El final no es el verano. Por Francisco Gómez Valencia

El final no es el verano.

«Llegados los últimos días hablamos poco, ya todo está dicho, reina la paz y la complicidad propia del compañerismo y la amistad verdadera»

Como cada año nos despistamos por la finca de Villaverde. La excusa es subirnos al carro con “J. & Ra” más su gente, o sea, nuestra gente. Ya en su equipo de alguna manera rompemos su maravillosa monotonía. Siempre nos esperan porque nunca nos fallan, aunque es cierto que en muchos momentos resultamos más una carga que otra cosa. En mi caso, mimetizarme con el gran líder alfa me resulta complicado. Su mera presencia hace que mi perfil urbanita resalte más aún de lo previsible. Mi simple aspecto deja adivinar que esos pocos días de aclimatación al medio harán de mi un hombrecillo nuevo.

Llegamos de la gran ciudad, la de la libertad y tal, con problemas, noticias y reflexiones frescas laboriosamente acopiadas desde hace tanto que algunas son hasta repetidas de cursos anteriores. Ardo en deseos de compartir con alguien cuyo ritmo biológico se basa en la salida y la puesta de sol. Es magnífico pues me incita a olvidarme de mi realidad.

Generalmente se arranca pronto, bien desayunados, yo diría que igual en exceso pero sobre todo –y esto es muy importante– sin necesidad de revisar las estupideces del mundo afuera de las lindes del terruño. Los primeros dos días volvemos a reconocernos y casi diría yo que hasta nos olisqueamos pues aunque hay confianza, es conveniente marcar ciertas distancias antes de hacernos las carantoñas propias por el afecto conseguido con tantos y tantos años. 

No falla, la obligación de ir al pueblo de al lado a por pan provoca que comencemos nuestra pequeña disputa entre lo rural y lo urbano por cuestiones tan necias, que ya de vuelta hace casi una quincena no me atrevo a repetir. Por el camino los campos de girasoles nos dan los buenos días pero a la vuelta nos ignoran los muy maleducados y nos dan la espalda, supongo que aburridos al escuchar lo que dice el nuevo cansino urbanita metido a paseante jadeante por mis nuevas limitaciones. Desde hace dos años desgraciadamente ya no voy preparado y con el rodaje hecho. Recuerdo que pensaba: «se va a enterar mi querido paleto», pero eso pasó a la historia porque antes del tremendo susto, servidor iba hecho un mulo gracias a una madrileña preparación preolímpica. Aguantar del tirón hasta el final de las vacaciones era indiscutible pero bueno, no hay mal que por bien no venga.

Una vez puestos al día de las novedades trascendentales de la vida, empezamos a divagar pues surgen las dudas que insistentemente le asolan sobre cuestiones que ve en el parte de la noche por la televisión, y que lo alteran a su manera día tras día de una forma significativa porque él, es un hombre de principios rectos, es decir, Familia, Trabajo y Patria como debe ser, aunque en su caso el orden quizás si altera el producto. 

Este invierno a sus 62 tacos, se tatuó el Cristo de la Legión –pues fue legionario de remplazo de joven– lo cual me lo pone más fácil a la hora de tratar temáticas de esas que versan sobre lo que está bien y lo que está mal, aunque reconozco que tras 25 años, las respuestas afortunadamente para ambos no son muy elaboradas.

«¡A ver, qué se cuentan estos hijos de puta!». Y yo comienzo con que si esto o aquello, o que si patatín o patatán mientras él resopla y asiente, ¡Jodido Seneca, ya me ha liado otra vez! Me interrumpe para contarme –muy iracundo– como avanza la obra de los molinos de viento pues opina y con razón, que son una atrocidad y gracias a los molinos empalmamos con el tema de la factura de la luz, a lo que me responde: «calla, calla que si estos chiquitos tuvieran que vivir como lo hicimos nosotros…», pues cuenta una forma de vivir que para mí es del genero marciano. Ante tal argumentación, me deja tres opciones: o profundizar sobre el asunto y explicarle la dependencia de España del gas ruso y argelino, o que las renovables son más caras y si abusan como recordarán se funden los plomos o por último, si ya quiero complicar más el asunto, le cuento que el 60% de lo que paga son impuestos. En fin, que salto a otro tema a ver como lo afronta pero ya es tarde y noto como se pierde la cobertura, se le va acabando la pila pues hoy no echó siesta raro en él, y entre bostezos cambia de canal. «Es tarde para seguir empacando a estas alturas». Yo al principio no sabía de qué me hablaba pero al ver a lo lejos una cosechadora, un remolque y una empacadora haciendo fardos de paja, me lo imaginé y termino la conversación viendo como disfruta mirando las máquinas a lo lejos.

Entonces un silencio agradable nos asalta hasta que se rehace y vaticina: «como lo de por llover, tendrán que esperar un par de semanas para trabajar esa tierra y ya van tarde, así que a ver sí espabilan que eso ahí acumulado es un polvorín».

Echamos la penúltima antes de que nos avisen para cenar mientras recordamos la única vez que fuimos juntos a por leña: Madrugón del copón, 4×4 y el perrete corriendo por delante marcando el camino que ya se lo sabía porque estaba harto de ir por libre. Esos lares con su dueño estaban más que controlados pues la gente del campo en las tierras de Burgos, si supervisan todo el año sus suertes, pues es costumbre, legado y derecho. Llegados a destino, nos calzamos las botas de seguridad, nos embutimos en el buzo con cierto olor a choto, buenos guantes, motosierra en mano y al tajo. 

