
«Era un refugio donde la naturaleza y el alma se entrelazaban. Donde cada olor y cada sonido contaban una historia irrepetible»
El sendero se retorcía incitando a los caminantes a perderse en su laberinto. El aire, impregnado de fragancia a tierra mojada, traía consigo notas de pino resinero y flores silvestres que brotaban libres a lo largo del camino. Cada paso armonizaba el crujir de las hojas junto con el lejano zumbido de las abejas.
Al avanzar, el bosque se asomaba con detalles que despertaban los sentidos. Una pareja de ardillas desaparecía entre los troncos de los árboles, mientras un cauteloso ciervo alzaba la cabeza para observar al caminante. La melodía de los pájaros saltando entre las ramas parecía narrar antiguas leyendas.
Aquella senda desembocaba en una casa camuflada bajo un dosel de sauces y robles. Por su fachada, construida con madera, se filtraba un aroma a humo de leña. Al cruzar aquel umbral uno sentía que el bosque no quedaba atrás, sino que se había instalado allí dentro.
El eco del viento filtrándose por las ventanas y el susurro cercano del arroyo, daban vida a ese hogar. En aquella casa, el tiempo parecía haberse detenido entre el presente y el recuerdo. Era un refugio donde la naturaleza y el alma se entrelazaban. Donde cada olor y cada sonido contaban una historia irrepetible.
@ Manuel Sanz Real

