Frente al Gran Tabú: Cómo Recuperar la Esperanza Cristiana ante la Muerte. Por Diego Jesús Romero Salado

La Esperanza Cristiana ante la Muerte

«No dejemos que el gran tabú del mundo nos robe la alegría de nuestra fe. La muerte no tiene la última palabra»

Es una verdad que resuena con la tristeza de una sociedad que ha decidido darle la espalda a la muerte, convirtiéndose en el gran tabú contemporáneo, un intruso incómodo que debe ser maquillado, escondido y despachado con una eficiencia fría y silenciosa. A nuestros ancianos les aplicamos la cultura del descarte, situando residencias en lugares extramuros; hemos abreviado nuestros duelos y hemos convertido el sagrado acto de la despedida del difunto en un trámite administrativo y ya no se les vela en nuestras casas, olvidando llamar al sacerdote para que le administre el sagrado sacramento de la Unción de Enfermos.

Esta huida, sin embargo, no es solo una costumbre social que se pierde. Para nosotros, los cristianos, es una profunda crisis de fe. Al permitir que el miedo secular a la muerte se infiltre en nuestra sociedad y en nuestros hogares, estamos perdiendo algo más que un rito: estamos perdiendo la oportunidad de dar testimonio de nuestra mayor esperanza.

El Lenguaje Silencioso de Nuestros Ritos

Cuando una sociedad olvida a Dios, inevitablemente olvida el significado de la eternidad. Si la vida terrenal es todo lo que hay, entonces la muerte es el fracaso definitivo, el final absoluto. ¿Cómo no va a ser un tabú? Pero para nosotros, la muerte no es un punto final, sino una coma; no es una puerta que se cierra, sino un umbral que se cruza para encontrarse con el Padre.

Nuestras tradiciones, hoy en peligro de extinción, hablaban este lenguaje de la esperanza:

  • La sepultura cristiana: No es un simple acto higiénico. Es una declaración de fe. Al dar cristiana sepultura al cuerpo, honramos lo que fue, por el Bautismo, templo del Espíritu Santo. No enterramos un despojo, sino que sembramos una semilla en tierra sagrada, con la firme esperanza en la resurrección de la carne que profesamos en el Credo. Esparcir las cenizas al viento, aunque poético para el mundo, puede correr el riesgo de diluir esta verdad fundamental.
  • El velatorio y el duelo: No son exhibiciones de dolor, sino un acto de comunidad y caridad. Son el momento en que la Iglesia militante (nosotros) arropa a los que sufren y reza por el alma de quien ha partido, encomendándolo a la Iglesia purgante o triunfante. Es el abrazo de la comunidad que nos recuerda que nadie muere solo y nadie llora solo. Acelerar el duelo es robarnos mutuamente este consuelo y esta sagrada obligación.

Recuperar lo que nos ha sido Robado: Un Llamado a la Acción

Lamentar esta pérdida es el primer paso, pero no podemos quedarnos ahí. Estamos llamados a ser la luz del mundo y la sal de la tierra, y eso implica ser valientes y nadar a contracorriente de este tabú. ¿Cómo?

  1. Hablemos de la Muerte con Fe: En nuestras familias, en nuestros grupos de oración, en nuestras catequesis. Hablemos de ella no con temor, sino como santa Teresita o san Francisco de Asís, que la llamaban «hermana muerte». Preparémonos para ella a través de la oración, los sacramentos y una vida de caridad.
  2. Expresemos Nuestros Deseos: Dejemos claro a nuestras familias que deseamos un funeral cristiano. Que queremos una Misa por nuestra alma, que anhelamos ser enterrados en campo santo. Que nuestra despedida no sea un homenaje vacío a la vida que se fue, sino un canto de esperanza en la Vida que nos espera. Este es nuestro último acto de evangelización.
  3. Acompañemos en Comunidad: Cuando la muerte visite a un hermano, hagámonos presentes. Acudamos al velatorio, recemos el Rosario, participemos en la Misa exequial y no olvidemos a la familia en los meses venideros. Revivamos la piadosa costumbre de ofrecer Misas por el eterno descanso de nuestros difuntos. Seamos la Iglesia que cuida, que reza y que espera unida.
Aquí os espero.

La inscripción del cementerio de San Martín de Tours es un recordatorio severo y necesario para un mundo que vive de espaldas a Dios. 

“Avaros que guardáis vuestro dinero,

Soberbios que de Dios os olvidáis,

Opulentos que al pobre despreciáis,

Meditad y temblad:

Aquí os espero.”

A los avaros, soberbios y opulentos, la muerte les llega como un ladrón en la noche. Pero a nosotros, cristianos, nos debe encontrar vigilantes, con la lámpara encendida y el corazón lleno de la esperanza inquebrantable de que, para quienes mueren en Cristo, la vida no termina, se transforma.

No dejemos que el gran tabú del mundo nos robe la alegría de nuestra fe. La muerte no tiene la última palabra. Jesucristo, resucitado, sí la tiene.

Diego J. Romero Salado

Licenciado en Derecho y Diplomado en RRLL (Graduado Social). Programa Superior de Práctica Jurídica Forense y Asesoría Jurídica (ICIDE- centro homologado por el CGAE), obteniendo el certificado CAP (Consejo General de la Abogacía Española). Máster en Mediación Familiar, acreditación oficial homologada por la Junta de Andalucía e impartida por el ICIDE. Postgrado en Mediación Civil y Mercantil por la Universidad CEU San Pablo. Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales (Especialidades en Seguridad en el Trabajo y Ergonomía y Psicosociología Aplicada). Medalla de plata al mérito profesional otorgada por el Colegio Oficial de Graduados Sociales de Sevilla y colectiva al Mérito al Trabajo, categoría de oro. Letrado del turno de oficio del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla. Graduado Social colegiado del Excmo. Colegio Oficial de Graduados Sociales de Sevilla y vocal del consejo de redacción de la revista 'Justicia Social' del referido colegio. Tutor-colaborador de prácticas externas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla desde 2010, colaborando con los departamentos de Derecho Civil y Penal y Procesal en la impartición del practicum.

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