
«El hábito nos recuerda la naturaleza angelical del culto, ya que, en los rituales, la túnica de altar simboliza las brillantes túnicas de los ángeles»
El hábito litúrgico es una prenda litúrgica principal que llevan no sólo los clérigos, sino también los servidores de la Iglesia, en particular los monaguillos, aunque también deberían llevarlo aquellos que sin ser los celebrantes dan la Comunión pues al hacerlo sin hábito rebajan la importancia y sobre todo la solemnidad de la ceremonia dado que podríamos llegar a pensar y preguntarnos erróneamente que porqué el sacerdote debe llevar hábito, y si podría dejar de llevarlo en la celebración actuando en ropa de calle.
En este sentido vaya mi admiración y respeto en este aspecto por nuestros hermanos ortodoxos y católicos de oriente, que mantienen una profunda seriedad espiritual envidiable en toda la ceremonia de la Santa Misa o Sagrada Liturgia.
El hábito litúrgico es un signo de auténtica reverencia, pureza y disposición para servir en el altar y deberían de llevarlo todos los que presten servicio al altar, aunque sea solo durante la Comunión. El hábito nos recuerda la naturaleza angelical del culto, ya que, en los rituales, la túnica de altar simboliza las brillantes túnicas de los ángeles.
Al llevarlo puesto, el monaguillo y los que dan la Comunión entran en el círculo simbólico de los ministros, llamados con especial atención, respeto y pureza de corazón para ayudar en la celebración de la Santa Misa o Divina Liturgia.
El hábito litúrgico también tiene una función práctica, ya que distingue al monaguillo de los demás feligreses, enfatizando su especial obediencia en el altar, que requiere disciplina, precisión y concentración interior.
Tanto en la Iglesia católica como en la Iglesia Ortodoxa, el uso de los colores tiene un significado simbólico y nos ayuda a enfatizar el contenido de ciertos servicios y festividades.

Aunque el conjunto exacto de colores puede variar en las diferentes iglesias locales, la tradición general es la siguiente:
– El blanco, símbolo de pureza, luz y Resurrección. Se utiliza en Pascua, Epifanía, Navidad y otras fiestas alegres.
– El amarillo-dorado, el color más común, que significa la gloria de Dios, la realeza y la alegría espiritual. Se puede ver en los días en los que no hay un color especial.
– El azul está dedicado a la Santísima Virgen María. Expresa la pureza celestial, la humildad y la gracia.
– El rojo burdeos es el color del martirio y el amor sacrificial. Se utiliza en las fiestas de los mártires, así como durante la Semana Santa y Pentecostés. También simboliza el fuego del Espíritu Santo.
– El verde es el color de la vida y la renovación. Se utiliza el Domingo de la Trinidad y en los días de los Santos, recordándonos el crecimiento espiritual y el ascetismo.
– El morado expresa arrepentimiento y humildad. Se utiliza durante los periodos de ayuno, especialmente durante la Gran Cuaresma.
– El negro se utiliza en los servicios religiosos de naturaleza particularmente penitencial, o en la tradición monástica como símbolo de renuncia al mundo.
Por lo tanto, el hábito litúrgico no es solo una prenda de vestir, sino además un signo de servicio espiritual y de pureza, y el sistema de colores de las vestimentas eclesiásticas ayuda a experimentar más profundamente el ciclo litúrgico y revela el significado simbólico de cada festividad o período.
Recordemos que el calendario litúrgico católico comprende los Tiempos Litúrgicos de Adviento (4 semanas), Navidad, Cuaresma (6 domingos/semanas + Semana Santa), Pascua (7 semanas + Pentecostés), y el extenso Tiempo Ordinario, que son las semanas restantes, divididas en dos periodos, sumando alrededor de 33-34 semanas en total, dedicadas a la vida y enseñanzas de Jesús, con el color verde como símbolo de esperanza.
Para terminar quisiera comentar y recordar con mis queridos amigos y hermanos en Cristo, el reciente encuentro de nuestro Papa con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla celebrando juntos el 1700 aniversario del Concilio de Nicea como símbolo de que aquella Iglesia Unida en la comunión podría y debería volver a serlo, curando definitivamente esa herida que hemos hecho en el Cuerpo Místico de Cristo con el cisma… A pesar de que, lamentablemente, no se difunda esta noticia relevante en todos los noticieros globales. Por ello invito a que, cada uno como mejor pueda, nos unamos en oración por la reunificación… que esa reunión sea un paso decidido para que volvamos a ser Una Iglesia, Santa Católica y Apostólica… lo digo con todo sentimiento y desde lo más profundo de mi corazón.
También creo que es preciso puntualizar que la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica… una rama es Romana y la otra Ortodoxa… en ambos casos todos Católicos, es decir universales… En tiempos tan extraordinarios en que ya se habla con seriedad de la reunificación, nosotros podemos poner nuestro granito de arena reconociendo que ambos somos Católicos: nosotros Romanos y ellos Ortodoxos…
Desde mi humilde opinión compartida con muchos, es que Roma retome el ritual tradicional, o al menos lo autorice para aquellos que así se sientan más cerca de Dios del mismo modo que no hay problema ninguno con las órdenes y congregaciones que mantienen o adoptan la liturgia bizantina, incluso sé de alguna orden monástica moderna, de 1959, que así lo hace en todo el mundo.
Un querido amigo argentino, con quien comparto este sueño también me comenta las dificultades para el regreso… , me comenta cómo él y su esposa participan del Coro Litúrgico de la Catedral porteña precisamente porque un joven director, y remarca lo de jovencísimo, había propuesto recoger todos los grandes y célebres clásicos de la música litúrgica, algo que a todos los feligreses le encantaba… y curiosamente era algo extraordinario… mientras toda la Iglesia romana pasa de esos textos y músicas inspiradas e inspiradoras, y los cambia por actualizaciones de música pop. Mi amigo me cuenta que al entonar esos clásicos, todos los participantes se emocionaban muchísimo, tanto coreutas como devotos asistentes… Se lamenta y me dice que considera una gran pena, casi un pecado, dejar que mueran esos clásicos y sobre todo los cantados en latín porque esos son los más «Católicos», lo que es lo mismo que universales, de todos. Es decir, los que se han cantado en todas las épocas, en todo el mundo y se conocen y al saberlos se puede participar con ellos sea donde y cuando sea que se vaya a la celebración de la Santa Misa o Sagrada Liturgia.

