La pancarta que no cesa. Por Diego Pardos  

La pancarta que no cesa.

«No me gustan esas pancartas que no cesan, y no me gusta que la hierba crezca a su aire. Para eso me voy al campo»

 Parece ser que los jardineros municipales de la ciudad de Vitoria llevan ni se sabe en huelga. Le montaron un motín a la alcaldesa, doña Maider Etxebarria García, que es mujer, madre y socialista y están las praderas y los prados, las plantas y los árboles que dan pena: la yerba seca, los alcorques rabiosos, los paseos tristes y las campas de Olárizu y de Armentia como un rastrojo. 

 

El ciudadano alavés paga sus impuestos resignadamente y como es cortés no pone el grito en el cielo. Y si lo pone, los regidores no lo tienen en cuenta a pesar de que su European Green Capital ha pasado a ser Basque Yellow Capital. Hasta el lehendakari Pradales tiene que soportar esta dejadez, aunque disfrute de sus cuidados jardines en Ajuria Enea y goce, de paso, con las vistas de los de Augustin Enea, ahora museo que es de Bellas Artes. Claro que, los cuidados van a cargo del Gobierno Vasco y de la Diputación Foral de Álava respectivamente, y así cualquiera. 

 

La huelga se la han montado a la alcaldesa y hay más de doscientas cincuenta mil almas que no reconocen su ciudad. Aunque sí debemos reconocer que los batasunos no han cambiado alguna de costumbres y siguen sembrando de pancartas cuanto pillan, sin que doña Maider, que yo sepa, vea conveniente su retirada de la vía pública. (El día menos pensado voy a colgar yo una donde ponga “Vivan los quintos” o que “Los espárragos de Lodosa son cojonudos”.) Así, como ejemplo, Sortu ha colocado la suya frente a la iglesia de San Antonio, en recuerdo del poeta Esteban Lauaxeta (que ya tiene busto) y de los etarras Txiki y Otaegui. Desvinculados de toda relación con los antiguos “chicos de la gasolina” (Arzalluz dixit), uno creía ingenuamente que se habían formalizado. Eso pareciera al ver que la organización Bildu, gasta (gastamos, me temo) una sede muy pintona en una espaciosa plaza al lado de El Corte Inglés, abandonando las herrikotabernas de otras calles más viejas. En esa sede del amor y de la paz vimos a don Arnaldo Otegui besar y abrazar a doña Juana Belarra y a la señora Irene Montero. Y eso siempre es bueno, las muestras de afecto y cariño nunca están de más. Atrás quedaron esos tiempos en los que en esa misma calle de las Postas pasó a mejor vida un tal Ijitu, joven vasco que, según mis fuentes, paseaba tranquilamente en dirección al Gobierno Militar cuando su mochila explotó inexplicablemente. 

Monumento en el parque de Judizmendi

Si añadimos otra pancarta de apoyo a Palestina  en la Facultad de Farmacia o las pintadas en el monumento a los judíos expulsados en el siglo XV en el parque de Judizmendi, sólo nos queda deprimirnos un poco más leyendo El Correo, donde uno va buscando la columna de Tonia Etxarri y encuentra en cambio la noticia de que el jefe de etarras Mikel Antza ha sido contratado en Elorrio como “dinamizador” del club de lectura municipal. En estos casos uno se siente aliviado al no pertenecer a semejantes comunas porque lo mismo resulta que el dinamizador es en realidad un dinamitador. Insisto: menos pancartas y más besicos; menos pendientes de aro y más afeitado; y menos pantalón de montañero y más traje con camisa y corbata, como el diputado Iñarritu. 

Viñeta de Mingote

Mal panorama trazo hoy desde estas páginas. No se enfade nadie; no hagan como doña Rosa Díez (¡ay, doña Rosa!), que cuando era consejera del Ejecutivo vasco se querelló contra un señor como era don Antonio Mingote, marqués de Daroca, por una (dura, eso sí) viñeta publicada en el ABC, donde compartía el lema “Ven y cuéntalo” con la campaña turística institucional de ese año (1994). En el dibujo, yace sin vida una mujer asesinada. Yo, no he querido llegar a tanto. No me gustan esas pancartas que no cesan, y no me gusta que la hierba crezca a su aire. Para eso me voy al campo. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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