Anteotoño. Por Diego Pardos 

Anteotoño

«Aprovechemos el templado anteotoño: vendrán luego las grullas, los Difuntos, los camposantos y los gélidos atardeceres»

De “El engaño del zorzal” de Aquilino Duque (1986) podemos leer en Café con espejos: “Aún existen cafés en el centro de Europa/y la estación más bella sigue siendo el otoño”. 

 

Parece escrito pensando en la periodista María Durán, que se queja del final del verano, como el Dúo Dinámico. Y, consecuencia de ello, del cierre de la piscina y la desaparición del moreno y del bronceado. 

 

Hay, sin embargo, otros poetas para el estío; para los encuentros voluptuosos; para los sudores de las noches cálidas, de las copas y las estatuas; para los amaneceres de la Costa Brava o los recuerdos de Filipinas. Es uno de ellos Jaime Gil de Biedma, el de la añoranza de los encuentros amorosos más que del amor, como lo fue Pedro Salinas. 

 

El otoño no llega bruscamente al pasar la hoja del calendario; no aparece con los primeros vientos del norte ni con la ausencia de los mosquitos, las moscas de plástico y otras especies enemigas del hombre. Pareciera que el otoño tiene todavía un por llegar; un periodo de espera y estupor que en ciertas tierras priduce inquietus: lo aprovecha la segadora para cosechar el girasol. (El girasol de otoño es una lámpara triste y apagada a punto de morir.) Y la hoja que no acaba de caer y el frío que asoma tímido. 

 

He caminado casi a ciegas por caminos sin rastro humano. La paramera, plana, se muestra aquí en barbecho o todavía en rastrojos; más allá, arañada para la siembra esperando la semilla. Pero, ¿ha llovido ya para labrar? Se fueron los cazadores. En la vereda, una vieja paridera de ganado muestra su ruina; un ave rapaz aletea en suspensión por el aire… Y sobre todo el silencio: ni el silbo de un pastor ni el cencerro de la oveja. El silencio deseado y asombroso que, sin embargo se lamenta queda y calladamente de los tiempos, que han cambiado y que ya no son. 

 

Va terminando el caminante ocioso su trayecto: cambia (esta vez sí) bruscamente el crujir como de sal bajo los pies, al pisar el asfalto de la carretera comarcal. Aprovechemos el templado anteotoño: vendrán luego las grullas, los Difuntos y los camposantos y los gélidos atardeceres nos devolverán, de vuelta a la casa y al calor de una lumbre o de una estufa tras el breve paseo cada vez más menesteroso, aunque por fin otoñal. 

 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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