Cuando la igualdad devora la libertad. Una lectura sociológica del totalitarismo de izquierda. Por Fernando M. Gracia 

Cuando la igualdad devora la libertad.

«El análisis sociológico enseña que la deriva totalitaria de la izquierda radical no proviene sólo de sus ideas, sino de su estructura social y de su vacío espiritual»

La historia contemporánea demuestra que algunos movimientos nacidos al amparo de la justicia social han terminado por anular la libertad que pretendían conquistar. Desde la sociología política, este fenómeno ha sido objeto de un examen profundo. Cómo las utopías igualitarias, al perder el vínculo con las garantías institucionales y morales, derivan en sistemas autoritarios. No hablamos aquí de la socialdemocracia, expresión madura del reformismo dentro del Estado de derecho, sino de aquellas corrientes revolucionarias que convirtieron la igualdad en una fe absoluta, desligada de toda referencia a la libertad interior y al valor del individuo. 

Alexis de Tocqueville fue el primero en advertir que la pasión por la igualdad podía ser más intensa que el amor a la libertad. En La democracia en América, observó que las sociedades democráticas tienden a sacrificar espacios de autonomía personal en nombre de la uniformidad. Para Tocqueville, el peligro no estaba en la tiranía abierta, sino en un poder paternalista que, bajo la excusa del bienestar común, acabase domesticando a los ciudadanos. Ese riesgo se cumple cuando el ideal de igualdad deja de ser un principio moral y se convierte en un dogma político que no admite matices. 

Émile Durkheim, desde otra perspectiva, describió cómo las sociedades modernas necesitan cohesión simbólica. Cuando la religión pierde su poder integrador, la ideología asume su lugar. El colectivismo revolucionario llenó ese vacío ofreciendo un nuevo tipo de fe, la redención del hombre por el Estado. En su afán de abolir las desigualdades materiales, los movimientos igualitaristas generaron nuevas jerarquías, las del partido, el líder, el buró político, que se arrogaban la función de conciencia colectiva. La autoridad se desplazó del individuo a la estructura, y la libertad pasó de ser un derecho a convertirse en una concesión. 

Max Weber aportó la clave sociológica del proceso con la racionalización del poder. En su análisis del Estado moderno, mostró cómo la burocracia, al pretender ser el instrumento de la justicia, puede transformarse en su contrario. El socialismo de Estado, cuando monopoliza los medios económicos y la planificación social, concentra también el poder simbólico y coercitivo. Se destruyen así los contrapesos que sostienen la legitimidad democrática, la división de poderes, la propiedad privada, la libertad de conciencia. Lo que comenzó como un medio de justicia termina como una máquina totalizante, guiada por una racionalidad técnica sin alma. 

Robert Michels, discípulo de Weber, formuló la llamada “ley de hierro de la oligarquía”: toda organización, por democrática que sea en su origen, tiende a generar una cúpula dirigente que perpetúa su control. En los partidos revolucionarios del siglo XX, esta ley se manifestó con brutal claridad. Los líderes del proletariado se transformaron en élites cerradas, blindadas por el aparato del partido y sostenidas por la retórica del bien común. La disidencia dejó de ser debate y se convirtió en traición. 

Raymond Aron, en pleno siglo XX, diagnosticó la raíz del problema, esto es, el mesianismo secular. Al sustituir a Dios por la Historia, los movimientos totalitarios de inspiración igualitarista construyeron un relato absoluto. Si la Historia tiene un sentido, y si un partido o una clase lo encarnan, entonces todo lo que se oponga a ellos carece de legitimidad moral. De esa premisa se deriva el totalitarismo y la justificación de cualquier medio en nombre de un fin “inevitable”. Aron veía ahí el drama de la modernidad política, el sueño de la redención colectiva transformado en pesadilla burocrática y policial. 

Cornelius Castoriadis fue aún más allá. Para él, el verdadero problema no era económico, sino antropológico. Cuando el individuo delega su capacidad creadora en una institución total, sea el Estado, el partido o la idea de pueblo, renuncia a su autonomía y se convierte en objeto de la historia. La revolución que pretendía liberar al hombre termina por disolver su singularidad en una masa indiferenciada. En ese punto, la igualdad devora la libertad, y la justicia se transforma en obediencia. 

Aquí conviene recordar una contraposición que la sociología rara vez explora, la que existe entre el colectivismo ideológico y la noción cristiana, especialmente católica, del libre albedrío. El pensamiento católico sitúa al individuo frente a Dios como ser moralmente responsable, capaz de elegir entre el bien y el mal. Esa concepción personalista, heredera del tomismo y reafirmada en la doctrina social de la Iglesia, actúa como límite natural a cualquier forma de totalitarismo. Allí donde el Estado pretende redimir al hombre, el cristianismo recuerda que la redención pertenece a la conciencia, no a la estructura. Frente al colectivismo que diluye la persona en la masa, el catolicismo sostiene su dignidad irreductible. 

Desde la sociología, puede decirse que el paso del ideal igualitario al totalitarismo responde a un mismo mecanismo social. La sacralización del poder colectivo. El Estado se erige en redentor de los oprimidos, y la crítica pasa a ser interpretada como herejía. Toda ideología que no admite la posibilidad del error está condenada a imponer la verdad por decreto. La política deja de ser deliberación y se convierte en liturgia. 

El contraste con la socialdemocracia es instructivo. Ésta aceptó la pluralidad como condición de la justicia. Su conquista no fue la revolución, sino la institucionalización del conflicto. Sindicatos, elecciones libres, Estado del bienestar, impuestos progresivos. Todo ello bajo la premisa de que el poder debe limitarse, no sacralizarse. Es precisamente ese límite el que diferencia la reforma de la imposición, la democracia del dogma. 

En última instancia, el análisis sociológico enseña que la deriva totalitaria de la izquierda radical no proviene sólo de sus ideas, sino de su estructura social y de su vacío espiritual. Las comunidades políticas necesitan símbolos de cohesión, pero cuando el símbolo se convierte en dogma, el pluralismo desaparece. La fraternidad impuesta genera uniformidad; la igualdad absoluta exige control total. Frente a ese riesgo, el principio católico del libre albedrío introduce una defensa profunda y recuerda que el hombre no se salva colectivamente, sino a través de su conciencia libre. 

La historia del siglo XX, desde las revoluciones traicionadas hasta los regímenes planificados, demuestra que el hombre pierde siempre cuando el poder promete hacerlo perfecto. Toda ideología que aspire a la salvación colectiva acaba devorando al individuo. El equilibrio entre igualdad y libertad no puede resolverse por decreto, sino mediante instituciones que limiten el poder, protejan la disidencia y mantengan viva la responsabilidad personal. La sociología lo confirma una y otra vez, y sin límites, el ideal se vuelve tiranía; sin pluralismo, la justicia se transforma en dogma. 

En la política, como en la vida, las mejores intenciones no garantizan los mejores resultados. La verdadera madurez democrática consiste en aceptar que la libertad es imperfecta, pero es la única que permite corregirse a sí misma. Allí donde se quiso construir el paraíso, sólo quedaron ruinas. 

 

 

 

 

Fernando M. Gracia Climent

Porque pienso que la humanidad no se divide en gente de derechas y gente de izquierdas, hombres y mujeres,... se divide en buenas y malas personas, escribo desde el corazón pero siempre usando la cabeza. Músico, lector compulsivo, historiófilo, proyecto de escritor, cinéfilo impenitente y Alférez de España.

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