
«La Maestranza en pie, la “sede vacante” ya tiene quien la ocupe en este cuarto de siglo XXI: Habemus Morante»
Estimados lectores y seguidores,
Se cumplen tres años que, a raíz de aquella tarde inolvidable del 1 de mayo de 2022 -tarde que quedó impresa en nuestras retinas y escrita con letras de oro para los anales del toreo- en la que el maestro Morante de la Puebla nos deleitara los sentidos con una actuación antológica en la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.
Recibo de capote con sabor añejo: Morante y Gallito
Fue el despertar de los sentidos de muchos aficionados -como quien suscribe- que vivimos tardes de gloria en la década de los 80, cuando éramos unos niños y jugábamos al toro por los corrales de aquellas “plazas” que improvisamos en cualquier explanada de nuestros pueblos. Éramos niños que soñábamos con “aquellas tardes que se fueron” y que creíamos no volver a vivir; tardes de Manolo Vázquez, Curro Romero o de capote de Paula, del que el cantaor sevillano Francisco de Asís Palacios Ortega, “El Pali”, dedicara unas famosas sevillanas:

Ay torre de Santiago, echa al vuelo tus campanas
Echa al vuelo tus campanas
Ay torre de Santiago
Echa al vuelo tus campanas
Ay torre de Santiago
Echa al vuelo tus campanas
Echa al vuelo tus campanas
Que Dios se ha llevao al cielo
La seguiriya gitana
Que Dios se ha llevao al cielo
La seguiriya gitana
Relincharon los caballos
Silencio en el Volapie
Callaron eco y guitarra
Y floreció un lazo negro
En el capote de Paula.

Aquellos niños -que hoy ya peinamos canas-, solíamos reunirnos en agradables tertulias taurinas, después de los toros, fijándonos en los tiempos de la lidia y en los detalles -nunca en los trofeos-.
Aquellos niños comentábamos las características del toro y su comportamiento en los tercios -inolvidable aquellos tercios de varas de la corrida de Guardiola el “lunes de resaca” de la Feria de Abril sevillana-, la actuación de los toreros de plata -aquel u otro par de banderillas, la brega, una faena sin trofeos que era meritoria de una vuelta al ruedo -aquellas vueltas al ruedo ya no se ven en estos tiempos-.

Y así, nos hicimos aficionados, aprendiendo de nuestros padres y abuelos las tardes que ellos vivieron. También, solíamos tomar café en los casinos y escuchar a los viejos -aquellos catedráticos sabios y sus vivencias de antaño-.

Es verdad, que aquellas vivencias de una época esplendorosa de la Fiesta Nacional permanecen imborrables en nuestras memorias, y, también es cierto y verdad, que desde entrado el presente S. XXI sentí un desinterés progresivo por la evolución de una nueva tauromaquia de la modernidad, considerando la “cátedra del toreo” en situación de “sede vacante” -en similitud con la expectación de cara al próximo cónclave, tras la muerte de Francisco-, aunque a bote pronto resulte una exageración, incluso para mí, quien suscribe estas líneas. También, en similitud, permanece en mi memoria la época tan fructífera que nos legó el papa Juan Pablo II durante su largo pontificado, y que muchos católicos anhelamos como un tiempo glorioso para la Iglesia de Roma.
Y, es que, el tiempo pasa tan rápido que hace que caigamos, sin darnos cuenta, en la sociedad actual, prontamente, en el olvido; y ese olvido nos trae recuerdos de mejores tiempos: la tauromaquia no constituye excepción tampoco.

