
“La Victoria de Samotracia se erige como una de las esculturas más evocadoras de la Antigüedad y aunque sin rostro, transmite con intensidad la emoción pura del triunfo”.
En 1863, Charles Champoiseau (1830-1909), cónsul francés destinado en Adrianópolis, la actual Edirne en Turquía, y gran aficionado a la arqueología, quizás por la influencia de su padre, presidente de una sociedad arqueológica, demostró gran interés en los relatos que circulaban entre los habitantes de la región sobre las islas del Mar Egeo, muchas de ellas abandonadas y olvidadas, entre ellas Samotracia, protagonista de cruentos episodios en la Guerra de Independencia griega (1821-1832), en las que se hallaban tesoros escondidos.
Así, tras realizar los trámites necesarios comenzarían las excavaciones que en poco tiempo darían resultados. Champoiseau quedó verdaderamente fascinado por las piezas que iban apareciendo en el avance de las excavaciones, los restos de columnas y capiteles, pertenecientes al mencionado por los lugareños Templo de los Grande Dioses, dedicado a los Cabiros, deidades protectoras de los marineros.

Con la frase “¡Señor, hemos encontrado una mujer!”, exclamada con asombro por uno de los excavadores, comenzó en la primavera de 1863 el descubrimiento de uno de los hallazgos más deslumbrantes de la arqueología del siglo XIX, la Victoria de Samotracia, también llamada Nike de Samotracia, hoy considerada una de las obras maestras del arte helenístico que comprende el periodo desde finales del siglo IV a. C. hasta finales del siglo I a. C. Realizada con una técnica magistral, la escultura, dadas las dimensiones de los restos encontrados, hacían ver que se trataba de una figura de tamaño colosal.
El hallazgo fue avanzando poco a poco, primero apareció el busto, después el tronco alado y posteriormente se descubrieron más de cien fragmentos, que unidos, dieron forma a Nike, la diosa de la Victoria; pronto los restos se trasladaron, vía Estambul y sur de Francia al Museo del Louvre en París, donde comenzó a recomponerse. La cabeza y los brazos, así como una gran parte de una de sus alas nunca aparecieron; en el Museo se realizó una extraordinaria reconstrucción, añadiendo en yeso algunas de las partes no encontradas, aunque según dice el dicho, “la esperanza es lo último que se pierde”, y quizás algún día podamos celebrar su descubrimiento.

Años después, en 1875, Alexander Conze (1831-1914), dirigió una expedición de arqueólogos austríacos para retomar las excavaciones en la isla; sus hallazgos también fueron importantes ya que descubrieron grandes bloques de mármol azulado y muy bien ensamblados que formaban la proa de un barco, lo que confirmó a los especialistas que la figura encontrada de Nike sería una ofrenda a los dioses para conmemorar una victoria naval importante, quizás la victoria de Rodas sobre Antioco III (242 a. C.- 187 a. C.) de Siria.
La figura de Nike sobre la proa de un barco desplegando sus alas en monedas encontradas pertenecientes al periodo helenístico, reforzaban la interpretación sobre la escultura encontrada, otorgándole un sentido histórico y a la vez simbólico.

Con una altura de 2,75 metros y esculpida en mármol hacia el año 190 a. C., la Victoria de Samotracia se caracteriza por la “técnica de los paños mojados” con la que el escultor consigue con la ejecución de tejidos húmedos que el espectador vislumbre la anatomía de la figura de una manera magistral.
La escultura está envuelta en una túnica fina y vaporosa que cae hasta los pies, conocida como chitón, que insinúa partes del cuerpo como el vientre y el ombligo, de tal manera que parecieran haber sido esculpidas por el viento. El mármol cobra una sensualidad que hace palpitar la piedra.

El manto envolvente que la cubre sobre la túnica, el himatión, presenta pliegues más gruesos que contrasta con los realizados sobre el otro tejido; la prenda recibe el impacto del viento que hace que se eleve en la parte izquierda, mientras que por la derecha el paño se arrastra por el suelo. Es interesante contemplar la diferencia en la ejecución de los distintos tejidos, las transparencias que dejan ver los senos y la densidad en la prenda sobrepuesta.
Su ala derecha es la original y en ella se aprecia la magnífica textura en las plumas que la forman; de la izquierda tan solo se encontraron fragmentos, sin embargo, se realizó un excelente trabajo de reconstrucción siguiendo el patrón de la original.

En cuanto a los pies de la escultura, nunca fueron hallados; sin embargo, los ensambles y las superficies de unión en la base nos permiten reconstruir con bastante precisión la posición que ocupaban. Parece ser que el derecho se apoyaba ligeramente, mientras que el izquierdo aún estaba en el aire, como si se anclara en la proa del navío en el sublime momento de la victoria.
No se sabe la posición que tendrían los brazos, tan solo se ha encontrado alguna pieza que correspondería a un codo, lo que hizo intuir que quizás uno de ellos estaría doblado. Una de las manos apareció y se expone aparte en el Museo.

La escultura se expone en el rellano de la escalera Daru, diseñada por Héctor Lefuel (1810-1880) en el Louvre, Allí permanece desde 1883, aunque durante la Segunda Guerra Mundial fue trasladada a otro lugar para evitar su expolio; en 1945 volvió al Museo; su regreso se consideró como un símbolo de la liberación del país y la vuelta de la libertad tras la ocupación alemana. Allí se expone con todo su esplendor, sobre todo después de la restauración realizada en 2014.
La Victoria de Samotracia se alza ante el espectador, imponente, serena y envuelta en cierto misterio que la hace aun más cautivadora. A pesar de no poder mirarla a los ojos, transmite una fuerza extraordinaria, impulsada hacia adelante por el viento en la gran escalera del Louvre.

Al contemplarla, algo se despierta en el interior del espectador que nos invita a desplegar nuestras propias alas y a dejar atrás ese miedo que tantas veces nos retiene, con temor a lo nuevo, a equivocarnos o a descubrir verdaderamente quienes somos, un miedo que en realidad no evita nada, sino que nos priva de la libertad, y es que toda gran hazaña comienza donde termina el miedo.
Muchos, al detenerse ante ella, han sentido ese mismo estremecimiento, una llamada silenciosa, casi íntima, que nos susurra al oído que toda victoria verdadera nace de un solo paso valiente hacia lo desconocido
Málaga, 2026

