Cuando la ideología sustituye al voto. Lecciones del siglo XX para la democracia española. Por Fernando M. Gracia 

Cuando la ideología sustituye al voto.

«Cada vez que un pueblo se creyó autorizado a ignorar el sufragio en nombre de un ideal superior, terminó destruyendo aquello que decía proteger»

La democracia no es sólo un método para contar votos; es, sobre todo, una actitud moral ante la derrota. Tampoco es una excusa para, en los periodos entre elecciones, hacer lo que se quiera o modificar el marco común sin las debidas garantías democráticas. Su fuerza no reside en que todos ganen, sino en que todos acepten perder, y en que quienes gobiernan respeten los límites institucionales que les impone la ley. Esa aceptación, tanto del resultado como de los límites, es la que separa a la civilización del caos, a la ley de la imposición y a la política del fanatismo ignorante. Cuando un pueblo deja de creer que las urnas son la única voz legítima del poder, el resto, la palabra, el diálogo, la convivencia, se convierte en una ilusión frágil. 

A lo largo del siglo XX, Europa conoció demasiados ejemplos de lo que ocurre cuando la ideología pretende sustituir a la soberanía del voto. En la Italia de entreguerras, el fascismo brotó del desencanto del socialismo radical, de quienes soñaron con la revolución social y acabaron abrazando la revolución nacional. Aquella mezcla de utopía y resentimiento anuló el pluralismo y sometió la voluntad popular al Estado. Lo que comenzó como una promesa de redención colectiva terminó siendo una maquinaria de obediencia. 

En Alemania, la historia se repitió con un acento aún más trágico. El movimiento nacionalsocialista utilizó el lenguaje del socialismo y del nacionalismo para seducir a los desposeídos, a los humillados por la posguerra. Hablaba de justicia social, de reparto de beneficios, de control de los poderosos. Pero detrás de aquella retórica latía y late siempre el mismo peligro que consiste en convertir al pueblo en masa y al ciudadano en instrumento. El resultado fue la negación de la libertad y el desprecio de la dignidad humana. 

También España ofrece su lección. En las elecciones municipales de abril de 1931, la mayoría de los votos correspondió a candidaturas monárquicas, aunque las fuerzas republicanas vencieron en las grandes ciudades. Pero esa victoria parcial se presentó como un mandato nacional. Bastaron dos días para que se proclamara un nuevo régimen sin referéndum, sin ley que lo amparara y sin consulta al conjunto del pueblo. Fue un cambio impulsado más por el entusiasmo, de una parte, de la población concentrada pero minoritaria, y la presión que por el derecho. A esa inestabilidad inicial se sumó la influencia de los nacionalismos regionales, hoy llamados periféricos, que aprovecharon la debilidad del Estado para reclamar competencias y símbolos propios, profundizando la fragmentación política y el distanciamiento entre territorios. En lugar de consolidar una unidad basada en la ley, se abrió paso una pluralidad de legitimidades que terminó erosionando el marco común. La emoción sustituyó al procedimiento, y con ello se abrió una etapa de divisiones que años después desembocaría en tragedia. 

Estos tres episodios, tan distintos en forma, pero semejantes en fondo, muestran cómo la ideología puede convertirse en una religión política dispuesta a negar cualquier límite. Cuando la convicción sustituye al derecho, el Estado se desmorona, porque ya nadie reconoce una autoridad por encima de su propia verdad. Hoy, las democracias siguen enfrentando esa tentación. La polarización, el ruido mediático y la erosión del respeto institucional alimentan la idea de que sólo una parte representa “al pueblo” y que el resto carece de legitimidad moral. Desde ahí, el paso a cuestionar las urnas es breve. Los autoritarismos no aparecen de improviso, germinan lentamente, cuando se deja de confiar en las reglas del juego y se empieza a dudar del árbitro. 

La madurez democrática consiste precisamente en lo contrario. Consiste en asumir la derrota sin renunciar a los principios, en saber que el adversario no es un enemigo, sino una parte necesaria del equilibrio común. La alternancia no es un accidente; es la garantía de que el poder no se pudre. Y quien no entiende esto, sea del signo que sea, demuestra no haber comprendido el sentido último de la democracia y que, por tanto, nadie tiene el monopolio de la verdad. 

Las revoluciones que pretendieron emancipar al hombre negando su libertad acabaron esclavizándolo. Por eso, la verdadera izquierda democrática, como también la derecha democrática, debe recordar que su única fuente de legitimidad es la misma y no otra que las urnas y la ley. No hay causa justa que justifique despreciar el voto, ni redención colectiva que valga más que la libertad individual. La historia es implacable con quienes olvidan esa lección.  

Respetar los resultados electorales no es una formalidad; es una frontera moral. Cada vez que un pueblo se creyó autorizado a ignorar el sufragio en nombre de un ideal superior, terminó destruyendo aquello que decía proteger. Las sociedades que dejan de creer en las urnas terminan creyendo sólo en la fuerza. 

Hoy, cuando la emoción política parece devorar el espacio de la razón, recordar estas lecciones no es un ejercicio de nostalgia, es una necesidad cívica. La democracia no es el triunfo eterno de una idea, sino el pacto que nos permite convivir entre quienes pensamos distinto. No hay legitimidad fuera del voto, ni justicia fuera de la ley. Y el ciudadano que acepta perder una elección con dignidad contribuye más a la libertad que aquel que, en nombre de una causa justa, la traiciona. 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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