
“La vida me ha cambiado en un segundo extraño, demasiado ruido, demasiado impacto”. (“Breaking Bad”. Leiva).
En este tiempo extraño que es la madurez, en el que los cambios sobrevienen de la noche a la mañana en el ámbito puramente físico, me he dado cuenta, tarde pero consistentemente, de que no existen las verdades absolutas. Es cierto que, con la experiencia, te vas dando cuenta de estas cosas, pero yo pensaba que, mediada ya la cincuentena, el terreno puramente emocional e incluso el intelectual llegaban a un valle, deseablemente verde y cálido, después de subir y bajar tanta montaña.
He de decir que hasta los cincuenta, más o menos, todo ha sido muy estándar, tal como cabría esperar de alguien que se ha dedicado básicamente a subir un cierre y meterse entre cuatro paredes seis días a la semana durante casi treinta años. Esa monotonía sorda que, sin embargo, te va llevando a marchitarte anímicamente, ante la imposibilidad de evolución y que me ha llegado a obsesionar, ante la perspectiva de los años venideros, subiendo ese puto cierre día tras día, como en una de esas cárceles que cada uno llevamos a las espaldas, sin barrotes pero igual de inexpugnables que Alcatraz o Sing Sing. Ese peso emocional, como la bola encadenada al tobillo de los presos de los dibujos animados.
Es verdad que cada uno, como ya he dicho, creamos nuestras propias cárceles, que normalmente se sustentan en el impacto emocional que abandonarlas ocasionaría no ya en nosotros, sino en los que nos rodean. Esa carga emocional es la que, realmente, nos mantiene en esas celdas, a veces irremediablemente, como una sentencia a prisión permanente revisable.
No soy dado a gastar dinero en terapeutas. Soy de esos que, a pesar de la demostración empírica del fracaso repetido de tal idea, creen que lo que está en tu cabeza ha de resolverse desde dentro. Por eso abuso de ustedes, que leen estos textos, no como lectores, sino como psicoanalistas. Como una rueda de prensa sin preguntas, que es algo tan absurdo y vacío como un mundo sin música, como un jardín sin flores o como un político sin corrupción; descargando en estas líneas el peso de la culpa, del remordimiento, de la estupefacción.
Mi culpa, en este caso, fue no querer defraudar. No querer ver la realidad, en una huida hacia delante que solo podía acabar en el precipicio, como Telma y Louise. Y fui tan cobarde, tan inánime, que solo la muerte solucionó el asunto. Como las cenizas de los incendios forestales, la muerte trajo vida, otorgándome la posibilidad de abrir mi reja, matando por fin a la criatura que mi padre había creado, a esa tienda que se convierte, sin que nos demos cuenta, en el miembro más exigente de la familia.
Más allá del ejemplo, demasiado personal, esto me ha llevado a entender, tarde pero a tiempo, que no debemos depositar el peso de la responsabilidad, de la obligación o de la solución en los demás. Somos, es cierto, seres sociales, pero hay que asumir que nuestros males no son culpa de otros, sino nuestra y solamente nuestra.
Nunca se está irremediablemente marchito. El camino no termina hasta que los 21 gramos de nuestra alma abandonan nuestro cuerpo. Puede que tampoco entonces. Pero en lo que a mí respecta, mi vida ha dado un giro de 180 grados en el momento en que uno ya podría pensar que esto no puede ocurrir.
No soy dado a dar consejos, mucho menos a aceptarlos, pero si les puedo dejar, si me lo permiten, una realidad empírica.
Nunca es tarde.
“Solo pretendo ser yo. Lo haré por una vez en la vida; estuve repitiéndomelo hasta sentirme un puto suicida. Sé que tenía razón, amante de las causas perdidas. Creías que sería el mejor, cuidado con las expectativas”. (“Breaking Bad”. Leiva).
