( y II) Lugares de Madrid: El Museo Naval. Por Diego Pardos 

Lugares de Madrid: El Museo Naval ( y II)

«Quizá sus métodos puedan considerarse algo excesivos, pero vamos, chiquilladas al lado del sufrimiento del girasol bajo el efecto invernadero o el ordeño de la vaca»

 

Futuro Vegetal era por tanto una organización de armas tomar (no, nada tiene que ver doña Ana de Armas), dedicada a la muy loable tarea de fomentar la armonía del ser humano con la naturaleza y (según el dosier del CNI) “la desobediencia civil y (la) acción directa que lucha contra la Crisis Climática mediante la adopción de un sistema agroalimentario basado en plantas”. 

 

Quizá sus métodos puedan considerarse algo excesivos, pero vamos, chiquilladas al lado del sufrimiento del girasol bajo el efecto invernadero o el ordeño de la vaca. Defienden también la redistribución de tierras. Por ello, para denunciar su robo desde 1492 a sus legítimos propietarios y coincidiendo con el doce de octubre, el comando de la Vicky y la Luna (con apoyo logístico exterior) se introducirían en las salas del museo haciéndose pasar por graduadas en Bellas Artes, alumnas de un máster en restauración. Llevando consigo dos botes de pintura roja, la extenderían delicadamente sobre el infame cuadro titulado “Primer homenaje a Cristóbal Colón”, denunciando así el genocidio colonial. 

 

La tarde anterior, la secretario de Estado para la Seguridad ya había informado telefónicamente a su jefe, pues éste se encontraba paseando por el barrio de Chueca. Marlasca se iba imaginando los titulares de la prensa: “El ministerio de Interior desarticula una célula vegetal dispuesta a atentar contra el museo Naval”. O este otro: “Detenidas dos activistas ultras gracias al ministro Grande-Marlaska. La operación se ha llevado en secreto y ha evitado daños irreparables en nuestro patrimonio histórico-artístico”. O acaso el siguiente: “La detención de las terroristas ha corrido a cargo del Cuerpo Nacional de Policía, si bien el trabajo de campo ha sido realizado por un grupo de operaciones especiales cuya identidad no puede ser revelada”. 

 

Con todo lo anterior, grande (y nunca mejor dicho) fue la sorpresa en el Gobierno cuando don Fernando fue sabedor del hecho terrible, ante la mirada incrédula de Robles y el gesto indiferente de Sánchez. No podía entenderse cómo había fallado el dispositivo. En el mismo momento en que el carnero de la Legión pasaba con brío frente a la tribuna de autoridades, la Policía irrumpía en el Museo Naval para detener a las miembras de Futuro Vegetal. Pero el daño ya estaba hecho pues Luna y Vicky, Vicky y Luna habían arrojado la pintura al cuadro de Garnelo, poniendo todo hecho un asco. 

 

Gran chapuza, gran fiasco, gran vergüenza. Los periodistas (en especial la chinche de Ketty Garat) se cebaron a gusto con el Gobierno poniendo en duda nada menos que la seguridad del Estado. Con ello, todo hay que decirlo, se quitó importancia a los abucheos contra el presidente y se pasó de puntillas la ausencia de su señora en el tradicional besamanos del Palacio Real. 

 

El acto concluyó con el desfile de unas lanchas de la Cruz Roja y otros organismos que levantaron pasiones entre un público fervoroso, entregado a la causa patriótica. A esa hora, los técnicos de intervención aeroespacial de la TIA seguían su tarea de vigilancia, enlazados por radioteléfono con el conserje de Amador de los Ríos, 7. Los agentes habían sido elegidos minuciosamente: eran hombres grises, el promedio de varón español, con un parecido físico a Juanjo Menéndez o José Luis Ozores. 

 

Tal era el fracaso, que la propia número dos de Interior se presentó en el despacho para contactar con el superintendente de la TIA que, montando en cólera, se plantó en el lugar de los hechos. 

 

-No lo entiendo, doña Aina -se justificó-, ni siquiera veo a mis técnicos… claro que al ser expertos en el camuflaje y el enmascaramiento se hacen indetectables. 

-Indeseables, diría yo, además de unos inútiles -espetó la secretario. 

-Tiene que haber una explicación, señora Calvo. 

-Vicente, usted me había asegurado… Ni que decir tiene que espero nos devuelva los sobres con el dinero en efectivo. 

-La ruina, esto es la ruina y el descrédito de mi agencia -se lamentaba el pobre hombre mientras marcaba el teléfono del agente Pi, responsable máximo del equipo. 

-¿Dónde se meten ustedes? 

-Sin novedad, señor superintendente. El museo está en calma. Me encuentro en el bar “El Frutal”, en los bajos del hotel Pío XII. 

-Déjese de frutas y no se mueva de allí hasta que yo llegue. 

 

En efecto, la mañana era pacífica en el barrio de Castilla. El agente Mortadelo, disfrazado de farola, sólo había detectado la entrada de la señora de la limpieza en el número 46 de la calle, además de la salida de dos curas con sotana y birrete. Tan en calma estaba todo que pudo dedicarse a escribir poesías. 

 

-Mira, mamá -le dijo un niño a su progenitora-: una farola con gafas que habla. 

-No digas tontadas, Miguelito; o te quedas sin chocolate con churros. 

-Pero el chaval, que no era sordo, bien oía el precioso poema: 

 

Como me gusta la fruta 

hoy almuerzo en El Frutal, 

unas chistorras con uva 

y hasta un sándwich vegetal. 

 

Pero no era precisamente fruta lo que estaba arreándose Filemón Pi entre pecho y espalda cuando entró Vicente en el bar. 

 

-Así me gusta, sí señor, que se cuide usted -comentó con sorna al ver el plato de huevos con tocino y la botella de tintorro. 

-Desde esta mesa se controla el museo, así que no hay problema, señor Súper. Además, Mortadelo está en la calle. Acaba de hacerme el relevo. 

 

Contra su costumbre y rendido, el superintendente se sentó en la silla. 

-Y dígame, Filemón, ¿no les indiqué claramente qué edificio debían vigilar? (El jefe de equipo echó un trago de vino antes de contestar.) 

-Qué cosas tiene, Súper. La Luna y la Vicky tienen planeado atacar las obras de arte del Museo Papal. Por eso estamos aquí, vigilando la Nunciatura Apostólica. (Tras un silencio espeso que aprovechó el agente para untar el pan en la yema…) 

-Levanten la vigilancia, se ha suspendido la operación. Pueden coger dos semanitas de vacaciones. 

-Me deja de piedra, don Vicente. Por cierto, los almuerzos los cargamos de todos modos a la agencia… 

-Pasen el tique a Ofelia. Y aprovechen el tiempo libre para visitar el Museo Naval. Tiene grandes cuadros dignos de ver. Y la entrada es gratuita. 

 

El otrora influyente superintendente de la TIA salió de “El Frutal” abatido. Echó a andar despacio en dirección a la calle de los Caídos de la División Azul. Iba cavilando. Era ya la hora de jubilarse y de bajar la persiana de la empresa. Dentro de quince días, los agentes Mortadelo y Filemón se apuntarían a la creciente lista del paro. Al menos les quedó la satisfacción de haber evitado ese atentado temible contra el Museo Papal de Madrid. 

 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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