
«Pedro Sánchez ante la comisión de investigación: negaciones increíbles, respuestas inverosímiles y una caradura que desafía toda lógica democrática»
La caradura de nuestro —por desgracia— presidente del Gobierno es de antología. Lo digo por si alguien aún no se ha dado cuenta. Si los españoles no fuéramos tan fácilmente convencibles, en términos generales, por trileros y jetas, no aceptaríamos ni uno solo de los desconocimientos argumentados por Pedro Sánchez en la comisión de investigación por la que ha pasado.
Como por una nube, ha sobrevolado las mentes de sus interrogadores, sobre todo por la candidez de muchos de ellos. Porque, desde luego, los desconocimientos expresados por el investigado no son ni medio creíbles. Dada su posición, muchas de estas negaciones resultan increíbles. Aunque también es posible que, como dice, no esté enterado de nada. Puede que no tenga conocimiento —lo cual resulta poco creíble— ni de lo que ocurrió entre algunos de sus ministros en el Gobierno, ni tampoco de lo que sucede en la estructura y finanzas de su partido.
Bien, si es así, lo único decente que puede hacer, con tal desconocimiento, es dimitir por incompetente. El país que dirige —si no personalmente, sí con el asesoramiento e información que le proporcionan sus ministros y personas de confianza— merece respeto y debe ser gobernado por alguien que también lo merezca.
Un presidente del Gobierno debe saber todo lo que atañe a su país. Si lo sabe, bien. Pero si no lo sabe y toma a broma todo lo que no sea él mismo, parece imposible que quiera seguir en la presidencia. No demuestra tener el más mínimo don de credibilidad, ni capacidad de organización y mando.
Cuando cualquier currito español ha de cumplir las normas del trabajo que realiza, intuimos que, del mismo modo, al presidente del país deberían exigírsele unos mínimos mecanismos de control sobre sus ministros y ministerios, así como sobre sus personas de confianza. Asuntos que son de su absoluta competencia.
Sin embargo, la situación actual que se vive en España presenta desafíos significativos de cara a las próximas elecciones del año 2026. Es imposible saber cómo reaccionarán los millones de votantes españoles, pero es de esperar que quienes votan al Partido Socialista lo sigan haciendo, porque la mayor parte de los votantes de los partidos son erre que erre.
Si en el PSOE no hay unas nuevas primarias, volveremos a tener como candidato a un personaje tan poco fiable —por mentiroso e histriónico— como Sánchez. Se ríe el tipo de tirios y troyanos, y hasta que alguien no se ría de él, tomándolo por payaso, seguirá cabalgando sobre las chepas de sus rivales políticos.
Es bastante creíble que esta situación se haya producido en la actualidad, en la que el nivel medio intelectual de una parte de los españoles es casi plano. Hay asuntos que, me atrevo a decir, están fuera del conocimiento de la gran mayoría, pero hay otros que no, y que una mayoría de votantes no va a asumir como gracia.
Puede que en el día a día de cada cual un poco de broma, chanza y gracia sean deseables, pero no en quien tiene el deber de regir el destino de una nación y de sus habitantes. En este caso, no cabe ni una gracia, por muy gracioso que pueda creerse el candidato a clown.
Sus votantes —o no votantes— merecen un mínimo respeto y ser tratados como personas importantes, cada uno en su puesto en la sociedad. Reírse de todos y de la gente que te ha aupado al cargo, desde la inmunidad de un alto puesto, no solo es inmoral, sino que resulta indeseable y de mala ralea.
Es por todo esto por lo que comenzaba este texto diciendo que la caradura de nuestro —por desgracia— presidente del Gobierno es de antología. Lo digo por si alguien aún no se ha dado cuenta. Si los españoles no fuéramos tan fácilmente convencibles, en términos generales, por trileros y jetas, no aceptaríamos ni uno solo de los desconocimientos argumentados por Pedro Sánchez en la comisión de investigación por la que ha pasado. Como por una nube, ha sobrevolado las mentes de sus interrogadores, sobre todo por la candidez de muchos de ellos. Porque, desde luego, los desconocimientos expresados por el investigado no son ni medio creíbles.
