
«Los tres últimos monarcas de la Casa de Habsburgo en España precipitaron la decadencia del Imperio con su desinterés, su ineptitud y su desconocimiento ante los asuntos de gobierno»
Con la muerte de Felipe II (1527-1598) en cuyo reinado España se vio envuelta en numerosos conflictos, comienza en Europa un periodo de tranquilidad y transigencia entre las potencias europeas que, tras el agotamiento por los numerosos conflictos, no creen que la guerra sea la mejor solución para resolver los problemas originados fundamentalmente por cuestiones religiosas. Esta generación que podríamos llamar “pacifista del barroco”, está representada en España por el rey Felipe III (1598-1621).

El hijo de Felipe II y Ana de Austria (1549-1580) contaba con veinte años cuando ocupó el trono, dando muy pronto muestras de su débil carácter, incompetencia e inutilidad para gobernar. El poco interés por los asuntos de Estado le llevó a dejar todas las responsabilidades de la Corona en manos del que fuera su valido, Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja, el duque de Lerma (1553-1625).
El astuto e interesado duque supo rodearse de un grupo de personajes a los que otorgó amplios poderes. Con su consentimiento facilitó el cohecho, la corrupción de la Hacienda y la especulación de los cargos, lo que llevó a convertir la Administración del Estado casi en un mercado en el que todo era susceptible de ser vendido y comprado.
En cuanto a política interior, el hecho más significativo fue la expulsión de los moriscos en 1609 que se llevó en un primer momento en Valencia y más adelante en el resto del territorio español hasta el éxodo total; aproximadamente ciento cincuenta mil moriscos fueron expulsados. Las consecuencias económicas fueron relevantes, como en el caso de Valencia donde la pérdida de mano de obra agrícola, la más cualificada de toda España, causó graves pérdidas económicas.

Las relaciones con otros países, a excepción de Italia, llegarían a cierta cordialidad durante cierto tiempo; en el caso de Francia esa paz se materializó con el Tratado de Vervins en 1598 y con la política matrimonial, por un lado, con la unión de la infanta Ana de Austria (1601-1666) y Luis XIII de Francia (1601-1643) y por otro, el matrimonio del que sería más adelante Felipe IV (1605-1665) e Isabel de Borbón (1602-1644).
En cuanto a Inglaterra, se firmó en 1604 la Paz de Londres, en la que España renunció a intentar restaurar el catolicismo en Inglaterra y por su parte los ingleses se comprometieron a no intervenir en los Países Bajos, por lo que las Provincias Unidas de Holanda pasaron a ser un Estado independiente.
En Italia, los problemas se solucionarían más adelante, especialmente con la Casa de Saboya al invadir Carlos Manuel de Saboya el Milanesado; el conflicto acabó con la firma de la Paz de Pavía en 1617 con la mediación de Luis XIII de Francia. Se originó a su vez un conflicto con la República de Venecia donde en 1618 tuvo lugar la Conspiración de Venecia en la que estuvo involucrado el escritor Francisco de Quevedo (1580-1645), supuestamente ideada por los españoles para facilitar el paso de las tropas a la República, algo que no se puede asegurar que fuera inventada por los propios venecianos para eliminar a muchos extranjeros.
Los dominios españoles en el exterior aumentaron; en América se conquistó Nuevo México y el Valle de Arauco, en Asia, los reinos de Candy, Termate, Teidor y Pegu, en África las ciudades de Larache y Mamora y Pedro Fernández de Quirós (1565-1614) descubrió Australia, que recibiría este nombre en honor a la familia imperial europea.
A pesar de las conquistas en el exterior, en política interna la situación empeoraba, la Hacienda cada vez más arruinada y la población más pobre. Felipe III, ante las difíciles circunstancias ordenó examinar a fondo la situación financiera del país para buscar una solución. El Consejo de Castilla elaboró un informe con las causas de la ruinosa realidad del país, las conclusiones fueron claras, gastos innecesarios en empleados públicos, grandes tributos, la repartición de prebendas y un lujo desmesurado. El rey murió en 1621 sin haber hecho ninguna reforma en vías de arreglar la solución.

Su matrimonio con Margarita de Austria (1584-1611) le dio ocho hijos, el segundo de ellos, Felipe, le sucederá en el trono con el nombre de Felipe IV (1605-1665).
Durante la mitad del reinado del nuevo monarca los asuntos de gobierno recayeron en don Gaspar de Guzmán, duque de Olivares (1587-1645). Ante la situación vivida en el reinado anterior y el desprestigio del valido precedente, el nuevo “favorito” del rey, cuidó mucho su imagen rechazando sobornos y otras propuestas, aunque hábilmente situó a sus amigos y familiares en la Administración con el objeto de controlar todos los recursos influyentes del Estado, lo que unido a la enorme influencia que el valido ejercía sobre el monarca, le proporcionaría un enorme poder.
Una de las primeras reformas que llevaría a cabo Olivares fue la unificación de los distintos reinos del Estado español; para ello creó la Unión de Armas en la que cada reino debía contribuir, según su censo, con los soldados necesarios en las campañas que se emprendieran para la defensa común de la Monarquía.

