Mar antiguo, madre salvaje,
en tus orillas de rodillas rezaré.
Tierra absurda que me hizo absurdo,
nostalgia de un futuro azul en el que anclar.
Triste y cansado, con los viejos amigos
el vino y el cantar;
mientras quede un olivo en el olivar
y una vela latina en el mar.
Viejos dioses olvidados
mantenednos libres de todo mal.
Mar antiguo, dios salvaje
de la encina y del gris olivar.
El último de la fila, Mar antiguo.

«¿Seguirá siendo la civilización un proyecto para los seres humanos, o empezará a tratar a los seres humanos como material del sistema?»
¿Quién no recuerda el poema «Ítaca»? Entre otros, aconsejaba el griego Kavafis: pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. El deseo de foguearse en cuanto infunda valor y aprendizaje; en una travesía que implique el esfuerzo, incluso el error, y también pérdidas y pequeñas conquistas. Es lo que llamamos vivir en plenitud. Esto tan deseable se opone a cualquier sistema que aspire a un orden absoluto, a la eficiencia o el control perfecto. En sí, la vida humana es incómoda, imprevisible, llena de emociones y de valores que no pueden medirse. Cambiante y rebelde, además, puesto que se alza contra las reglas que considera injustas. Como observadores atentos, percibimos el impulso creciente hacia un tipo de proyectos muy concretos, fuertemente racionalizados —sean políticos, económicos o tecnológicos—. Sin embargo, no se nos escapa que exigen un nuevo tipo de individuo poseedor de ciertas características: que sea fácilmente predecible y que no haga «ruido». Y, sobre todo, que su libertad y sus contradicciones no entren en conflicto con este modelo social. Pero ese ruido es, precisamente, el ingrediente necesario de lo humano. La fuente de la creatividad, de la ética y, claro que sí, del progreso bien entendido. Fue Max Weber quien describió la vida moderna como una «jaula de hierro» [1] caracterizada por la racionalización y la burocratización que limitan la libertad individual y el espíritu creativo.
Esa sensación de una reescritura de las reglas no es actual, y son muchos los que lo perciben [2]. Conviven dos modelos, el antiguo junto a otro en transición hacia ese «nuevo orden» del que se habla sin tapujos, donde surgen potencias recientes cuyo papel se ha consolidado [3]. Además, en el horizonte han aparecido algunos nubarrones debido al peso que han alcanzado ciertas corporaciones, en especial, las vinculadas a los sectores tecnológico y de datos, que pueden chocar con importantes cuestiones éticas imposibles de orillar [4], y son de máxima actualidad [5].
En este escenario cambiante, el controvertido historiador Noah Yuval Harari vaticina la aparición de una nueva clase social improductiva al hilo del imparable ascenso de la automatización y de la IA. Asimismo, indica que esto será inevitable si no se toman las medidas oportunas. Por supuesto que la tecnología cambiará los trabajos, pero también surgirán nuevas necesidades y soluciones. No obstante, nosotros mantenemos la esperanza de que el factor humano —cooperación, empatía, imaginación— sigue siendo extremadamente difícil de reemplazar. Eso sí, Harari manifiesta que el abismo puede agrandarse entre los países que dispongan de recursos tecnológicos avanzados y los que carezcan de la posibilidad de implementar las medidas oportunas para readaptarse a este futuro inmediato:
Esos seres humanos que serán de una u otra manera sustituidos por las nuevas tecnologías, mucho más «inteligentes» y capaces de hacer «todo» mejor que ellos. Personas superfluas o inútiles que quedarán apartadas en el camino. Lo que, llevando esta tipología al extremo, podría hablarse, según Hariri, de países superfluos o de regiones inútiles, en un mundo en que la brecha tecnológica sería tal que esos seres humanos ya no serían servibles [6].
Mientras observamos una tendencia clara que apunta hacia un dominio exhaustivo del control, surgen voces discrepantes [7] para señalar los excesos, el peligro de esos sistemas, e impedir que el mundo se convierta en una máquina sin ética. También este año, en la convocatoria anual del Foro Económico Mundial en Davos, Harari advirtió sobre la capacidad de la IA para mentir, manipular y servir a sus propios fines. A pesar de que la historia está llena de proyectos totalitarios —imperios, ideologías, tecnocracias— que intentaron simplificar la complejidad humana, ninguno ha logrado eliminarla del todo. De alguna manera, es imposible aniquilar la naturaleza del hombre, así como su capacidad para salir airoso de las dificultades y corregir las desviaciones que entrañan un riesgo mayor.
Ahora, quiero plantearles la siguiente pregunta: ¿Seguirá siendo la civilización un proyecto para los seres humanos, o empezará a tratar a los seres humanos como material del sistema?
