
«Don Tomás caminaba entre los pupitres vacíos mientras observaba de reojo el mapa colgado a la derecha de la pizarra»
Caía la tarde con apenas un rastro de luz dentro del aula. Don Tomás caminaba entre los pupitres vacíos mientras observaba de reojo el mapa colgado a la derecha de la pizarra. Allí, recordaba lo nervioso que se ponía Juanillo cada vez que le preguntaba algo sobre la lección y sentía las miradas de todos sus compañeros.
Don Tomás casi pisó un papel caído en el suelo; al leerlo con sus gafas redondas, percibió entre líneas una sensación de gratitud. El estilo de la caligrafía dejaba claro quienes eran sus autores. Sus ojos se humedecieron al instante al darse cuenta de lo que le valoraban sus alumnos.
Tomó asiento junto a su mesa y, con una sonrisa, recordó el día en que llegó a clase con un estuche en el que les dijo tener la imagen de su alumno preferido. Al preguntarles si querían saber de quien se trataba, todos se levantaron con gran curiosidad. Don Tomás los fue llamando de uno en uno y en secreto abría el estuche. Los estudiantes no podían evitar reírse al mirarlo, pues solo se trataba de un espejo en el que cada uno se veía reflejado. ¡Qué nostalgia!
Una repentina punzada de dolor atravesó su corazón.
Con los primeros rayos del nuevo día; los chicos, como él los llamaba, fueron pasando a clase. Sus miradas se dirigieron de unos a otros para pedir silencio absoluto y así no interrumpir el sueño de su querido profesor, al ver que Don Tomás permanecía sentado, inmóvil y con la cabeza apoyada sobre su mesa.
@ Manuel Sanz Real

