(Y II) El 20-N del presidente. Por Diego Pardos 

(Y II) El 20-N del presidente.

«Me van a permitir que no entre ahora en mucho detalle, pero como sabrán ustedes el presidente ha suspendido la inauguración del Centro de la Memoria de Cuelgamuros y en breve se dirigirá al país»

 El veinte de noviembre amaneció frío en el Risco de la Nava. Algunas águilas reales sobrevolaban el valle, rasgando la vaporosa niebla con sus majestuosas alas. La pareja de la Guardia Civil, que llevaba su tradicional tricornio con barboquejo, uniforme de diario y el abrigo cruzado con botones dorados, cubierto con la gruesa capa y el fusil colgado del hombro, ofrecía una estampa como de una España desaparecida ya. Había hecho el relevo y permanecía frotándose las manos (a causa del frío) y custodiando la entrada, cuya verja todavía estaba cerrada. El más veterano engañaba el estómago fumando un cigarrillo, maldiciendo su poca previsión al no haber traído un termo con café. El vigilante nocturno, Camilo Teijeiro por más señas, natural de El Ferrol del Caudillo, bajaba por la cuesta dando voces, levantando los brazos al cielo y llamando a la Benemérita. Acababa de echarse al gaznate una miaja de orujo gallego para completar su matinal condumio, pero el motivo de semejante locura no era la bebida. Abrió aprisa la vetusta puerta, cuyos goznes chirriaban quejosos pues no habían sido engrasados desde hacía años y apremió a los guardiaciviles para que le acompañaran al interior del templo (perdón, lo que quiera que sea ahora). Allí, donde antes estaba el Altar Mayor, sobre el gélido suelo podían verse las lápidas de piedra, como si se hubieran borrado los últimos seis años. Y, como un milagro, el Cristo de Beobide. Los guardias se quitaron el sombrero, en señal de respeto; el ujier se santiguó y musitó un refrán en la lengua de su pueblo, tal vez una oración. Agachados, repasaron con los dedos las juntas selladas y las inscripciones: no había duda, ni rastro de manipulación, era como volver al pasado. 

 

Las novedades se trasladaron por conducto reglamentario. Tardaron una hora en avisar a la directora general, todavía en la cama y en pijama. Otra hora casi entre Interior y Presidencia, pues Marlasca creía que se trataba de un bulo, de una broma. Total, que cuando llegó la noticia a la habitación del presidente, éste ya se había duchado y se estaba vistiendo para el desayuno, que tomaría como de costumbre, leyendo la prensa extranjera. Los minutos siguientes fueron inenarrables: cientos de personas acudieron a Moncloa entre asesores, ministros, secretarios, escoltas, chóferes, altos funcionarios. El mismísimo Bolaños tuvo que desplazarse en helicóptero hasta Cuelgamuros y comprobar in situ la veracidad de los hechos y que no eran ninguna “inventada”: lamentablemente era cierto, las tumbas de José Antonio y de Francisco Franco estaban allí, intactas, como si de una pesadilla se tratara. 

 

-¿Con qué cara me presento yo ahora a Pedro? -se preguntaba el pobre Félix temblando y temiendo la cólera presidencial. 

 

Eran ya las diez de la mañana pasadas. Todo estaba listo para el gran acontecimiento que tendría lugar un par de horas más tarde. Aún así, las puertas del acceso al Valle de los Caídos permanecían cerradas por deseo de Pedro Sánchez. Desde Zarzuela se pedían explicaciones, sin éxito. Camilo Teijeiro llevaba ya entre pecho y espalda tres orujos más y estaba ensayando el Cara al Sol; el guardia más veterano, el del cigarrillo, mediaba ya el paquete de “Bisonte” y seguía acordándose del café; su compañero, visto lo visto, soñaba añorante con volver a sus servicios tranquilos en Galapagar, vigilando el descanso de Pablo Iglesias e Irene Montero. El presidente del gobierno ordenó comunicar a la opinión pública que se suspendían los fastos inaugurales previstos para hoy y que convocaba con carácter de urgencia un Consejo de Ministros extraordinario. 

 

A pesar del anuncio, las unidades móviles de las televisiones desplazadas hasta el Valle de los Caídos se agolpaban en la entrada, sin entender nada. Medio centenar de fachas exaltados, enarbolando banderas de España con el águila de San Juan y el Corazón de Jesús, se confundían con la prensa y se hacían fotos con el célebre locutor Javier García Isac, que hacía su programa en directo. 

 

-Como no abran la verja yo me voy a San Lorenzo a almorzar chocolate con churros -clamaba una señora, sin duda perteneciente a la fachosfera-, o un bocadillo de calamares. 

 

-Es que estos rojos no tienen seriedad ni para lo suyo -le respondía un jubilado nostálgico del Régimen. 

 

Pero allí no se movía una hoja. El Consejo de Ministros se estaba celebrando a esa hora. El presidente había cambiado su traje azul con pantalones pitillo por otro más sobrio, negro, y una camisa azul mahón. Expuesta la situación por el ministro de Justicia, pálido como la cera, se acordó que nadie del Gobierno podría huir en el Falcon como estaba planeado si la cosa se ponía fea. “No quiero protestas ni propuestas”, sentenció Sánchez antes de dirigirse a su despacho para grabar un mensaje a la ciudadanía que emitiría Televisión Española. 

 

La portavoz del Gobierno, visiblemente nerviosa, compareció ante los medios para leer un escueto comunicado: 

 

Me van a permitir que no entre ahora en mucho detalle, pero como sabrán ustedes el presidente ha suspendido la inauguración del Centro de la Memoria de Cuelgamuros y en breve se dirigirá al país para comunicarnos lo que tenga que decirnos. (“Pero, qué pasa, qué pasa” -se rumoreaba en la sala de prensa, mientras iban llegando camiones militares a la carretera de La Coruña con más banderas sacadas no se sabe de dónde.) Este gobierno -continuaba Pilar Alegría, en su empeño por la reconciliación de los españoles, aprovechando esta fecha ha tenido a bien aprobar un Real Decreto Ley por el cual se restituye la legalidad de las fundaciones “José Antonio Primo de Rivera” y “Blas Piñar”, así como la Fundación Nacional Francisco Franco, que en su día fueron injustamente ilegalizadas. 

 

En el mientras tanto, el guardia veterano iba por el segundo paquete de Bisonte y Camilo… bueno, mejor no hablar. La Caram, bien informada, volaba ya hacia Rosario (Argentina), adelantándose al cierre del aeropuerto de Barajas. Pedro Sánchez, despojado de su chaqueta, se disponía por fin a grabar el mensaje y para ello había hecho traer desde el Museo Naval y colgar detrás de su mesa el cuadro de Garnelo, ya restaurado. Miraba fijamente a la cámara; su voz era firme y paternal: 

 

Españoles todos… 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

Artículos recomendados

Deja un comentario