
«Esta figura suele interpretarse en el contexto de las visiones del infierno como simonía, venta de cargos eclesiásticos, o la representación de la muerte de los pecadores»
Hoy me acordé de Cobo a quien dediqué recientemente unas líneas inspirado por un profundo dolor generado por sus perversas acciones. Dios Nuestro Señor no puede bendecir la cobardía, la traición, ni la hipocresía. El pecado puede y alcanza de hecho a todos los mortales, sean quienes sean, ocupen el cargo que ocupen, ya sea político, público, privado o espiritual. ¡Sí!, Cobo, hoy me acordé de ti. Lo digo con gran tristeza y me dirijo así a un alto prelado católico, lamentándolo profundamente, pues siento que no ejerce sobre mí, y creo que para muchos igual, la más mínima autoridad ética y mucho menos pastoral. Como muchos sábados acudo a las Vísperas a la Catedral Ortodoxa Rusa de la Magdalena en Madrid. Allí respiro devoción, espiritualidad, oración y sencillez, sumergido en un maravilloso canto en eslavo eucarístico, en un ambiente donde el incienso y las velas te envuelven y te elevan, mientras los iconos se abren a la oración ante nosotros en una secuencia de movimientos o metanías (del griego metanoia, que significa arrepentimiento o cambio de mente/corazón) o, en la tradición eslava, poklon.
A diferencia de la Iglesia Católica, donde la genuflexión suele ser doblar una rodilla, en la tradición ortodoxa se enfatizan postraciones completas o inclinaciones profundas, Gran Metanía o Zemnoy Poklon, Pequeña Metanía o Inclinación, Poiasnyi Poklon y Proskynesis, reverencia o postración, movimientos que se asocian con el arrepentimiento profundo y la humildad. Allí en los muros encontramos representados a Santos y Santas ibéricos, comunes de romanos y ortodoxos, ambos católicos, anteriores al Cisma del 1054, así como una hermosa representación de la batalla de Covadonga, que seguro Cobo tiene olvidada y no valora en su importancia histórica y significado de la misma forma que obviamente traiciona en su significado y amplitud de todo lo que implica el Valle de los Caídos y de su prostitución convertido en una comparsa y burdo cómplice del drama en el que tienen absolutas responsabilidades los más altos jerarcas católicos tanto de España como del Vaticano. Por todo ello, espero y deseo que el remordimiento le remueva las entrañas si le queda un ápice de humanidad y sentido cristiano.

¡Sí!, Cobo, hoy me acordé de ti. Nada más atravesar el atrio y al entrar en la nave central del templo nos recibe el Pantocrátor con sus brazos abiertos en la línea que apunta a Oriente tras atravesar el Iconostasio por las Puertas Reales que llevan escrita la imagen de la Anunciación en un bellísimo estilo bizantino reflejando el momento en que el arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre de Jesús, según el evangelio de San Lucas.
Pues bien, si tras entrar en la nave y contemplar la imagen de Nuestro Señor, damos media vuelta hacia la puerta de acceso y miramos hacia arriba veremos dos grupos de imágenes que nos recuerdan el Cielo y el Infierno. La imagen izquierda nos presenta a Abraham sentado y llevando en su regazo las almas redimidas de los buenos en forma de niños. El seno o regazo de Abraham en la literatura judía antigua y en el contexto de la parábola de San Lucas, encierra el significado del Paraíso o el lugar de descanso de los justos tras la muerte. Representa un lugar de consuelo, paz y comunión cercana con Abraham, el padre de la Fe. Junto a él y de pie se encuentra San Dimas, crucificado junto a Cristo y el primero en entrar en el Paraíso.
La imagen nos recuerda que hasta un delincuente arrepentido entrará en el Reino de los Cielos. Al pensar sobre el significado de «Seno de Abraham» sabemos que en la literatura judía antigua y en el contexto de la parábola de San Lucas, el «seno» o regazo de Abraham encierra el simbolismo del Paraíso o el lugar de descanso de los justos tras la muerte. Representa un lugar de consuelo, paz y comunión cercana con Abraham, el padre de la Fe. Esa imagen entra en contraste con el Hades, pues mientras Lázaro, según San Lucas, descansa en el regazo de Abraham, el rico se encuentra en el Hades, lugar de tormento, que contemplaremos a continuación. Abraham nos explica que existe un gran abismo que separa ambos lugares, haciendo imposible el traslado de un lado a otro.

Históricamente, el «seno de Abraham» se ha entendido como el lugar donde las almas de los justos del Antiguo Testamento esperaban la redención. Tras la Resurrección de Cristo, esta visión a menudo se interpreta como el Paraíso. Esta escena es común en el arte cristiano, representando a Abraham como una figura paternal protectora que acoge a las almas redimidas, a menudo representado en iconos antiguos, y a veces simbolizando el abrazo de Dios a los fieles.
En resumen, no es que Abraham «lleve» físicamente a las almas en un viaje, sino que es el lugar de descanso y consuelo, el «regazo» de la fidelidad, donde Lázaro fue llevado por los ángeles. El regazo, profundamente ligado a la fidelidad, nos sirve en la tradición bíblica como un símbolo de descanso, recompensa y comunión íntima con Dios, fruto de la obediencia y Fe inquebrantable de Abraham.

¡Sí!, Cobo, hoy me acordé de ti y fue al mirar la imagen del Infierno, y no me siento ni soy quién para decir o pensar lo que merece y corresponde a cada uno, decisión que sólo está en manos de Dios, pero viendo lo que está sucediendo con el Valle de los Caídos y lo que se nos explica con la lectura de la imagen, nos dice que para el fuego del infierno nadie, ni los ricos, poderosos ni purpurados están libres del fuego eterno.
Tras contemplar a Abraham, su regazo y a San Dimas, si miramos hacia la derecha vemos la representación del fuego del Infierno. El icono describe el lugar donde el fuego del infierno consume a los pecadores… incluidos obispos, clérigos y monjes. Es un motivo clásico en la iconografía ortodoxa del Juicio Final y de la pintura medieval. Estas representaciones no solo nos muestran a pecadores comunes, sino que subrayan que la justicia divina actúa sin distinción de rango, a menudo retratando a miembros del clero, obispos, o figuras poderosas siendo arrastradas por demonios debido a la avaricia, la simonía o la falta de caridad. También contemplamos un hombre con niño sentado sobre un buey. Esta figura suele interpretarse en el contexto de las visiones del infierno como simonía, venta de cargos eclesiásticos, o la representación de la muerte de los pecadores. Se trata de una representación iconográfica inusual, pero documentada en frescos y altares transilvanos del siglo XVIII de la Escuela de Maramureş, donde la Muerte, a veces montada sobre un buey o un asno, conduce a un niño, que representa el alma del pecador, hacia el castigo. Este tipo de iconografía se utilizaba para moralizar e ilustrar las consecuencias de la transgresión de los mandamientos. Se entiende que este icono no está hecho para la veneración directa, sino como una lección teológica y de advertencia sobre las consecuencias de las acciones terrenales, a menudo colocado, como en este caso, cerca de la salida del templo o nártex. Cobo, a buen entendedor pocas palabras bastan.

