
«No me extraña que ahora, los que parten el bacalao (a derecha e izquierda) en este país, antes llamado España, no quieran saber nada de él»
Y por partida doble encima. Como sabrán ustedes, el pasado lunes fue el 23-F, y como cada año (y van ya cuarenta y cinco) se recuerda lo que unos llaman “intentona golpista” y otros “golpe de timón”. Se han escrito libros en abundancia (publicitando los correctos, silenciando los incómodos) y artículos sobre los hechos más o menos conocidos; se ha especulado y novelado; se ha lamentado que algunos de sus protagonistas se llevaran los secretos a la tumba. Alguien podría pensar, verbigracia, en el general Armada Comín, que no pudo formar el gobierno acordado por culpa de Tejero, quien debió de negar al militar el acceso al hemiciclo al grito marisumonteriano de “¡M´opongo!”. Aunque pasara a la historia por esos otros, firmes, categóricos y castizos de “¡Quieto todo el mundo!” y “¡Se sienten, coño!”. El encargado de tomar el Congreso con 288 guardias civiles, engañado y perplejo, frustró lo que fuera que tenía que ocurrir entre el día 23 y 24 de febrero de 1981.
Este episodio del siglo pasado, que ya es parte de nuestra historia, se nos muestra como un gran tema casi inagotable. Me atrevo a pronosticar que saldrán nuevos libros y reportajes, que volverán a ponerse de moda los “tanguillos del golpe” y seguirá el carnaval y el jolgorio, por mucho que lo sucedido y la situación de España en aquellos años tuviera poco de gracioso. Quizá algún humorista añada su viñeta a las ya dibujadas y más de un político y un periodista nos hablarán de “ultraderecha” para velar las tesis más inadmisibles. De momento el Gobierno dice que ha “desclasificado” unos documentos (bueno, no sé si ha dicho “unos” o “los” documentos). ¡Por fin! ¡Hombre, muchas gracias! Yo no sé si los ha desclasificado, pero lo que es indudable es que a los electores y contribuyentes ya los tiene bien clasificados, ya…
Precisamente el mismo día de la desclasificación (vuelvo a dar las gracias a nuestro Gobierno) ha fallecido el teniente coronel Antonio Tejero en la localidad valenciana de Alcira. Un guardia civil que asaltó el palacio de las Cortes sin hacer sangre, le parece una suerte de botarate, un hombre sin honor y un cobarde sin patriotismo a Federico Jiménez Losantos. Es para él una humillación a la soberanía nacional aquel arrancar de las ametralladoras agujereando el techo. Yo no digo que la escena sea edificante (como tampoco lo fue ese saltar por las ventanas de algunos miembros de la Benemérita, porque para ello están las puertas) ni que la Cámara Baja pueda cumplir otra función que la de legislar y parlamentar, aunque se escape de vez en cuando algún improperio o algún piropo. Pero estoy seguro de que esos disparos al aire evitaron otros con resultado más grave, fruto quizá del nerviosismo y la tensión. Negar la virtud del honor a esos militares con tricornio acaso equivocados, quizá despistados, seguramente desesperados, pero que aceptaron la derrota y algunos la cárcel, creo que es profundamente injusto.

Pero hemos de mencionar el otro aniversario, aunque ya me ocupara de ello el fin de semana pasado. Y es que el célebre escritor Vizcaíno Casas (“Mr. Best-seller”, como llegaron a llamarle) hubiera cumplido los cien años precisamente el 23 de febrero pasado. Y aquí es donde quiero mostrar mi indignación ya que no mi extrañeza. Porque temo que este centenario va a pasar sin pena ni gloria. En vida, gozaba don Fernando de un público fiel y agradecido que hacía grandes colas para que les firmara sus obras (e incluso los más afortunados una caricatura del autor). Consecuentemente, y a pesar de la envidia y la inquina ideológica, era inevitable que Vizcaíno fuera durante décadas toda una celebridad en este país (antes llamado España). Por eso digo que no me extraña que ahora, los que parten el bacalao (a derecha e izquierda) no quieran saber nada de él.

El otro día, Manuel Llamas, en su programa de radio habló con Eduardo Vizcaíno sobre su padre. Por lo visto hace nueve meses estuvo en Valencia con su hermano Fernando para reunirse con el concejal de cultura del Ayuntamiento. Hasta ahora. Hombre, qué pasa, ¿es que el señor Moreno no conoce el célebre establecimiento “Paraguas Vizcaíno”? ¿No ha leído los muchos textos que sobre la terreta escribió su paisano? ¿No sabe que nuestro escritor colaboraba en el diario Las Provincias? ¿Las novelas que tienen como escenario la Valencia de su infancia y juventud, llenas de nostalgia y ternura? Yo propongo que cada uno por su cuenta celebre el aniversario de Vizcaíno Casas buscando en las librerías de viejo alguno de sus libros, que los habrá baratos y en abundancia, pues vendió más de cuatro millones. Aunque me tranquilizo pensando que en la gala de los Premios Goya habrá un recuerdo emocionado para quien logró ver en celuloide alguna de sus obras y colaboró en el guion de otras. Y además fue un gran crítico de cine, autor de tratados sobre el séptimo arte, legislación del espectáculo y además abogado de artistas. Y, como él recordaba, “un hombre del 23-F”.