Sin embargo, la idea del valido no pretendía tan solo una confederación de estados, sino un centralismo que se regiría por los criterios que impusiera Castilla, imponiendo una ley común que afianzara la autoridad del monarca; sin embargo, el proyecto provocó una fuerte oposición en Cataluña, Aragón y Portugal que veían amenazados sus propios fueros y privilegios.
La errónea política de Olivares traería consecuencias muy negativas para España, provocando la gran crisis del siglo XVII a partir de 1640. La peste, la subida de precios y el hambre provocarán el descontento de la población. En Cataluña se produjeron protestas por los altos tributos y la presencia de tropas castellanas, lo que provocó un violento levantamiento por parte de la burguesía y los campesinos, apoyados por el cardenal Richelieu (1585-1642), que muy astutamente aprovechaba los conflictos internos para debilitar al gobierno español.

El 7 de junio de 1640 se produjo el motín del Corpus de Sangre, en que bandas armadas entraron en Barcelona y se enfrentaron a la alta burguesía y la aristocracia, asesinando al conde de Santa Colona (1593-1640). Cataluña se declaró República independiente reconociendo como soberano al rey francés Luis XIII; Richelieu envió a la ciudad tropas, pero fue un fracaso.
Hasta 1659 se produjeron en Cataluña constantes luchas por su independencia, tanto contra Francia como contra la Corona española. Con la firma del Tratado de los Pirineos, se produjo una profunda crisis política en Cataluña que tuvo que ceder varios territorios a Francia, entre ellos el histórico y disputado Rosellón.
Este conflicto en Cataluña trajo graves consecuencias en el resto de la Península, Aragón Andalucía y las Provincias Vascongadas, aunque la situación fue más complicada en Portugal.
Seis meses después de los enfrentamientos en Cataluña, se produciría en Portugal el movimiento independentista. Los portugueses no veían con buenos ojos a los Habsburgo ya desde el reinado de Felipe III puesto que la decadencia ya iniciada en su mandato no les favorecía en absoluto, además, las riquezas provenientes de las colonias portuguesas se invertían en Castilla; por otra parte, los fuertes tributos impuestos por Olivares y la utilización de sus tropas para los conflictos internos que provocaba que las colonias estuvieran desatendidas militarmente, fueron motivos suficientes para el descontento y los levantamientos populares que ya se habían producido tiempo atrás; sin embargo, la ayuda de Francia e Inglaterra y su apoyo a las clases nobiliarias, facilitaría la rebelión final.

La intención del monarca Felipe IV tras la firma del Tratado de los Pirineos era arreglar los conflictos en Portugal, sin embargo, el monarca fracasó teniendo que ceder a Francia, además del citado Rosellón, Luxemburgo, Cerdeña, Artois y varias ciudades en Flandes. En 1668, ya fallecido el monarca, Portugal será reconocida como nación independiente. La política unificadora iniciada por los Reyes Católicos comenzaba a desmoronarse.
En cuanto a la política exterior, en el reinado de Felipe IV Europa estaba inmersa en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) el gran conflicto que enfrentó a los defensores del espíritu de la Contrarreforma y a los países protestantes, en este contexto, Olivares quiso retomar el enfrentamiento con Países Bajos en 1621 y aunque la conquista de la plaza de Breda supuso la recuperación del prestigio perdido, la hostilidad con los holandeses continuaba y se acentuaba en las colonias con la intervención de los mercaderes flamencos.

El desprestigio de España en Europa aumentaba paulatinamente; el ambicioso y poderoso ministro de Luis XIII, Richelieu, con su clara intención de situar a Francia como primera potencia europea, él fue el principal instigador contra España en este periodo. En 1635 Francia declara oficialmente la guerra a España y al imperio, sin embargo, la balanza se inclinó hacia el país vecino y los países protestantes. Tras la derrota española en Lens se firmó la Paz de Westfalia en 1648 que puso fin a la guerra.
La ruptura de las relaciones con Inglaterra también fue provocada por la política de Olivares, entre otras razones por su oposición al matrimonio ya concertado con el príncipe de Gales de la infanta doña María de Austria (1606-1646), hermana de Felipe IV.
A pesar de no haber sido considerado un gran gobernante, Felipe IV fue un hombre muy devoto y un gran mecenas de las artes, las letras y las ciencias. Incrementó notablemente el patrimonio de la colección real y ejerció un importante mecenazgo sobre escritores y pintores como Diego Velázquez (1599-1660). Durante este periodo tuvo lugar en España un época de esplendor a nivel artístico, cultural y literario que dejará huella en la historia de España, el Siglo de Oro.
Felipe IV falleció en el Alcázar de Madrid el 17 de septiembre de 1665. Le sucedió su hijo Carlos II al que llamaron “El Hechizado” (1661-1700).

