
«El fracaso político actual es la desorganización personificada trasladada a la economía privada y esto produce desazón»
Intento entender a Pérez Reverte y su admiración por Pedro Sánchez y para ello busco y rebusco y hasta me releo a Ortega y Gasset.
El iluminado escritor decía que la sociedad se divide en gente que manda y gente que obedece. Los segundos a modo de homenaje admiramos a los elegidos y les permitimos que decidan. Supuestamente son los mejores en sus diferentes ámbitos, aunque la política sólo es una parte del «todo social», y si la obediencia implica docilidad ¿las sociedades más dóciles estarán mejor gobernadas?
Continúo: Solo los sublimes son capaces de generar hordas mientras son idealizados como arquetipos. Los ejemplarizantes generan en el resto un necesario espíritu de docilidad, sin embargo cuando esa minoría (aristocracia la llama Ortega) entra en depresión y degenera, se mezcla con el vulgo.
La tosca sociología tergiversa la realidad al dar a la plebe la categoría de minoría selecta, es decir, eleva a los peores a lo alto del cajón y estos otorgan reconocimiento a sus cabecillas. Y entonces esto sencillamente se transforma en decadencia social, o lo que es lo mismo, todo es vulgar.
Los vulgares se parapetan detrás de la ética y la jurisprudencia para dictaminar las nuevas reglas de la moralidad. Lo que los moralistas no saben es que con su afán reformista, solo podrán cambiar la sociedad parcialmente pues esta es más compleja que la política en si misma, por eso sus intentos siempre serán insuficientes. Su idea social es vana pues parte de base desde una premisa errónea. Alterando la moralidad desde el derecho no se logra la justicia social sino que lo que aflora es la enfermedad social.

Declarar como indebido aquello que no nos gusta es frívolo, ¿les suena? La frivolidad acostumbra a ser injusta y así no hay sociedad que resista. El progresismo, es decir, los moralistas, pretenden alterar la historia mediante acciones verdaderamente surrealistas que nos dejan perplejos. El mal siempre fue más imaginativo que el bien pues de lo contrario, no habría posibles alternativas en la gestión de nuestro destino, sin embargo, el afán por dictaminar «el deber ser» de las cosas, forma parte de una actitud viciosa. Progresistas, radicales, liberales y demócratas pretenden operar mágicamente sobre la historia, la cual precisamente ni nos hace mejores ni nos otorga derechos, solo nos aporta recuerdos, por eso la intentan reescribir para alterar los cánones de la nueva moralidad.
El fracaso político actual es la desorganización personificada trasladada a la economía privada y esto produce desazón. Todo se torna angustioso y desesperado y es en estas circunstancias cuando la sensibilidad colectiva logra que se comience una nueva etapa histórica.
Total: que comprendo a Pérez reverte y su admiración filosofal por el autócrata, una vez reinterpretados sus enrevesados pensamientos desde la óptica del maestro Ortega aunque, lo que me cuesta un mundo, es que lo manifieste en el programa de Pablo Motos donde lo importante para la gente importante, es decir, su audiencia (la plebe obediente), es saber contestar a la pregunta, ¿Sabe usted lo que quiero?

