Auge y caída del Dioni. Por Diego Pardos 

Auge y caída del Dioni.

 «Cuando don Dionisio Rodríguez Martín huyó con el furgón blindado que custodiaba en aquel lejano día del año de 1989 se iniciaba una épica historia del bandolerismo contemporáneo»

A mí la foto de El Dioni que sacó este lunes el diario El Mundo me parece que es la de un Robert de Niro que hiciera el papel de su vida en una película de Santiago Segura. Y quizá lo sea, quizá obedezca a la imagen del millonario actor, activista antitrump (me entero ahora que también desde las filas republicanas existe el Stop Trump movement), que no se decidiera a salir en la prensa española con su verdadera identidad, no le vaya a suceder lo mismo que a Richard Gere, otro progre que se dejó seducir por los encantos de España y cayó en las garras de su Agencia Tributaria, esa femme fatal. Se ve que ellos son más de Nueva York, que ahora estrena alcalde musulmán, y prefieren un café en vaso de cartón por Central Park al chocolate con churros de San Ginés. Allá ellos. 

 

Por la entrevista que le hace Iñako Díaz-Guerra al Dioni uno se entera de muchas cosas. Por ejemplo que en la cárcel de Alcalá-Meco le limpiaba los langostinos a Mario Conde. No sé si creérmelo, porque no veo yo al famoso banquero devorando el decápodo crustáceo, que es manjar del movimiento obrero a tenor de las últimas costumbres del sindicalismo de clase. Cuando a don Dionisio Rodríguez Martín le “dio un yuyu, un arrebato, (un) yo qué sé” y huyó con el furgón blindado que custodiaba en aquel lejano día del año de 1989 se iniciaba una épica historia del bandolerismo contemporáneo (“yo soy un buen tío que metió la pata, pero no un corrupto ni un hijoputa”).

«Soy un buen tío que metió la pata…»

Dice el Dioni que se llevó los millones (de pesetas) pero que dejó 40 para pagar las nóminas de los empleados del Banco Hispano Americano. Y birló los restantes 298 como el Robin Hood ese, porque para el caso ya estaban asegurados por la Unión y el Fénix, de la que era presidente precisamente don Mario Conde. 

 

La historia de la literatura española se inaugura con la epopeya del Cantar de Mio Cid; cuenta desde el anonimato las hazañas de un Lázaro de Tormes que da pie a la picaresca inaugurada con el Guzmán de Alfarache; gracias a la pluma de nuestro señor don Francisco de Quevedo tenemos noticia del Buscón llamado don Pablos, “insensible y amoral, alegremente cínico”, como lo califica Ángel del Río. En el siglo XX, desde la lírica, Federico García Lorca escribirá su elegía al torero Sánchez Mejías. Y el cantante Joaquín Sabina, que no iba a ser menos, le compuso al Dioni una alegre canción titulada “Con un par”, que es lo que había que tener para cambiar su piso de la avenida de Oporto por Río de Janeiro,  Barra de Tijuca, La chica de Ipanema y el Scala. Y a fundirse a la velocidad del rayo los tres milloncejos que asegura que se llevó a Brasil, en compañía de tres señoritas de alterne, a una por millón, “porque las mulatas cuando son de bandera -Sabina dixit– confunden el corazón con la billetera”. (Les remito a la entrevista, no vayamos a pensar que conozco de primera mano estos selectos ambientes de ultramar.) 

 

Volvemos a don Joaquín, pues el bardo de Úbeda propuso levantarle “un busto en plena Gran Vía, a cargo popular. Y una placa que diría Al Dioni, con un par”. Y todo el mundo asentía. 

Joaquín Sabina y el Dioni

Si hemos de creer al célebre prófugo y presidiario, en su época anterior a vigilante de caudales ocupó más altas responsabilidades como guardaespaldas de la llamada jet set. Resentido, ese cambio de destino le hizo perder los nervios y por eso perdió también la cabeza y se llevó la pasta del furgón. Dice que se pasó años “combatiendo a grupos terroristas como GRAPO, ETA o Terra Lliure” por 250 000 pesetas al mes, que sería más del doble de lo que ganaba cualquier guardia civil. Ignoro de qué manera se jugaba la vida el Dioni y a quién protegía, pero uno se quiere imaginar que vigilaba la tranquilidad de los almuerzos en Zalacaín, la intimidad en los reservados del Jockey o las inmediaciones de algún chalé por El Viso, soñando con esa vidorra que se daría más tarde por los caprichos de ese “destino chungo, cruel y canalla, (que) te da champán y después cazalla”; y que duró, ay, como los amores eternos, “lo que dura un corto invierno”. 

 

Un bocata con lima te llevaré 

con esta salsita encima a Carabanchel… 

 

Tampoco era para tanto. Yo hubiera dejado al Dioni a su aire en el Brasil. Pues “total, lo del banco sin un mal tiro”, sin un susto; por unos milloncejos de nada que robó “por necesidad” no hacía falta, creo yo, movilizar a la interpól. Pero una vez en la cárcel, lo que es imperdonable es que jugara al Monopoly con etarras mientras bromeaban, porque una cosa es el humor negro, como los chistes de terroristas que dibujaba Summers y otra el compadreo “con la escoria de España”. Espero que hasta eso sea una exageración. 

 

Con lo que se trincaba y se afana en España es inevitable que este buen hombre, este pillo, este héroe de escopeta con tapón de corcho, que se hizo un nombre y “era alguien en el ámbito de la seguridad” levantara admiraciones de barra de bar. Menos mal que el año del golpe todavía no se había rodado “El guardaespaldas”, porque no sé qué hubiera sido de Dionisio Rodríguez creyéndose el Kevin Costner del Madrid del pelotazo y la lujuria. Si yo fuera Rebeca Argudo le dedicaría la contraportada del ABC para mis siete pecados capitales. Porque seguro que el Dioni, a estas alturas, guarda en su silencio algún escándalo. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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