«Chiquito, verás que fácil: una vez amontonada, coges dos o tres metros de cordel y los echas al suelo en línea recta y a cortar ramas en pedazos elegantes. ¡Con cojones eh, que estamos en el campo!». Una vez conseguido buena montonera con las rodillas haciendo fuerza se aprieta y se hace un fardo, anudamos el cordel y a otra cosa. Esta misma operación diez, veinte, treinta veces qué se yo, las que hagan falta, éramos hombres haciendo de hombres equipados con mono reflectante y bien parapetados de calimocho y agua para apagar la sed.

Recordamos que hablamos en voz baja del covid, de las fiestas que hacía cierta gente en sus casas, de los que conocimos que lo pillaron (e incluso palmaron), de los cabrones de los chinos y la madre que los parió y de los políticos, que según él no sabían por dónde les daba el aire, y por eso, lo fácil fue encerrar al personal en vez de dar más medios a la policía. 

Con la faena a medias, nos secamos el sudor de la frente. Vamos bien así que toca almorzar. Un buen bocadillo con las sobras de la cena y una buena botella de ribera bien frio, siempre rosado con algo de aguja de la bodeguita de Petín. “Benja” (el hermano de “J”) da las bendiciones empinando el codo el primero mientras el hijo de Alberto que acaba de llegar con el tractor, engancha las palas y carga la leña al remolque. Es un momento pleno. No hay malicia, solo trabajo en equipo. A nuestro lado dos inmensas hogueras perfectamente controladas hacen su labor, pues se quema lo pequeño es decir, el combustible que de no hacerlo en ese momento arde en verano. Miro el fuego y alucino. Me tengo que alejar. Un año hasta se me quemaron las patillas de mis gafas de ver de marca. ¡Manda huevos!

Volviendo al vino, al riberita rosado con aguja de Petín ¡Qué cabrones! El primer año cuando el mencionado se construyó el merendero, me bajaron a conocer la bodega y no me avisaron que había que remover un poco con el mismo vaso el vino de la cuba antes de beber, y aunque a mí me sabía mucho a alcohol, por no quedar como el listo de la capital tire para adelante y así me pasó, que subí las escaleras a cuatro patas, de hecho me parecieron interminables. Desde entonces cada uno de mayo para allá que íbamos. Bienvenida, buena chimenea, algo de embutido para abrir boca, visita guiada al viñedo, negociamos unas cajas de vino echando unos porrones, dos lechales para comer y a la feria de tractores de Lerma. Grandes jornadas y que buenas dosis del licor de las cepas de Villa Petín, (como me gusta llamar a su pequeño gran viñedo), por cierto, se ve desde la autovía pasado el radar. Ese Petín, que gran electricista al que le crujió la crisis de 2008 y le hizo echarse al monte a plantar vides, como San Dios, en fin, que otra gran familia…

La yegua y el potrillo

Volviendo al presente, pasan los días, el cansancio es sano y el sueño es cada vez más reparador; el catre es perfecto, ya no extraño el trono, la yegua y el potrillo ya me han aceptado de nuevo, creo que hasta saben quien soy, por supuesto no me ducho a diario, a veces ni me peino más que en la mañana después de ir a la huerta a por tomates para desayunar. ¡Queridos míos, no tienen precio, son espectaculares!

Lo de la huerta merece un aparte: Si me apetece (o me lo mandan) saco pepinos directamente de la mata, o pimientos, o cebolletas, o calabacines, que se yo, hay de todo para preparar a diario buenos guisos y ensaladas. Me gusta el huerto, de hecho me quedo mirando como si entendiera del tema. Cuando me apetece, como cerezas y robo ciruelas directamente del árbol, a la tarde duermo la siesta bajo su sombra, nunca hace calor, sin darme cuenta apenas vemos la televisión, el móvil casi ni existe salvo para saber del niño por la noche a la que vamos a tirar la basura. Lo que le suceda al mundo me la trae al pairo porque ahí seguirá esperando para alimentar nuestra ira.

Reina la paz y la complicidad propia del compañerismo…

Los lugareños siempre nos ganan y nos manipulan. Yo de hecho no me canso de escuchar cosas que la mayoría de las veces ni me interesan. Ya lo sé, con el tiempo me he dado cuenta, lo hacen para que soltemos todo lo malo de la ciudad. Llegados los últimos días estos se hacen más largos porque hablamos poco, ya todo está dicho, reina la paz y la complicidad propia del compañerismo y la amistad verdadera. Por eso siempre volvemos, y más ahora con el motor gripado para siempre. ¡Puta vida!

Allí creía respirar aunque ahora sí que respiro, allí me ilusionaba pensar que me regeneraba, pero la verdad es que solo ahora me regenero, allí ahora me abandono porque por fin me sientan bien sus cosas, sus vivencias, sus rutinas. Qué bueno, siempre están ahí, estuvieron cuando la lie parda pero son ellos, eran sus voces entre la niebla las que oía, están y estuvieron presentes, son nuestros ángeles custodios…     

Hasta pronto familia, siempre vuestros.   

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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