¡Oh mundo, mundo! Por Teresita Ávila

¡Oh mundo, mundo! Muchos mucho de ti dijeron, muchos en tus cualidades metieron la mano, a diversas cosas por oídas te compararon. Yo por triste experiencia lo contaré como a quien las ventas y compras de tu engañosa feria no prósperamente sucedieron, como aquel que mucho ha hasta ahora callado tus falsas propiedades por no encender con odio tu ira, por que no me secases sin tiempo esta flor, que este día echaste de tu poder. Pues ahora, sin temor, como quien no tiene qué perder, como aquel a quien tu compañía es ya enojosa, como caminante pobre que, sin temor de los crueles salteadores, va cantando en alta voz. Yo pensaba en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden. Ahora, visto el pro y la contra de tus bienandanzas, me pareces un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región llena de espinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuidados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce ponzoña, vana esperanza, falsa alegría, verdadero dolor. Cébasnos, mundo falso, con el manjar de tus deleites; al mejor sabor nos descubres el anzuelo; no lo podemos huir, que nos tiene ya cazadas las voluntades. Prometes mucho, nada no cumples; échasnos de ti por que no te podamos pedir que mantengas tus vanos prometimientos. Corremos por los prados de tus viciosos vicios, muy descuidados, a rienda suelta; descúbresnos la celada cuando ya no hay lugar de volver. Muchos te dejaron con temor de tu arrebatado dejar; bienaventurados se llamarán cuando vean el galardón que a este triste viejo has dado en pago de tan largo servicio. Quiébrasnos el ojo y úntasnos con consuelo el casco.

Fernando de Rojas, La Celestina (Acto XXI)
¡Oh mundo, mundo!

«No se puede soslayar bajo ningún concepto la existencia de víctimas reales, de seres humanos sacrificados en aras del triunfo del relato»

Con qué verdad un padre transido de dolor descubre las vergüenzas de aquello en lo que apostamos a ciegas. El golpe seco, certero, cae sin piedad para certificar la derrota de los desolados jugadores. Trampas por doquier y guiños. Gestos dudosos que invitan a confiar y solo persiguen alimentar el engaño. En la imparable modificación del relato ejercen todo su desempeño, sin escatimar recursos. En desarbolar cuanto de bueno y de noble hubiere, allí donde hay tradición, se siembra la duda, nace el escándalo y se mancha la memoria. Hay que conceder el hecho de que, en general, seamos presas fáciles, prestas a regalarle al enemigo nuestra propia cabeza. La poca reflexión, la velocidad de los movimientos no solo causan vértigo, sino que ruborizan al detenerse sobre la materia y, ya con calma, percibir los matices que no se vieron por culpa de la precipitación. Me pregunto –e invito a que se formulen lo mismo que yo– hasta qué punto no es esa la finalidad del asunto. El arte del engaño estriba en conducir al enemigo por los vericuetos que lo distraigan, y así, con tal ventaja, conseguir la victoria con mayor facilidad. A nadie le apetece retratarse y salir con cara de tonto, verse expuesto en la tribuna de los errados. Pero no me confundiré si afirmo que las artimañas proceden del mismo origen. Sí creo, con rotundidad, que las voces y dedos acusadores que se señalan y pelean entre sí tienen en común mucho más ruido que nueces. Lo diverso es pura apariencia y se reúne en la bolsa del interés, detrás de las bambalinas.

Sin embargo, no se puede soslayar bajo ningún concepto la existencia de víctimas reales, de seres humanos sacrificados en aras del triunfo del relato. Suena tremendo y cuesta digerir que, sin ningún tipo de cortapisa moral, exista una selección previa o aleatoria –según convenga– para elegir quién o quiénes pueden generar el necesario efecto revulsivo. Por eso es tan difícil e incómodo verbalizarlo. Y suscita tanto rechazo, tanta división. Pero si hacemos memoria, el mundo conocido, imperfecto también entonces, precipitó su caída desde el momento en que las Torres Gemelas se vinieron abajo. Fue la firma más ostentosa y salvaje del asesino que recordaremos, yo la primera. Después de aquello, no ha sido difícil tejer la tupida tela de araña que actualmente nos envuelve, que casi está a punto de atraparnos por completo. ¿Acaso no la ven?

Y ya que el poder se desenvuelve con soltura en las aguas turbias, no sería insensato detenerse para vislumbrar el fondo de las cuestiones que se suceden. Entre las más llamativas, la falta de solidez argumental del mundo al que pretenden convocarnos, desprovisto de humanidad, lleno de carencias que chocan con sus pretendidas políticas de progreso y bien común. El terreno se abona a conciencia para laminarlo, para convertirlo en un erial sin posibilidad de futuro o, en todo caso, multiplicar sospechosos proyectos que se desvían a propósito de los intereses de todos los afectados. Lo repetiré cuantas veces sean precisas: las ruinas visibles de nuestras recientes tragedias, nadie las quiere remediar. No existe un plan que acometa otros riesgos venideros que puedan causar daños. La única respuesta es un ominoso silencio. La brutalidad descubre las peores cartas con que juegan los que más han perdido, sobre los que cae la capa del olvido.

En lo cotidiano, se me ocurre algo muy próximo que tal vez pueda servir para comprender hacia dónde conduce esa ruta destructiva, cada vez que ponemos nuestros pies por calles que ofrecen un estado de dejadez visible. Otra puesta en escena reveladora, dado que la falta de aseo nos hiere y perturba. No tiene sentido mostrarlas así, abandonadas, a no ser que esta sea exactamente la intención de su proceder. Embrutecer, degradar el ambiente, sumirnos en la decadencia civilizatoria y anticipar la nuestra. Observo a diario los mismos rincones abandonados, refugio de la miseria que se adueña de ellos. Una evidencia más de la hostilidad reinante hacia nosotros, donde no se respeta el entorno, donde chirría la contradicción entre las continuas proclamas de salud, de políticas verdes y bienestar con el acúmulo de basura. Siento que no es casualidad.

Con saber pulsar el mecanismo adecuado, los conflictos llaman a nuevos conflictos con lúgubres tambores. En el aire se percibe el rumor de los primeros enfrentamientos, de los gritos de estupor ante la sangre derramada. De esta manera tan simple nos convocan y enredan en sus asuntos. No tienen por qué ser originales. Es fácil iniciar la escalada de tensiones y alborotar el patio. Aquí y allá, los controladores tienen licencia para utilizar la propaganda puesta a su servicio y bombardearla con todos los medios. El señalamiento es la forma preferida. Tú, viejo. Tú, ignorante. Tú, padre tradicional. La sentencia dictada desde el odio absoluto, el gran invento, que dispara su veneno mortal. ¿Caeremos? ¿Estamos destinados a las nuevas crueldades diseñadas desde sus asépticos despachos?

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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