
«Una reflexión sobre el desprecio contemporáneo hacia la estructura familiar tradicional y el olvido de sus fundamentos naturales y sociales»
Ayer vi en televisión a una señora que, a juzgar por sus palabras, parecía carecer de todo atisbo de intelecto, o al menos evidenciaba un cociente intelectual bajo mínimos: un nivel de setenta, por debajo de la media, no le habría sido ajeno. Hablaba sobre la familia, o más concretamente sobre el concepto de familia tradicional, denostando esa forma de agrupación humana como si se tratara de algo casi diabólico. Afirmaba que lo moderno hoy es aceptar la existencia de grupos familiares diversos, pues —según ella— nadie puede imponer un único modelo de familia.
Efectivamente, nadie puede imponer un concepto único de familia. Sin embargo, lo cierto es que, sin esta forma de agrupación humana, la continuidad de la especie sería imposible. El error radica en no considerar que lo normal —lo que se da en estado de naturaleza animal, al margen del contexto sexual y social de los seres humanos y su libre albedrío— es inamovible.
La propia agrupación que se forma con una hembra, un macho y su descendencia constituye, de hecho, una familia. Ello no impide que, en el futuro, sus miembros decidan permanecer juntos o disgregarse, incluso de forma violenta, debido a conflictos entre ellos. Se argumenta que esta concepción de familia responde al patriarcado, a la masculinidad o incluso al machismo, cuando en realidad este último no es una condición inherente al varón, sino una desviación presente solo en algunos individuos.
Evidentemente, cuando hablamos de mamíferos, las agrupaciones familiares están establecidas desde tiempos inmemoriales en la historia de la humanidad. ¿Y por qué? Pues porque así es. No porque los “ultraderechistas” lo enarbolen como bandera para subyugar a los demás —no—; de hecho, considerarlo así es una necedad que denota un desconocimiento absoluto de la naturaleza humana.
En los albores de las agrupaciones de primates, lo habitual era que los machos se encargaran de proveer los recursos mediante la caza y de proteger a los miembros del grupo. Las hembras, por su parte, recolectaban alimentos vegetales en las cercanías de la guarida, ya que, al amamantar a las crías, no podían alejarse demasiado del lugar donde se establecía el hogar. Esto no significa, en modo alguno, que no existieran excepciones.
Que hoy las cosas puedan ser distintas no invalida la existencia de una estructura social que la naturaleza utilizó durante siglos por su eficacia y funcionalidad. Me inquieta pensar en la cantidad de nuevos individuos que, alejados de la formación, el interés y la cultura —que deberían ser la aspiración de todo ser humano—, emiten juicios y postulan ideas que no solo carecen de fundamento en la realidad, sino que además presumen de erudición. Si leen, no parecen comprender el significado de lo leído; aunque, lo más habitual, es que no lean o lo hagan muy poco. En consecuencia, no reflexionan con seriedad sobre muchos temas que atañen a las relaciones entre individuos de su especie, sean machos o hembras. Todo ello, por supuesto, al margen de sus tendencias heterosexuales, homosexuales o de cualquier otra índole que se adopten o inventen.
Lo más preocupante es que el nivel de los españoles en cuestiones de cierta trascendencia parece estar reservado a los más inteligentes y formados, que, desde luego, no constituyen la mayoría, ni siquiera entre los políticos. Por todo lo expuesto, es por lo que comencé este escrito diciendo que ayer vi en televisión a una señora que, a todas luces, carecía de intelecto o, al menos, evidenciaba un cociente intelectual alarmantemente bajo. Hablaba sobre la familia tradicional, denostando esa forma de agrupación humana como si se tratara de una aberración. Afirmaba que lo moderno es aceptar la diversidad de modelos familiares, pues nadie puede imponer uno solo. Y, aunque esto último es cierto, no lo es menos que, sin la familia como núcleo básico, la continuidad de la especie sería inviable. El error radica en no comprender que lo natural —lo que se da en el reino animal, al margen del libre albedrío humano— es, en esencia, inalterable.
