
«Decir la verdad histórica no debilita a Cataluña. Al contrario, la libera de los mitos que otros han creado para dividir»
Durante años, se ha repetido en ciertos círculos nacionalistas la idea de que Cataluña fue un reino soberano, o incluso un Estado independiente hasta 1714. Esta afirmación no resiste el más mínimo análisis histórico. Cataluña nunca fue un reino, ni jurídica ni políticamente. En cambio, el Reino de Valencia sí lo fue, con todas las prerrogativas institucionales, legales y fiscales que ello conlleva. Ignorar esta diferencia no solo es un error académico, es una forma de distorsionar la historia para justificar un proyecto político actual.
Cataluña nació en la Edad Media como un conjunto de condados de origen carolingio, dentro de la llamada Marca Hispánica. Eran territorios de frontera frente al Islam, bajo soberanía del Imperio Carolingio. El más destacado fue el Condado de Barcelona, que, junto a Urgell, Besalú, Ampurias y otros, formó una estructura descentralizada y progresivamente autónoma. Ninguno de sus dirigentes fue rey. El título más alto que ostentaron fue el de conde o, posteriormente, príncipe consorte tras la unión con Aragón.
Cuando en 1137 Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, se casa con Petronila de Aragón, se produce una unión dinástica que da lugar a la Corona de Aragón. Pero conviene subrayar que Ramón Berenguer no fue rey. El título real lo conservó su esposa y pasó a su hijo Alfonso II. Cataluña, por tanto, se integró en la Corona como un territorio condal, sin convertirse jamás en reino formal.
Muy distinta fue la situación del Reino de Mallorca fue creado por Jaime I el Conquistador tras conquistar la isla en 1231. En su testamento organizado en 1260-1272 lo dejó como reino privativo para su hijo Jaime II, mientras que la Corona de Aragón quedó para su primogénito, Pedro el Grande. El Reino de Valencia, que fue fundado en 1238 por Jaime I el Conquistador tras su victoria sobre los musulmanes. Su estatus como reino no es una invención posterior, sino un hecho jurídico deliberado. Valencia contaba con fueros propios, Cortes valencianas, moneda separada, jurisdicción específica y representación diferenciada dentro de la Corona. No fue una simple agregación de territorios conquistados, sino una unidad institucional reconocida. El título de “Rey de Valencia” fue ostentado por los monarcas aragoneses de forma explícita. Cataluña, en cambio, nunca tuvo ni título real ni reconocimiento jurídico como entidad separada en el mismo rango que los reinos de Aragón, Valencia o Mallorca.
Es cierto que Cataluña, a través del Condado de Barcelona, desarrolló instituciones potentes como las Cortes catalanas, los Usatges de Barcelona o la Generalitat, que inicialmente no fue un gobierno sino una comisión fiscal de las propias cortes. Pero esas instituciones operaban bajo soberanía real, dentro de un marco jurídico común. Cataluña no acuñaba moneda sin permiso, no tenía potestad para declarar la guerra ni para firmar tratados. Su fiscalidad estaba supeditada al conjunto de la Corona. Aunque poseía autonomía foral avanzada, no disfrutó nunca de soberanía política ni de condición regia.
El nacionalismo catalán ha tratado de proyectar hacia el pasado categorías modernas como “Estado”, “nación” o “soberanía popular”, aplicándolas a realidades medievales. Esto es un anacronismo de manual. En la Edad Media no existía la soberanía nacional como hoy la entendemos. Existían jurisdicciones feudales, lealtades personales, pactos forales y títulos regios que marcaban la jerarquía política. Cataluña nunca fue reconocida como reino por sus propios monarcas ni por potencias extranjeras. No hay tratados, ni títulos, ni documentos oficiales que acrediten su condición de tal. Presentarla como un reino soberano perdido en 1714 es una falsificación historiográfica que busca justificar la ruptura con España en el presente.
Cataluña ha sido y sigue siendo una parte fundamental de España. Su historia, cultura e instituciones han enriquecido nuestra realidad común. Pero no fue un reino, ni actuó como tal, ni tiene una soberanía histórica usurpada. El Reino de Valencia, en cambio, sí lo fue, y su desaparición como ente jurídico en 1707, al igual que los fueros aragoneses y catalanes en 1714, fue consecuencia de una guerra civil dinástica, no de una colonización extranjera.
Decir la verdad histórica no debilita a Cataluña. Al contrario, la libera de los mitos que otros han creado para dividir. Reconocer lo que fue y lo que no fue es el primer paso hacia una convivencia basada en el conocimiento y no en la propaganda.
