Los españoles indígenas: Buenaventura de Paz, un capitán tlaxcalteca. Por José Crespo

Buenaventura de Paz, un capitán tlaxcalteca.

«Buenaventura de Paz fue un guerrero tlaxcalteca de nobleza reconocida por la Corona Española que participó y lideró las fuerzas en la gran expansión hacia el norte de la Nueva España»

Se nos ha repetido hasta la saciedad que América fue conquistada a sangre y fuego por unos conquistadores españoles sedientos de oro, sangre y fuego, llenos de sed carnal que abusaron y esclavizaron a los indígenas. Nada más lejos de la realidad y como botón de muestra tenemos a un hidalgo español en la figura del capitán indígena tlaxcalteca Don Buenaventura de Paz, como tantos otros nativos, tenidos como nobles entre los suyos, que recibieron el reconocimiento real de la nobleza de la hidalguía antes que los peninsulares beneméritos de Indias.

Muchos hemos escuchado sobre Cortés o Juan de Oñate, casado con Isabel de Tolosa Cortés de Moctezuma, fundador de Nuevo México y cuya tropa fundadora estaba constituida por 128 familias peninsulares y 500 indígenas tlaxcaltecas con las suyas.

Así lo he reflejado en mis trabajos sobre Coronado u Oñate, y es la deuda histórica que ha ensuciado la perversa leyenda negra.

Buenaventura de Paz fue un guerrero tlaxcalteca de nobleza reconocida por la Corona Española que participó y lideró las fuerzas en la gran expansión hacia el norte de la Nueva España, muy lejos de su Tlaxcala.

Actuó como guerrero y astuto diplomático cuando en 1591, la frontera del norte del Virreinato de Nueva España era un territorio en guerra, conocida como la guerra Chichimeca. La Corona Española tuvo como principal auxiliar a sus aliados más leales, los tlaxcaltecas y tan españoles como los recién llegados.

Buenaventura de Paz fue un soldado, estratega y diplomático entregado que lideró a cientos de familias hacia el norte desconocido para colonizarlo, en San Luis Potosí y San Esteban de la Nueva Tlaxcala en Saltillo, con la misión que recibían todas las expediciones, no hacer la conquistar con la espada, sino alcanzarla ganando sus almas mediante el liderazgo y el ejemplo, y así estableció y fundó nuevos asentamientos, pueblos y transmitiendo los conocimientos recibidos en materia y asuntos de agricultura y leyes.

San Esteban fue la más septentrional de los seis asentamientos tlaxcaltecas establecidos y convertidos en poblaciones en 1591 bajo el mandato del virrey de Nueva España, Luis de Velasco, aquellos fundadores eran originarios y procedían de Tizatlán.

Ese asentamiento y poblamiento de 400 familias tlaxcaltecas al norte de la Nueva España, fue un suceso de gran impacto histórico ocurrido en aquel año de 1591. Consistió en un traslado logístico organizado de cientos de tlaxcaltecas para colonizar puntos estratégicos del territorio conocido como la Gran Chichimeca, una vasta región habitada por agresivos pueblos seminómadas. El objetivo principal de esos asentamientos era consolidar la paz tras la guerra Chichimeca, sirviendo como ejemplo de una próspera vida sedentaria, ganadera y agrícola para las parcialidades nativas locales y fortaleciendo así el asentamiento español hacia el norte en una zona rica en minerales ansiada por potencias extranjeras. A cambio, aquellos colonos tlaxcaltecas y sus descendientes recibieron privilegios y prerrogativas especiales que ya mencionamos como el título de hidalgo que mantuvieron durante siglos y que perdieron tras la independencia a manos de los ‘libertadores’.

Se les reconocía el derecho a montar a caballo con silla, ceñir espada y portar armas de fuego.

Hablamos en este caso de un «hidalgo» español en toda regla, algo que no se entiende desde la perspectiva anglosajona. Buenaventura, su tropa y familias fueron reconocidos como se solía en todas las expediciones pobladoras, recibiendo del Virrey en nombre del monarca el asiento en el que quedaban recogidos los privilegios reales, como la declaración de Hidalgos a fuero de Castilla, quedando autorizados como tales al uso el «Don» antes de su nombre. También se les reconocía el derecho a montar a caballo con silla, ceñir espada y portar armas de fuego.

Como hidalgos quedaban exentos de pagar tributos a la Corona, dejando de ser pecheros. Sus pueblos eran gobernados por ellos mismos, sin jefes españoles, protegidos por las Leyes de Indias formándose lo que se conocían como ‘repúblicas de indios’, que se autogestionaban y a dónde se prohibía que vagabundos y ajenos fueran a molestar bajo pena de ser detenidos.

Gracias a líderes como Buenaventura de Paz, la cultura tlaxcalteca se propagó poco a poco hasta Nuevo México y Texas donde también actuaron como tropas auxiliares. Gracias a su esfuerzo, dentro de las lógicas dificultades, hicieron que la vida en la frontera fuera posible, demostrando que la conquista fue un proceso mucho más complejo de esfuerzo y mestizaje en el que, tal como se ordenaba en las Leyes de Indias, de la fase inicial de conquista de pasase al asentamiento y poblamiento, algo que no nos cuentan mucho libros de texto escrito bajo el aliento de la leyenda negra.

Recomiendo, además de mis artículos y libros, textos como «La otra conquista: los tlaxcaltecas en la formación de la Nueva España» de Federico Navarrete Linares.

José Crespo

José Antonio Crespo-Francés. Soldado de Infantería Española, Doctor en Artes y Humanidades. Enamorado de Aranjuez la ciudad donde vivo, Colaborador en radio y publicaciones electrónicas, autor de trabajos históricos dedicados al Servicio Militar y Valores, y a personajes en concreto como Juan de Oñate, Vázquez de Coronado, Blas de Lezo o Pedro Menéndez de Avilés y en general a Españoles Olvidados en Norteamérica y Españoles Olvidados del Pacífico. Rechazo la denominación de experto, prefiero las de "enamorado de" o "apasionado por". Si Vis Pacem Para Bellum

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