
«Por muchos ‘lamassu’ que se coloquen o argumenten, Nínive caerá indefectiblemente, dígase Nínive o cualquier estado cuyas fuerzas armadas sean los pordioseros del presupuesto»
Por mucho que se especule sobre el avance y progreso de las sociedades desde las edades más remotas a las actuales, la psique humana se mueve exactamente bajo los mismos, por no decir idénticos, parámetros y constructos. Vemos como la izquierda española en particular e internacional en general, más los totalitarios de siempre, enarbolan el ‘derecho internacional’ para defender a Maduro en este caso reciente, a Irán o a todo aquel que consideren contrario a su primario mensaje. Ello me ha hecho recordar cómo los asirios, un notable pueblo guerrero donde los hubiera, colocaban los ‘lamassu’, esos seres mitológicos protectores híbridos de toro o león, con alas de águila o cabeza humana, a la entrada de sus ciudades o palacios convencidos de que con ello alejaban a sus enemigos, el mal o los demonios.
Esa invocación de la izquierda para acusar al demonio de los Estados Unidos de América, el eje del mal, por una «agresión armada», a pesar de su carácter quirúrgico, y de violar lo que ellos mencionan al unísono como una invocación por la violación de todas las normas del ‘derecho internacional’ a la vez que exigen la liberación de Maduro y su esposa, me recuerda a esos ‘lamassu’ que creían los asirios les protegerían del duro final que tan rápido como violento les esperaba, culminando en la destrucción de su capital, Nínive, en el 612 a.C. por una coalición de medos, liderados por Ciáxares, y babilonios, bajo el mando de Nabopolasar… vamos lo que augura las próximas caídas, casi en el mismo o próximo espacio geográfico como es el de Irán.
Esos que mueven el muñeco del ‘derecho internacional’ a modo de cortina de humo no resultan menos falsarios que la postura de China, que se desayunó militarmente al Tíbet en 1950 perpetrando voraces matanzas civiles sin cuenta ni cuento, al modo asirio, imponiendo gobernantes, funcionarios y administradores públicos traídos de fuera, y dando paso a un genocidio humano y cultural sistemático con la disculpa de la liberación del pueblo tibetano del «feudalismo». Tras la insurrección de 1959, aplastó a todo el que se le opuso y el Dalai Lama tuvo que exiliarse hasta el día de hoy.
La condena de la ONU resultó como orinar contra el viento, es decir sin sanciones ni exigencia de su retirada militar. Esta forma de actuación brutal nada novedosa fue la que inauguró, lejos de un vasallaje ordinario, hace tres mil años Tiglatpileser III (744-725 a.C.), uno de los grandes reyes del imperio neoasirio, junto con Asargón, Senaquerib y Asurbanipal, es decir aniquilando de raíz cualquier oposición o resistencia del derrotado para asegurar el dominio total de algo considerado como propio desde tiempos ancestrales.
Por todo lo dicho, de nada sirve ese empleo o invocación mágica al ‘derecho internacional’ como un ‘lamassu’ dialéctico creyendo y atribuyendo a esa invocación de un poder apotropaico, es decir con atribución de un poder ritual o ceremonial mágico de alejar o defenderse del mal, la mala suerte, los enemigos, los demonios o los espíritus malignos.
Una cosa está clara y es que para que no caiga Nínive, lo que los asirios no debieron olvidar nunca es que para una negociación sólo pueden sentarse a la mesa aquellos que tienen una decente inversión en Defensa y unos ejércitos creíbles, pues de no ser así por muchos ‘lamassu’ que se coloquen o argumenten, Nínive caerá indefectiblemente, dígase Nínive o cualquier estado cuyas fuerzas armadas sean los pordioseros del presupuesto.

