder, con sus jefes en la pirámide, sus políticos y, ya de paso con los gabinetes de prensa. Vicio este último que no es baladí, si asumimos el incremento de responsables bien pagados con dinero público de los hoy todopoderosos y omnipresentes gabinetes de prensa. Y es que, factor humano, gusta la moqueta. 

 

Parece como si todos hubieran olvidado que una de las reglas no escritas de este oficio, para el que solo existe un mandamiento principal: no mentir ni tan siquiera sobre el color de los ojos de tu protagonista, como dijo el maestro Gabriel García Márquez, es la de tratar de sortear a los gabinetes de prensa que, ya se sabe, te van a tratar de “colar” tan solo una parte de la verdad, la verdad oficial o su verdad. Ya sea del gobierno, de la oposición, de tal empresa o aquel sindicato. 

 

Y es que desgraciadamente, ¿Cómo no va a estar así el periodismo en crisis?, si en denominado como político hasta los titulares salen de las interesadas salas de máquinas de los gabinetes de prensa y los periodistas los utilizan sin más. La etiqueta es ya vieja, pero no ha hecho más que agrandar su territorio: Periodismo de convocatoria. Y para más «inri» Los actuales programas informáticos de tratamiento de textos son el arma con el que el periodista se está disparando a la sien: la bala no es del nueve ni del seis. Se llama “corta y pega”. 

 

Y no es tan sólo que se acepte una comparecencia pública sin la posibilidad de preguntar. Es que en muchas ruedas de prensa ni tan siquiera se pregunta. ¿Para qué? Si el Gabinete de Prensa ha redactado ya la noticia. 

 

No se trata en definitiva de que falte en la actualidad el dar sentido a las noticias, la tarea sagrada del periodista junto con esa otra que les he mencionado anteriormente sobre el color de los ojos del protagonista, sino que aquellas otras palabras de Allende parece que se están enseñoreando del paisaje. ¿Se acuerdan?: 

 

Salvador Allende, El Mercurio, 9 de abril de 1971: «La objetividad no debería existir en el periodismo», porque «el deber supremo del periodista de izquierda no es servir a la verdad, sino a la revolución». 

 

El profesor de filosofía de la Universidad Complutense, José Luis Pardo en su obra “Esto no es música”nos recuerda que la profesión de escritor, más o menos vinculado a la prensa escrita, nació en el siglo XIX, que vio aparecer un cierto número de “nuevas profesiones” o de destinos subsidiarios que, precisamente por su novedad o su condición difusa, carecieron durante mucho tiempo de sanción académico-universitaria por parte de la enseñanza superior y estuvieron ligadas más directa y simplemente al “mercado”… Durante mucho tiempo, espectáculo y periódicos coexistieron con los mítines y panfletos a la hora de atraer a las masas o, a veces, se mezclaron con ellos. Op.Cit- pag. 245 

 

Es normal por tanto que el periodismo se haya acercado de manera tan peligrosa al mundo del espectáculo porque hoy el mercado precisamente está ahí. Bueno y en los bancos. 

 

Es decir, que como todos ustedes se estarán ya dando cuenta, la esencia del debate sobre la muerte del periodismo, ese víacrisis en dos pasos que les he anunciado en mi convocatoria, no creo que se encuentre, y permítanme la heterodoxia, en la ya clásica dicotomía del papel o la pantalla. Tampoco sobre la reflexión del grande Kapuscinsky,   o el filósofo modesto y maestro el señor Pardo  que les he mencionado, si no que que más bien nos deben iluminar las palabras de Voltaire : «La civilización no suprime la barbarie, tan solo la perfecciona».  

 

Crisis, quién dijo crisis. La realidad siempre supera a la ficción. Además, me hace recordar uno de los tangos más famosos. Se titula “Cambalache”. Su autor: Santos Discépolo. 

 

Vivimos revolcaos en un merengue, 

Y un mismo lodo, todos manoseaos. 

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, 

Ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. 

Todo es igual, nada es mejor, 

Lo mismo un burro, que un gran profesor…   (vídeo, 1:14 m)  

 

Aluciné y lo comparto con ustedes para tratar de sobreponerme al disgusto, el otro día al ver unas noticias en los telediarios de la noche sobre los timados por las preferentes por una Caja pública, en esta ocasión gallega. Los afectados interrumpían un pleno municipal con sus reivindicaciones y creo que hasta un señor alcalde se calzaba, para contemporizar, la camiseta con el color de la protesta, encima de la corbata. En este tema estamos todos de acuerdo. 

 

El caso es que en un plano general del escrache al Ayuntamiento, se veía y además se podía leer gracias a la gran calidad de la imagen, como una señora de uno sesenta años, morena y guapa, enarbolaba una pancarta que decía con todas las interjecciones posibles algo así como, que ante tamaño latrocinio, solo le quedaba el suicidio. 

 

Y reconozco que el plano, el gesto, su argumentación, no se me van de la cabeza. 

Manuel Artero Rueda

Manuel Artero Rueda ha dedicado toda su vida profesional a la televisión en la empresa pública RTVE donde, en los últimos veinte años, y después de haber trabajado como ayudante de producción y realización. ha realizado su oficio de periodista como reportero en el programa Informe Semanal, para el que ha realizado mas de trescientos reportajes. Licenciado por la Universidad Complutense, es autor del libro "El reportaje para televisión un guiño a la noticia" , un práctico temario con el que ha impartido clases tanto en el Instituto Oficial de RTVE como en el máster de periodismo de la Universidad Rey Juan Carlos. Desde el ERE inventado por Zapatero para TVE, dedica su esfuerzo y trabajo esta "La Paseata" un sencillo blog personal que con el paso de los últimos años, se ha convertido en una modesta revista electrónica en la que colaboran un grupo de amigos a los que une el amor a España.

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