Conversaciones en el andamio: Yolandísima. Por Francisco Gómez Valencia

Yolandísima.

«Cualquiera de nosotros la hubiera puesto fina filipina, pues no es de recibo que en una noche electoral, “la ratita presumida” abandonara el barco para irse a Hollywood a lucir su desparpajo galego»

La de la melena voluminosa se nos presentó con pintaza casual. De camisa azul gaviota pepera para más señas, pantalón paco paquete prieto” arrugado y blanco nuclear, bueno…, ¡nuclear, NO gracias! Dejémoslo en solo blanco, y llegó el momento del postureo en el Senado popular de los martes donde de vez en cuando algún ministro de deja caer, pues del otro, no se sabe nada desde hace más de setecientos y pico días que se dice pronto, y como decía, llegó la pregunta capciosa de la portavoz de Feijóo

La preguntilla no fue muy original, es más, la portavoz pegó tantas vueltas, que parecía un can dándolas sobre sí misma antes de acostarse y claro, tanto fue el cántaro a la fuente que al final a la mi pobre se le trabucó la lengua, desluciendo ese final que en la cabeza de cada uno suena fantástico. En fin, que a malas penas se la comprendió finalizando la pepera con un…, y a qué tiene usted miedo, que ya ves tú…, ¡a la tarjeta del hormiguero no te jode! Y claro: “Yolandísima” salió por peteneras y tomó la primera tangente, como debe ser. 

Cualquiera de nosotros la hubiera puesto fina filipina, pues no es de recibo que en una noche electoral, la ratita presumida abandonara el barco para irse a Hollywood a lucir su desparpajo galego”. Dicen los periodistas de investigación que la broma nos ha costado unos ocho mil leerles por persona y vuelo en business, sin contar el hotel y, como parece que fue acompañada por alguien de su equipo de confianza, pues echen ustedes las cuentas. El motivo de la escapada de fin de semana estaba claro, la promoción de la cultura y como según ella, eso mismo —lo de promocionar la cultura— lo hace cada día, la diva de chichinabo dejó a la altura del betún a su compañero del Consejo de Ministros que a su lado la custodiaba, que no era otro sino que Bolaños.

¡Venga Máquina!

Pobre Trolaños”, él en el mismo finde, se lo paso pipa promocionando una charcutería. Desconozco sin tiene participación o no en dicha empresa pues pese a que mostraba productos o lotes con su nombre,Bolaños, desconozco el intríngulis de la promoción, pues ni el volumen me molesté en subir. 

Que todo un ministro de Justicia y no se cuantas más cosas se nos ocupe de semejante guisa en su tiempo libre, si es que un ministro tiene tiempo libre, pues se supone que están a jornada completa, es decir, 24×7, pues ya me contarán ustedes como anda el patio, una, en plan disfrutona no sea que Pedro rompa la baraja y se la acabe el sueño español, y el otro, yo ya no se qué pensar. ¡Pero Félix de que vas! De maestro charcutero, cocinillas o tiktokero, cuéntanoslo en otro directo. 

¡Venga Máquina!

Feliz día de San Cirilo.

Españistán a 18 de marzo de 2026.

Francisco G. Valencia

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid en 1994 por lo tanto, Politólogo de profesión. Colaboro como Analista Político en medios radiofónicos y como Articulista de Opinión Política en diversos medios de prensa digital. De ideología caótica aunque siempre inclinado a la diestra con tintes de católico cultural poco comprometido, siento especialmente como España se descompone ante mis ojos sin poder hacer nada y me rebelo ante mí mismo y me arranco a escribir y a hablar donde puedo y me dejan tratando de explicar de una forma fácil y pragmática porque suceden las cosas y como deberíamos cambiar, para frenar el desastre según lo aprendido históricamente gracias a la Ciencia Política... Aspirante a disidente profesional, incluso displicente y apático a veces ante la perfección demostrada por los demás. Ausente de empatía con la mala educación y la incultura mediática premeditada como forma de ejercer el poder, ante la cual práctico la pedagogía inductiva, en vez de el convencimiento deductivo para llegar al meollo del asunto, que es simple y llanamente hacer que no nos demos cuenta de nuestra absoluta idiotez, mientras que la aceptamos con resignación.

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