
La buena madre
La mujer va sacando las cosas de la cesta colocándolas en la cinta de la caja del supermercado. Yo la observo porque, ¿qué otra cosa puedo hacer si soy el siguiente? Veo en ella un gesto de duda, y al fin deja una lata de mejillones donde los chicles, discretamente. La mujer es todavía joven, pero hay un destello de luz argentina en alguno de sus cabellos. Y, aunque limpia, lleva unas ropas algo pasadas de moda. A su lado, un niño pelirrojo al cual le cuelga un moco, tira de la manga de la mujer señalando -donde los chicles- un fantástico coche rojo de juguete.
-Otro día, cariño -ruega la madre mientras abre un paquete de pañuelos.
Miro con pena cómo se dirigen a rescatar el carro de la compra y allá que voy yo decidido con el coche rojo. No me atrevo sin embargo a dejarlo en el ancho bolsillo del viejo abrigo de la buena madre.
Y todavía dubitativo, con el juguete en la bolsa, y con el niño de la mano de la madre, aún estoy tentado de abordar su paseo y llamar la atención:
-Señora, el juguete del chaval.
Pero aquí estoy en casa, lamentando no haberlo hecho y celebrando a un tiempo este sabio criterio de la mujer, que el mocoso, si guarda memoria, tardará años en valorar. ¿Lo haría obligada por la necesidad o para no ceder al capricho del crío y darle una lección de vida?
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Misión especial
La muchacha es leve y bonita. Sola, atiende a la temprana parroquia que ocupa dos o tres mesas del local. Aun así, es preciso hacer una pequeña fila pues la chica no da abasto para preparar el café y los desayunos. Yo me maravillo del orden que lleva, de la limpieza que se ve. No es preguntado ningún cliente sin haber terminado de servir al anterior.
Uno elige un sitio y hojea -es un decir- uno de esos periódicos digitales mientras ve cómo la cafetería se va llenando y tiene que salir de la cocina otra empleada. Pero la joven no para un segundo. La chica, que habrá tenido que madrugar para asearse; que se ha maquillado con discreción y buen gusto; que acaso ha cruzado la ciudad para terminar agotada al final de su jornada; que volverá mañana de nuevo no va a saber que una parte de ella paseará en el ánimo de las gentes por las frías calles de la ciudad.
El precio justo, o el pago con tarjeta bancaria. No hay posibilidad ya de dar una roñosa propina a la camarera sin hallarnos ante una azorada situación, sin esquinar la mala interpretación que afecte al pudor de la muchacha. Que a uno le gustaría ver sentada también, como nosotros, disfrutando de su tiempo libre, aunque fuera un instante.
En su lugar, su actividad es incesante, su trabajo no acaba. ¿Tendrá un salario acorde a sus esfuerzos? Quién se lo pregunta. Nosotros terminamos el desayuno o el café, salimos al pasillo a otra cosa o a la calle sintiéndonos culpables por disfrutar de unos ratos de holgura. Pero hay gente que trabaja y que en casa, todavía después le espera la faena del hogar. ¿Es todo esto reconocido por la sociedad? ¿Serían capaces quienes gobiernan de valorar la función de cada uno, de cada familia y de no agotar la paciencia de los agotados españoles?
No puedo más: me asombra que el gesto de la muchacha no delate una sombra de disgusto o de queja. Que todo sea tan perfecto y encantador. Salgo al fin por la puerta preguntándome: ¿no será acaso un autómata con apariencia humana? ¿Un ser interplanetario y astral infiltrado en una de nuestras estructuras básicas? Nada de ello, seguramente. Porque… ¿y si se tratara de una espía libanesa destacada en misión especial?

