La baliza democrática. Por Diego Pardos 

La baliza democrática.

 «La lumínica baliza es el regalo ideal para el paterfamilias porque ya no se lleva el frasco de Varón Dandy o Brummel»

 En tiempos, nuestros padres compraban unas fundas horribles para los asientos del R-12 o el R-14 con diseño de vacas o leopardos. Los más pudientes se agenciaban un radiocasete (gran lujo andante) susceptible de robo (“hurto de uso musical”, que diría un cursi del uso alternativo del derecho) o indebida apropiación por parte de un quinqui de poco pelaje. En estos radiocasetes se escuchaban las cintas de Manolo EscobarMarifé de Triana compradas en los bares de carretera y gasolinera, de carretera y manta. Digo esto elogiando el gusto y activando el cariño. 

 

Ahora no, ahora se estila la baliza, la baliza con motor 16 válvulas y navegador jepese con etiqueta eco total. La baliza es el juguetito que nos ha colado el comité de expertos de don Père Navarro, el regalo ideal para el paterfamilias porque ya no se lleva el frasco de Varón Dandy o Brummel. Le da un toque moderno y sofisticado a la par que cumple su función para la seguridad vial. ¿El negocio? Qué cosa es en comparación al hito fundacional y pionero de ser la primera sociedad a nivel planetario (que diría doña Leire Pajín) en obligar (notemos que no es lo mismo que aconsejar) a señalar luminiscentemente el punto de avería o accidente. En el productivo enjuague del aparato no sólo se lleva la pasta el espabilado que la inventó; también sacan su tanto por ciento el comerciante y su buen porcentaje el ministerio de Hacienda, cuyos millones de este modo servirán para parchear las atribuladas carreteras comarcales de la España olvidada. 

 

Tenemos a cuenta de la lumínica baliza también un motivo para los carnavales: el disfraz de hombre-baliza, que será la última imbecilidad para reírnos de la propia estupidez patria. Si viviera el gran Mortadelo sin duda se balizaría y si no se hubiera muerto Ussía, don Alfonso, podría inaugurar el año con el “Romance de la baliza”. En su lugar me permito dejar aquí esta modesta redondilla que así dice: 

 

Me ha llegado la baliza. 

Hay que ver lo que se inventa 

y lo que a unos pocos renta 

dar la turra y la paliza. 

 

Yo, como les he dicho, ya tengo la mía, comprada de oferta. Podría haber aprovechado para adquirir dos y pincharlas en el techo de mi automóvil porque “más vale que sobre, que no que falte”, como cantaba La Trinca. Aunque, convencido estoy, llegado el momento, o tendré gastadas las pilas o no sabré hacer funcionar el chisme de marras. 

 

Lo cierto es que he comprado la V-16 más bien por cobardía y comodidad. Me sabría muy mal que un policía de tráfico me extendiera una multa y tuviera que perder el tiempo y ganar un quebradero de cabeza para recurrir sin resultado favorable. Así que espero con ansia recibir la mercancía. La estrenaré al lado del árbol de Navidad porque con las lucecitas de colores quedará muy aparente el conjunto y le dará otro aire a los villancicos y a los polvorones y a los mantecados. 

 

Además, abundando en lo que hoy se conoce como “democrático”, es decir lo que está al alcance de todos los españoles (no crean ustedes que es la entrada para el teatro o la ópera, no me sean ilusos), la baliza V-16 es bien democrática pues tiene un precio asequible y lo mismo la porta el propietario del Ford Fiesta que el conductor del Porsche: en eso todos somos iguales; la baliza democrática homologada no admite elitismos ni marcas de postín. Es democrática porque puede timar tanto al rico como al pobre, al guapo o al feo, al hombre y a la mujer. 

 

No me convence sin embargo a mí esto de la democracia. Está muy bien que todos tengamos un pilotito de emergencia pero ello no resuelve el hecho de que unos gocen del Audi A-8 último modelo y otros sigan con su C-15. No hay derecho a que los primeros se paseen por la Gran Vía y los usuarios de la Citröen hayan de conformarse con el polígono industrial o el camino vecinal. Por eso yo, cuantos más ministerios de la igualdad, consejerías y concejalías pago más desigual me veo aunque, ese mal de muchos sea un consuelo de tontos, entre los que me hallo. 

 

Así que demos la bienvenida con la V-16 al nuevo año. Propongo para ello que tras las uvas y las campanadas cambiemos los cohetes y los petardos por el encendido simultáneo de nuestras balizas. Al menos de este modo podremos amortizar su precio antes de que -no se extrañen ustedes- dentro de unos meses deroguen la medida y nos salgan con una nueva ocurrencia que llevará aparejado, sin ninguna duda, el pasar por caja. 

 

 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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