Mejunjes. Por Teresita Ávila

Cuando yo era pequeña y vivía en casa de mis padres, si mis hermanos o yo volcábamos un vaso encima del mantel o se nos caía un cuchillo, mi padre tronaba: «¡No hagáis groserías!».

Si mojábamos el pan en la salsa, gritaba: «¡No rebañéis los platos! ¡No hagáis mejunjes!».

Los cuadros modernos también eran, según mi padre, cochinadas y mejunjes; no los podía soportar.

Decía: «¡No sabéis comportaros en la mesa! ¡No se os puede llevar a ningún sitio!».

Y decía: «Si fuerais a una table d’hôte de Inglaterra, os echarían enseguida por hacer cochinadas».

Tenía en gran estima a Inglaterra. Consideraba que era el mayor ejemplo de civilización del mundo.

Natalia Grinzburg, Léxico familiar
Mejunjes. Tres hombres sentados a la mesa (El almuerzo). Diego Velázquez

«Nuestro tiempo se ha degradado hasta devenir en una pachorra atroz, en una galbana antiestética, retrógrada, que presagia lo peor»

Por estos senderos de las redes sociales que en vez de bifurcarse van a dar al mismo claro, doña Carmen Álvarez Vela se quejaba en X, antes Twitter (aquí)–y con razón– de que la ausencia de modales en la mesa se haya convertido en lo habitual entre los jovencitos y los más creciditos. Por entrar en materia, si buceamos un poco en las aguas de la etimología de la palabra, hallaremos el vínculo del latín vulgar con el francés, donde las manos tienen que ver mucho con el asunto [1]. La página consultada añade, asimismo, el dato del interés que mostró Erasmo de Rotterdam sobre la cuestión en su obra de 1530, «De civilitate morum puerilium» en referencia a cómo deberían comportarse los niños ante la presencia de adultos. No obstante, no es pretensión mía que el currículum aumente con la lectura obligatoria del Arte cisoria del Marqués de Villena. Ni tampoco fomentar la impartición de talleres de alguna escuela de protocolo para que los aspirantes a influencers tengan futuro en la organización de eventos o como wedding-planners.

Cada vez está más claro que la indolencia, la dejadez, le ha ganado el terreno a la energía. Todo requiere un esfuerzo enorme, un compromiso que muy pocos están dispuestos a ofrecer. Lo que de verdad produce aburrimiento es la comprobación indiscutible de que la abulia de nuestra Generación del 98, el hastío –cuyo origen fue el spleen de Baudelaire– se haya quedado pequeña en comparación con el bochornoso espectáculo que ofrece nuestro tiempo. Hoy se ha degradado hasta devenir en una pachorra atroz, en una galbana antiestética, retrógrada, que presagia lo peor. Como si se tratase de una epifanía, cuando visitamos un museo cualquiera en Madrid, o en cualquier otra ciudad española o europea, advertimos en propia carne que la belleza se ha batido en retirada del mundo. Los museos nos rescatan del triste espectáculo vital que nos tiene secuestrados, del que somos sus reos, a veces voluntariamente. Y que aquellos primores de lo vulgar –entendidos como los detalles en lo cotidiano, en los objetos útiles, en las costumbres– se nos escamotean por alguna razón.

Como buena observadora, el horror me atrapó hace escasas fechas por culpa de la visión fugaz de uno de esos programas de consumo –un reality que tiene por escenario un supuesto paraíso–, en el momento en el que los concursantes se arrojaron, literalmente, –igual que una piara al pesebre– sobre una paella, ofrecida a modo de supuesta recompensa por alguna prueba superada. La escena me ofendió tanto que protesté, me impuse y tomé el mando (de la televisión), al tiempo que peroré algo sobre ventanas de Overton. Y auguré toda suerte de males, reales o imposibles, quizá todos juntos, mezclados de la misma forma que lo acababan de hacer ante mi pasmo más absoluto personas y comida. Vi a los concursantes transformados en seres primitivos, desposeídos de su humana condición, en un distópico anticipo de El planeta de los simiosCaí en la cuenta de que era algo deliberado, un modelo de conducta. La primatización en estado puro. Fue esta una revelación incómoda y sombría que acabó con mi paciencia «en cero coma».

Aún revuelta, sacudida por las imágenes degradantes, donde se nos proyecta hacia un mundo tenebroso en el que privarnos de cualquier signo de distinción, de cultura que nos eleve –no digamos ya en el hablar o el escribir; o en las múltiples manifestaciones artísticas–, cavilé sobre la relación entre la manière y la costumbre de introducir las manos en lo ajeno. Ese hilo conductor, el vínculo existente en la ausencia de ética y estética, tan característico de nuestros días. Y comprendí las razones que esgrimen quienes hacen carrera en el patio de Monipodio, con aliño indumentario en forma de corbata o sin ella. Incluso aparentando poseer buenos modales o sin asomo de ellos. Ese apego a lo material que los caracteriza deja un rastro visible –como algo viscoso, una baba– que denota un alma sin finura, acartonada, insensible al bien. Como un indicio revelador que señalara al delincuente, atrapado con las manos en la masa.

NOTAS____

[1] Buenos se identifica en el latín bonus, por su parte modales es una variante para maneras, siendo esta última la más próxima de la referencia en el francés manière, sobre el latín vulgar *manaria, del latín manuarius asociado, según algunos especialistas, a manus, que indicaría las manos.

Etimología de Buenos Modales o Maneras – Origen de la Palabra

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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