En el siglo XX, Hannah Arendt observó que los grandes regímenes políticos modernos —tanto burocráticos como totalitarios— tienden a reducir a los individuos a funciones. De este modo, cuando se contempla en exclusiva al ser humano como un engranaje, un recurso, una unidad productiva o administrativa, pierde su condición de sujeto moral y político, lo esencial. Para Arendt, el problema no es solo la opresión directa. Es algo más sutil: la posibilidad de que las personas dejen de pensar críticamente y simplemente ejecuten el papel que se les asigna. En ese punto aparece lo que ella llamó la «banalidad del mal» [8], que no necesariamente se refiere a personas malvadas, sino a individuos que han dejado de cuestionar el funcionamiento del mecanismo del que forman parte. Las reflexiones de Hannah Arendt sobre el totalitarismo y la banalidad del mal nos invitan a cuestionar los sistemas de gobierno autoritarios y a reconocer la importancia de la moral y la responsabilidad individual en la vida política. Sus ideas son especialmente relevantes en nuestra sociedad actual, donde el poder y la manipulación pueden amenazar nuestras libertades y derechos fundamentales.
Me pregunto si, en el contexto actual, el hecho de que nuestra civilización muestre una predilección por la eficiencia, la productividad y el control, no es un claro síntoma de lo que llamaría el «estorbo humano». Porque, desde esa lógica que impone una nueva forma de pensar el mundo, animada por la ciencia, por la técnica, el humano es frágil, duda, se equivoca y, para colmo, es lento en comparación. Y si la complejidad del mundo en su dimensión técnica y material es inevitable, ¿cabe la posibilidad de que sobreviva lo humano como eje moral?
Creo que hay algo muy revelador en la distinta forma en que las élites educan a sus hijos y la nuestra. Mientras las leyes educativas a las que estamos sujetos han apostado por un creciente enfoque en el que se fomente la empleabilidad —un currículo vinculado a las habilidades técnicas, a las competencias—, ciertos sectores con mucho poder político o económico eligen para sus hijos metodologías más tradicionales o humanistas. Priorizan escuelas con clásicos, filosofía, retórica. Formación en historia, ética y debate. Grupos pequeños y mucha discusión intelectual. En definitiva, privilegiar el liderazgo a través del pensamiento crítico. En cambio, la enseñanza reservada para los nuestros consiste en una formación acorde a funciones concretas, limitadas. Una parcela que impide dar alcance a la creciente complejidad. Lo preocupante es la ausencia de una huella profunda, de una verdadera transformación intelectual que asiente la forma en que cada uno piensa el mundo. En esta línea, la filósofa Martha Nussbaum reivindica una educación «adecuada para la libertad»; una enseñanza que sirva para hacer ciudadanos libres no en virtud de su riqueza o su situación social, sino por ser dueños de su propia mente [9].
Muchos, no solo los enseñantes, conservamos la idea de la necesidad de una transformación interior, individual; de la construcción de algo perdurable, que deje poso. Y la única manera de contrarrestar la banalidad del mundo tiene que ver con la fortaleza de la comunidad, de la familia —elementos imprescindibles en la transmisión y salvaguarda de valores—. En cambio, el objetivo parece ser su debilitamiento y su destrucción. Afortunadamente, la figura de Ulises como arquetipo del primer hombre moderno [10] sirve para hacerle frente a tanta zozobra. Su viaje, como metáfora del rumbo humano, es el aprendizaje adquirido durante la dilatada travesía. Opone un conocimiento sereno, un diálogo profundo, a la impaciencia que nos devora y lo ha olvidado. Él mismo es el protagonista y destino de su largo itinerario. No rechaza el canto de las sirenas, pero permanece fuertemente atado al mástil. Y sabe que el material con que está hecho es sólido, son sus convicciones. E indudablemente, la capacidad de discernir. ¿Y nosotros? ¿Seguiremos teniendo mástiles para atarnos y escuchar el mundo sin perdernos en él?
NOTAS______
[1] Este concepto aparece en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905) y en ensayos posteriores, donde afirma: “El hombre se encuentra encerrado en las cadenas de un sistema que él mismo creó: una jaula de hierro de la racionalidad burocrática en la que se ve atrapado”. Esta metáfora expresa que las estructuras racionales y burocráticas de la sociedad moderna, aunque eficientes, limitan la autonomía personal y reducen la acción humana a procedimientos calculados y reglas impersonales.
[2] El mundo en 2025: del fin de la posguerra a la brutalización del orden internacional
El Nuevo Orden Mundial tras la Segunda Guerra Mundial: Evolución, Descolonización y Democracia
[3] El Ascenso de China y el Nuevo Orden Mundial: Implicaciones Globales
[4] Conflicto entre Anthropic y el Pentágono: ¿quién debe poner los límites a la IA?
Anthropic vs. Pentágono: la batalla por decidir quién controla los límites de la IA
[6] La clase inútil
[7] Cito los más relevantes: Gary Marcus, Noam Chomsky, Stephen Hawking, Byung-Chul Han, Miklos LuKács, y también el filósofo español Daniel Innerarity: «Una teoría crítica de la inteligencia artificial»
[9] Martha Nussbaum y el cultivo de la humanidad: el reto de la educación actual

