
En nuestro entorno más cercano se recurre con frecuencia a la oración de petición
Se hace patente el dicho popular de “acordarse de Santa Bárbara cuando truena”. Cuando las circunstancias no nos son propicias, o nos ronda la senectud y la enfermedad, tiramos de nuestro repertorio de peticiones a todos los santos de los que somos especialmente devotos. Se suceden las promesas y los arrepentimientos durante las etapas de crisis. Una vez solventadas estas, positiva o negativamente, guardamos nuestro contacto con el ser supremo (o sus delegados) hasta otra.
Estos pensamientos vinieron a mi mente durante una visita a un establecimiento en el que pasan parte de su vida alguno de los pertenecientes a mi “segmento” de población. En dichas instalaciones te encuentras, perfectamente atendidos, a algunos que compartieron parte de tu vida, de tus éxitos o de tus fracasos. En dichas residencias de mayores nos encontramos con una soledad compartida y muchas veces no deseada.
Ante esa realidad, me siento obligado a dar gracias a Dios por cuanto reciben aquellos que no tienen demasiada salud o una familia que les acompañe en esas benditas instalaciones. En segundo lugar se me plantea el agravio comparativo. Que suerte tengo. Pertenezco a una generación que ha visto crecer sus expectativas de vida de una forma extraordinaria. Además de vivir más años, lo hacemos con unas capacidades cognitivas o físicas bastante aceptables. No tenemos más que recordar la vejez prematura de nuestros abuelos o de nuestros padres. Nos parecían unos ancianos apenas llegada su edad de jubilación.
No tengo más remedio que dar muchas gracias a Dios por los avances de la medicina y del esfuerzo vital que nos ha permitido llegar a esta edad con capacidades impensables en anteriores generaciones. Salvo que hayas tenido una vida irregular o hayas sufrido un accidente, cuentas con capacidad suficiente para hacer una vida normal sin ningún tipo de dependencia. Muchos de mi generación seguimos haciendo deporte, caminando sin taca-taca, muletas o silla “motorizada”, salimos a comprar o alternar, nos seguimos formando y somos bastante independientes.
Consecuentemente, los pertenecientes al “segmento de plata”, aquellos niños de la posguerra que nos criamos en el año del “hambre”, tomamos leche y queso de la ayuda americana, o pasamos la adolescencia con bocadillos de mortadela y manteca “Flandes”, tenemos que dar muchas gracias a Dios por la suerte que hemos tenido de vivir en esta época, rodeados de nuestras familias y con una salud suficiente que nos permite afrontar el presente con alegría.
Del futuro… Dios dirá.
