
«Reflexiones sobre el trabajo, la memoria, y el olvido social de quienes más han vivido en una civilización que olvida a sus mayores mientras idolatra la riqueza»
No me extraña que en España la gente se decante por votar personas de una moral bastante rara, sobre todo en lo que atañe a la izquierda en general. Parece que aquí, todo el mundo es feliz si puede ser potentado y tener “pasta”. Lo de trabajar, como un robot, sin miedo al cansancio y al desmayo, parece solo de película de ciencia ficción. Desafortunadamente para mí, siempre he sido un trabajador incansable, más por buscar la satisfacción personal que por cualquier otra razón. Lo siento, ya sé que esto molesta a algunos, pero ¡me gusta trabajar! El día de mi jubilación, solo me obsesionaba no saber que hacer al día siguiente, día en el que ya no tendría obligación de madrugar, ni de acudir a mi empresa. Reconozco que lo pasé muy mal la primera semana, se me hizo larguísima y aburrida. Decidí entonces que, si no trabajaba para otros, mi destino sería trabajar para mí. Así lo hice y me puse a escribir novelas y artículos para la Paseata, revista electrónica de mi gran amigo Manuel Artero, ex compañero de Televisión Española, con el que no había trabajado antes. Manuel, había leído la novela Esclavo Siglo XXI; al parecer debió gustarle. Tras escribir varios temas para su revista electrónica, llevo ya mucho tiempo colaborando con esa publicación, me sentí integrado en el proyecto y así llevo ya varios años.
Hoy quisiera hablarles sobre la paulatina pérdida de memoria, o ya sea por inicio de vejez o por no prestar atención a las cosas, bastantes veces por aburrimiento. Creo que esto es algo bastante natural, porque la capacidad de asombro se va perdiendo con la edad. Salvo la muerte en guerras, sobre todo de niños, y las muertes por enfermedad o pandemias parece que no hay nada que mueva a las nuevas generaciones a ser empáticos en sus relaciones con desconocidos, salvo excepciones, cada cual solo busca en el otro su interés. Y es que sí, hemos creado entre todos una civilización en el primer mundo, que pone todo, e insisto todo, sobre el interés hacia los demás seres humanos. Digamos que en cierta manera se les desprecia. No a todos, solo se desprecia a los que no pueden seguir el ritmo de la vida impuesta.
Ya no se concibe, como antaño que los mayores se acerquen a contemplar el trabajo en las obras, que simplemente se sienten en un banco del parque a ver a los gorriones, o a dormitar sentados a la sombra de un árbol. Es como si esas personas, casi siempre ajenas a nuestra propia familia, ya no importaran nada de nada. Acerca de esto, debiéramos apelar al interés monetario y darles el valor que tienen, porque puede que ya no trabajen, pero siguen contribuyendo, en la medida de sus posibilidades a la economía del país, y por ende al sostenimiento de la sociedad que también conforman.
Salvo pérdidas importantes cerebrales, su bagaje de experiencia, si no de conocimientos, es bastante poco superable, ochenta años de experiencia ya los quisieran tener en muchas empresas. Aparte de la actitud colaboradora con los demás, que la tienen, salvo excepciones, poco más se les puede pedir. De hecho, esto es lo que se les ha pedido siempre a los mayores de sesenta años en sus charlas a los nietos. Esos niños a los que cada día pueden educar menos sus padres y mucho más sus abuelos. De hecho, en África ser mamá o papá es un título en sí mismo, tanto un padre como una madre son respetados al extremo. Pero puedo decir, acerca de los realmente viejos en esos lugares, que se les respeta, en esos lugares, tener más de cuarenta años es adentrarse “serenamente en la vejez”. Estas personas son realmente valoradas por los conocimientos que han adquirido a lo largo de sus vidas. Es por todo esto por lo que empezaba diciendo básicamente, que hemos perdido el respeto por lo que genera unidad, amor y conocimiento humano y lo hemos sustituido, por el deseo de tener dinero, a ser posible mucho más que los demás. Es por todo esto por lo que las sociedades del primer mundo desentonamos bastante como seres humanos. Vamos perdiendo los valores que nos hicieron humanos. Básicamente y es lo que quería decir, deberíamos redirigir nuestros esfuerzos en transmitir experiencia, entendimiento y amor a los más jóvenes, tal como hacían nuestros hombres prehistóricos.

