
“Y si la vida es un sueño, como dijo algún navegante atribulado, prefiero el trapecio, para verlas venir en movimiento”. (“Prefiero el trapecio”. Manolo García).
De un tiempo a esta parte, en esta etapa de mi vida en la que ya debería darlo todo por hecho, en la que ya he recorrido caminos inhóspitos que deseo no volver a recorrer, en la que, de una manera ambigua recojo los frutos de aquello que he sembrado y, por qué no decirlo, de las semillas que he ido esparciendo por casualidad, por puro azar; en esta etapa en la que los recuerdos deberían ocupar el espacio que ocuparon los proyectos, me he dado cuenta, sin embargo, de que, recurriendo a una manida idea, desgastada y devaluada por repetida, la vida es ahora. Que el pasado ya pasó y el mañana es una realidad incierta.
La madurez tiene estas cosas. A poco avezado que uno sea, algo habremos aprendido. Pero también es verdad que la sabiduría se nutre del goteo constante de experiencias, de realidades contrastables, que van llenando el espacio de nuestra mente destinado al conocimiento sin prisa pero sin pausa. Una enseñanza diaria, deseablemente, que nos consolida poco a poco como se consolida un árbol que nació esqueje.
Sin embargo, si bien la experiencia ha de ir, necesariamente, mejorando nuestra existencia, de esta forma paulatina, también es cierto que hay momentos puntuales, de lucidez absoluta, en los que una situación, un pensamiento furtivo o una experiencia casual pueden cambiarte la vida, o al menos su percepción. Como un relámpago, fulgurante y fugaz, instantáneo e inesperado, cuya luz ya no va a dejar de iluminarte jamás. Esto, créanme, tiene mucho más que ver con entender que con aprender.
Y en este momento, en el que el color gris ha conquistado mi pelo, en el que las gafas se han convertido en algo indispensable, en el que cada mañana hago inventario de mis dolores, sin embargo, mi vida se ha vuelto más luminosa, mi percepción más aguda, mi apetito más voraz, mi inquietud más incontrolable. Y esto ha ocurrido porque, en un segundo imperceptible que no puedo ubicar en mi recuerdo, me he dado cuenta de que la vida no tiene por qué ser como dictan la costumbre, la rutina o las buenas formas. Que he estado sujeto a aquello que se esperaba de mi demasiado tiempo, sin darme cuenta de que, en más de una ocasión, estaba interpretando un papel que no me correspondía.
Es curiosa la metáfora teatral, pero si uno lo analiza, es acertada. Es verdad que en la mayoría de las ocasiones, nos dejamos atrapar por los convencionalismos, por que es lo correcto, por que es lo que todo el mundo hace, lo que se espera de ti; de algún modo, asumimos el guión que se nos entrega, por nuestra posición en el mundo, social, cultural y económica, dejándonos llevar por la corriente hasta la desembocadura de nuestra vida en la muerte. Actores secundarios de una representación diaria que, en el mejor de los casos, lleva al acomodamiento y en el peor a la desidia.
La experiencia de estos años, en los que yo mismo he decidido romper con los convencionalismos, ser egoísta, buscar la plenitud en lo que quiero hacer y no en lo que estoy obligado a hacer, la posibilidad de conocer que me ha aportado la relación con tantas personas que destacan por sus desempeños en nuestra sociedad civil, me ha demostrado que muchos de los que han llegado a cimas que nos pueden parecer inalcanzables, lo han hecho porque un día decidieron romper con el camino que les habían marcado. Porque un día decidieron coger una guitarra en vez de hacer edificios, lanzarse a los escenarios para hacer reír a la gente en lugar de acudir a su puesto de trabajo en la sucursal bancaria, apostando por lo difícil, pero abriendo la jaula que encerraba a su corazón y su alma. Decidiendo vivir en vez de sobrevivir.
Como ya he dicho, es muy fácil llegar a esta conclusión y adoptar esta estrategia cuando ya se tiene la vida resuelta, como es mi caso, pero yo nunca he pretendido ser el más valiente, ni el más osado, ni el más inteligente. Solo tengo una opinión documentada que, a decir verdad, es mucho más de los que otros pueden aportar.
“Creí que era una aventura, y en realidad era la vida”. (Anónimo).
