Los medios actuales de comunicación le permiten al ciudadano moderno enterarse de todo sin entender nada.
Nicolás Gómez Dávila
Hello?
Is there anybody in there?
Just nod if you can hear me.
Is there anyone home?
Pink Floyd, Comfortably Numb

«Ya veo que es demasiado pedir que bajéis a la arena a mancharos los zapatos, descender, luchar contra las sinrazones disfrazadas de argumentos sesudos»
Confortablemente adormecidos. ¡Todo os resbala, criaturas! Estáis sedientos de novedades que se resuelvan con un clic, con la ligera pulsación de un dedo sobre el teclado. ¿Esa es la contribución del hombre moderno al progreso, a la lucha, a la sed de justicia? ¿En serio? Me río de vosotros, de vuestra incapacidad. Ya veo que es demasiado pedir que bajéis a la arena a mancharos los zapatos, descender, luchar contra las sinrazones disfrazadas de argumentos sesudos. El Quijote lo dejamos, si acaso, para la cita del estado del Whatsapp: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres». Eso de discernir y debatir con gravedad ya lo dejaremos para otra ocasión a sabiendas de que, el muro, impenetrable, se agigantará aún más. ¿Por qué no dais la cara? ¿Qué pasa si me la juego y os digo cobardes, así, tan fresca y soleada? Nunca es divertido —al menos para mí (y estimo que somos muchos más de lo que os gustaría)— contemplar este derrumbe a cámara lenta, y adivinar la frustración que se siente cuando se rinde la voluntad para pertenecer, sin sobresaltos, al gran grupo. Al amparo de la comodidad o del calor de la lana que abriga, que os cobija. Porque, ya sin identidad reconocible —y arrebatada la cordura—, os habéis diluido gustosamente en esa sopa insípida del vacío, donde nadáis apenas, casi ahogados, a punto de desfallecer.
La casa de los horrores —mejor dicho, la isla— ha dejado de ser un entretenimiento para niños atrevidos. Las revelaciones de actos que traspasan las fronteras de la perversión humana no forman parte de las conversaciones [1]. Han chocado contra el muro de la autocensura. Resulta que casi todo lo que se dijo era verdad. Mirad cómo caen los príncipes [2]. Comprendo que hacerle frente a lo incómodo descoloca. Pero esto… Acaso alguno, por primera vez, haya sentido la necesidad de echarle mano a un buen trago de algo que mitigue la tortura de concebir tamañas monstruosidades. Incluso de volver a fumar —si lo dejó— para perderse en las volutas del humo y asimilarlo. Y entiendo también, cómo no, lo perturbador que puede ser leer a los que informaron sin venderse. Y bajarse, por fin, del pedestal o del limbo. No es fácil mirar a los ojos, de frente, a los que fueron excluidos, expatriados, apartados de la tribu por indómitos, por no ceder al relato —por no dar su brazo a torcer—. Es posible que hacerlo sea percibido como una derrota, una suerte de humillación. Ahorrarse el nudo en la garganta, la pesadez en el estómago que todos hemos experimentado demasiadas veces.
Ahora que el goteo de información se ha convertido en torrente, que tanto se sabe de lo que hasta hace poco se ocultaba con toda intención. Ahora que hasta los medios serios —y las televisiones del Prime time— han dado un giro espectacular para compartir con vosotros esas verdades aún a medias —como las que el Secretario de Estado de los EE.UU. pronunció en Munich [3]—. Ahora que, a la vista de todos, han manipulado u ocultado las antiguas e incómodas mentiras, la reacción sigue siendo la misma: la ausencia de reacción, el pasmo. Una huida hacia adelante nunca será buena idea, estimados. Ni tampoco reaccionar tan fuera de lugar, al dar cancha a la última tontería diseñada para velar lo que importa, ni tetas ni Therians. Ya no tiene un pase. Por fin crecimos, nos hicimos adultos a pesar de las trampas. Aunque en el camino hayamos tenido que sortear muchas rutas equivocadas a las que le dimos el nombre de madurez.
Por añadir una nota erudita, Ángel Ganivet, en su Ideárium español se manifestaba en estos términos sobre la abulia:
Hay una forma vulgar de la abulia que todos conocemos y a veces padecemos. ¿A quién no le habrá invadido en alguna ocasión esa perplejidad del espíritu, nacida del quebranto de fuerzas o del aplanamiento consiguiente a una inacción prolongada, en que la voluntad, falta de una idea dominante que la mueva, vacilante entre motivos opuestos que se contrabalancean, o dominada por una idea abstracta, irrealizable, permanece irresoluta, sin saber qué hacer y sin determinarse a hacer nada? Cuando tal situación de pasajera se convierte en crónica, constituye la abulia, la cual se muestra al exterior en la repugnancia de la voluntad a ejecutar actos libres.
Hoy estamos aquí, esperando la enésima bofetada, alertas. Tal vez distraídos, entretenidos o en nuestras cosas. Confiando en que aparezca aquél que obre el milagro político, a lomos de alguna idea feliz —cuando sabemos cómo se las gastan los amigos, ¿eh? — O, posiblemente, enfrascados en la tarea infinita de resolver nuestros propios demonios interiores enquistados como un tumor, sin demasiadas ganas, mientras el muro gana en altura. Cómodos insensibles.
NOTAS______
[1] Destacar, sobre todo, la magnífica labor de investigación de la periodista Whitney Webb: One Nation Under Blackmail – Vol. 1: The Sordid Union Between Intelligence and Crime that Gave Rise to Jeffrey Epstein, VOL.1
[2] Detienen al expríncipe Andrés, hermano de Carlos III
[3] Entre otras verdades: Impactó su franqueza al admitir que la desindustrialización no era inevitable, que la pérdida de soberanía en las cadenas de suministros fue, lisa y llanamente, “una tontería”.
El knockout de Marco Rubio en Munich

