Por otro viejo año nuevo. Por Francisco Gómez Valencia

Por otro viejo año nuevo.

«Mi reloj me infunde miedo, me recorta libertad y hasta derechos, sin duda será progresista porque continúa ahí fiscalizando mi tiempo, ese que se nos acaba hoy para seguir mañana»

Tengo un reloj que me indica los pasos que hago al día, los latidos que mi corazón ejecuta con autonomía, las calorías que mi organismo quema al estar quemándose, el porcentaje de oxígeno en mi sangre y hasta la tensión arterial actualizada. Me avisa cuando algo falla según los parámetros que yo mismo le indico, me recuerda que me mueva, que me levante y hasta que no me pare. Me dice cuanto me agito para que me calme y me felicita hasta por hacerlo del mismo modo que me regaña de no hacerlo o sea que se preocupa por mi estrés. Me da la hora, el mes, el año y hasta vibra a veces sin consentimiento solo para que le preste atención. Leo mensajes a través de él y hablo con otras personas que no son él mirándole de reojo para procurar parecer menos tonto yendo a mano alzada por la calle llegado el caso. Me dice el tiempo que hace y hasta el que también hizo que dejé de hacerle caso en caso de no moverme, también me resume mi actividad diaria y hasta tiene soniquete. Me calcula los esfuerzos, me geolocaliza a todas horas para que me encuentren si es necesario, me ofrece ejercicios y hasta me explica como realizarlos, es un sabiondo y chino para más señas pero no es amarillo sino negro, de silicona para más señas. 

Estoy enganchado a él y el a mí y mis prolongaciones pues de mí depende que él siga vivo, y de Red Eléctrica, y de mi teléfono móvil y de mis ganitas de verlo pletórico de energía,  la misma que me mide y registra para después escudriñar mis avatares sacando estadísticas para criticar mis escaqueos. Es un chivato capaz de avisar al más pintado en caso de que la humanidad falle aunque no sé si esto será verdad, de hecho no quisiera saberlo jamás y de funcionar dicha función sin yo dar fe, mejor será que lo vendan o regalen después a otro impostor, pues cuando mejor me encuentro es cuando se detiene pese a haberme avisado previamente varias veces, porque se le acaba su miserable  pilita y con ello, se consume su energía finalizando temporalmente su vitalidad controladora. Mi reloj me infunde miedo, me recorta libertad y hasta derechos, sin duda será progresista de lo contrario no me recordaría a cada cuanto que continúa ahí fiscalizando mi tiempo, ese que se nos acaba hoy para seguir mañana.

Creo que llegado el momento hasta celebraré sin él, el cambio de año. Le abandonaré unos instantes mientras recarga su infame existencia inmerso en sus propios jugos, allá por la mesilla. 

¡Allá penas… allende los sistemas de instrumentalización impuestos al ser humano por y para el miedo! Miedo a dejar de sentirlo al menos durante ese instante en que todos fingimos perder la vil consciencia o la vergüenza de ver lo que somos y en lo que nos hemos convertido, mientras brindamos con los extraños de siempre por otro viejo año nuevo.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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