Vivimos en tiempos de relativismos, en los que la moda es ser “light”, faltando el condimento consustancial a las cosas trascendentales. El Toreo es algo puro y consustancial en su triple dimensión: artística, técnica y espiritual; es algo así como una «liturgia laica» donde se confunden el arte y lo divino, interpretada por el artista, el cual, desde que hace el paseíllo ya lleva en su mente la obra que quiere transmitir al público. Y lo expreso como “liturgia” a la que apellido de “laica” porque en varias ocasiones el clero se ha mostrado contrario al toreo (“La tauromaquia fue prohibida en 1567 por el papa Pío V por medio de la Bula ‘De salutis gregis dominici’. Dicha bula, que nunca fue derogada, se basa en la obligación de los fieles católicos de apartarse de los peligros inminentes del cuerpo y del alma”). Esto contrasta con las devociones que la gran mayoría de los toreros profesan a representaciones religiosas de la Santísima Virgen y de Cristo, contando la inmensa mayoría de las plazas con sus capillas, como la devoción a la Virgen del Baratillo, contigua a la plaza de toros de Sevilla, o a la Almudena, en Madrid; o, la Virgen Blanca, en Vitoria.
Podríamos así buscar argumentos ontológicos -y los hay- que conectan la Fiesta de los Toros con el Circo Romano, ya que la sangre y la muerte son consustanciales a su esencia primera. Sobre este tema, el escritor Fernando Sánchez-Dragó (q.e.p.d.) escribió algunas líneas maestras, que, a buen seguro, encontrarán en internet.
Quien suscribe tiene la costumbre de escribir de corrido y de memoria, por ello, si alguien lo desea puede buscar más información en la red. A propósito, recuerdo a Morante conversando con Sánchez-Dragó en un acto de Vox en Sevilla, en el que yo también conversé con Morante.
Algunos que saben de mi afición desde niño se extrañarán si digo que Morante de la Puebla, el cual tengo muy cerca de donde vivo y cuyos vecinos, hermandades y gente que conozco lo admiran más allá de su arte por su humanidad, sencillez y naturalidad, ha logrado que resucite en mí de nuevo la ilusión por los toros cuando se cumple el primer cuarto de siglo de este S.XXI, y, no soy el único, el duende de Jerez, Rafael de Paula, dijo lo mismo, llegando a apoderar al maestro de La Puebla del Río.

Decía que el artista lleva en su mente la obra que desea transmitir, la cual, acompañada de las musas que le traen la inspiración -las cuales, por cierto, han tenido abandonado durante mucho tiempo al Maestro- permiten expresar los sentimientos a través de las artes liberales, escritura, pintura, escultura, medicina, abogacía, y, en el caso que nos ocupa, tauromaquia aquello que no puede ser expresado de otra forma: afirmaba Goethe que el arte es el mediador de lo inexpresable (sic). No se trata de medir con lupa la faena de éste o aquél otro, la obra comienza al toque de clarín y finaliza una vez que el toro cae muerto. No hay más, y no olvidemos que la diversidad de “carismas” en las distintas maneras de interpretar el toreo contribuyen a la diversidad y riqueza de la Fiesta Nacional, aquí las matemáticas sobran, al igual que la “moviola”. O estabas o no estabas. Recuerdo ver a Curro Romero o a Paula en la plaza y después en vídeo, y nada que ver. Así es el arte. El Arte en tres dimensiones: artística, expresiva y espiritual. Estas cualidades las reúne Morante.

Rompan las cámaras de vídeo y cierren los ojos y sueñen con aquellas tardes gloriosas e inolvidables, pero no caigan en la tentación de medir lo que no vieron en directo. Y que conste que soy partidario de que los medios públicos sigan el ejemplo de Canal Sur y se televisen más corridas en directo, como en la época de Felipe González -aunque no era santo de mi devoción-. Hay que seguir el relevo generacional y televisar más corridas, además de que una Fiesta declarada bien de interés cultural (BIC), mediante Ley 18/2013, de 12 de noviembre, para la regulación de la Tauromaquia como patrimonio cultural, debe llegar a todos los rincones de nuestra geografía. Muchas personas mayores, enfermas, impedidas y con problemas económicos lo agradecerán. De hecho, partido del propio Morante que quería que televisaran la corrida del 1 de mayo en Sevilla en abierto: bonito gesto.
Confieso que el otro día vi a Morante animado y predispuesto a no dejarnos tirado, viéndolo inspirado y sereno y aprovechando los recursos de su lote, como aquellas largas de recibo con el capote que resucitaron a Gallito. Vi a Morante decidido desde que inició el paseíllo, pulcro en las suertes y centrado en los tercios. La Maestranza en pie, la “sede vacante” ya tiene quien la ocupe en este cuarto de siglo XXI: “Habemus Morante”.