Cuando murió el rey Felipe, su hijo contaba con tan solo cuatro años de edad, ocupando la regencia su madre Mariana de Austria (1634-1696). Carlos tuvo problemas de salud desde su nacimiento que le acompañarían toda su vida, lo que hizo que las cortes europeas pusieran sus ojos en la Corona española esperando que el enfermizo rey muriera, ya que no tuvo descendencia de ninguno de sus dos matrimonios, el primero de ellos con una sobrina del rey francés Luis XIV (1638-1715), conocido como el Rey Sol, matrimonio que pone de manifiesto el interés que tuvo el monarca galo en España.
Tras la Guerra de los Treinta Años en 1648, el ambicioso monarca francés se propuso recuperar los territorios de la antigua Galia, para lo que inició una “marcha sobre el Rhin” con intención de conquistar los territorios alemanes de Alsacia y Lorena, la república de Holanda, el Franco Condado y territorios españoles en Flandes.
Al cumplir catorce años, según había ordenado Felipe IV en su testamento, la madre debía cesar en sus funciones como regente, sin embargo, dada las dificultades de su hijo para gobernar continuaría en el gobierno junto al valido Fernando de Valenzuela (1636-1692) y el hermanastro del rey Juan José de Austria (1629-1679). Será Juan Francisco de la Cerda, duque de Medinaceli (1637-1691), que gozaba de gran prestigio, quien ocuparía el cargo de primer ministro a pesar de sus grandes diferencias con la reina.

Medinaceli propuso un plan para sanear la Hacienda que se encontraba en pésimo estado, pero los problemas de la burocracia, lenta y muy mal organizada, su mala relación con doña Mariana, los problemas con varios gremios en Madrid y una huelga en palacio le impidieron llevar a cabo un proyecto que parecía eficaz.
Tras su destitución, ocupó su cargo Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, conde de Oropesa (1641-1707), que fue igualmente víctima de las intrigas de la reina y de la segunda esposa de Carlos II, Mariana de Neoburgo (1667-17409 que se negaron a una importante reforma en la Administración.

En cuanto a política exterior, Oropesa negoció en 1680 la Liga de Ausburgo junto a otras potencias europeas para frenar las ambiciones expansionistas de Luis XIV en el continente; los focos principales de los enfrentamientos fueron Flandes y Cataluña. A pesar de pérdidas importantes para España, la guerra finalizó con la Paz de Ryswick en 1697, devolviendo Francia los territorios conquistados en Holanda, Flandes y Cataluña. Esta generosidad por parte del monarca francés tenía una clara explicación ya que lo que pretendía era el trono español para su nieto.
La muerte de Carlos II, planteaba un problema sucesorio al no haber tenido descendencia; dos eran los candidatos a la corona española, Luis XIV que la quería para su nieto Felipe de Anjou (1683-1746) y Leopoldo I de Austria (1640-1705) que lucharía para que recayera sobre su hijo el archiduque Carlos (1685-1740).

En España, ambos candidatos tenían sus partidarios; de una parte, el joven francés era apoyado por el cardenal Portocarrero (1635-1709) y el conde de Oropesa era partidario del austríaco. Se sucedieron numerosas intrigas y episodios desagradables hasta el punto de realizarle al débil Carlos un exorcismo, ya que afirmaron que había sido víctima de hechizos. Finalmente, Portocarrero consiguió del rey moribundo un testamento a favor de Felipe de Anjou.
El peligro que el equilibrio francés se rompiera a favor de la poderosa Francia llevó a las potencias europeas a luchar a favor de la causa austriaca lo que desencadenó la Guerra de Sucesión a la Corona Española entre 1702 y 1713. Tuvieron lugar numerosas campañas con victorias y derrotas por parte de ambos bandos, pero un hecho decisivo confirmó al candidato francés como futuro rey de España, la muerte del emperador José I (1678-1711), hijo de Leopoldo I, lo que convertía al archiduque en emperador.
Ante estos acontecimientos, ninguna potencia europea deseaba la unión de Austria y España, ya que esto hubiera resucitado el imperio de Carlos V. La paz de Utrecht-Radstadt en 1713 puso fin a la guerra y Felipe V fue reconocido como rey de España y de las Indias españolas renunciando a sus derechos al trono de Francia.
Comienza así una nueva etapa en la historia de España, con un cambio de dinastía, los Borbones, y una pérdida significativa de territorios europeos, dando lugar a un periodo de grandes cambios, interesante para abordar quizás más adelante.
Málaga, 2025

