
«En el decimonónico cuerpo militar se entra con juventud y delgadez y no con los atributos físicos de un viejo brigada sin afeitar, próximo a pasar a la reserva»
Compartiendo la contraportada del pasado día 12 en el ABC están, además del Verbolario de Rodrigo Cortés, las columnas de Ramón Palomar y María José Fuenteálamo, que ha escrito -bien- un artículo futbolístico sobre el Real Madrid y que se enmarca o participa de una polémica entre su presidente, Florentino Pérez, y el diario de Prensa Española. Yo, que ni entro ni salgo en estos asuntos aderezados con salsas o merengues he querido mejor leer y comentar lo del tricornio de Palomar, sombrero que según cuenta tiene en el recibidor de su casa como “detector de gilipollas”. Por si no quieren o no pueden leer la columna que titula “Tricornio” trataré de resumirla con brevedad. Pues resulta que don Ramón indaga en el gesto de las visitas la reacción que les provoca su encuentro con la prenda benemérita. Si es de “repelús estreñido” ofrece al visitante un refresco barato. Si el amigo, amante de la Guardia Civil sin duda, se coloca con devoción el charol en la cabeza, el anfitrión le escancia el güisqui más caro “para que le retumben las entrañas”. Entre uno y otro provisional inquilino de su hogar hay como una gradación, no sólo en la calidad del bebercio sino también en la extensión del tiempo y, me imagino, que de la charla. Para ello tiene instalado ese detectómetro, algo anacrónico pero infalible.
Según la horma de la cabeza que se use es conveniente acudir a uno u otro fabricante. Ignoro cuál será el de Palomar, pero a su calva le iría muy bien el de Moya, de raso azul y hecho en Herrera de Sevilla, que es más ovalado y más elegante que el de Valle, sombrerero que casa más con el molde craneal de don José Luis Ábalos, pongamos por caso, cuya cabeza es algo redondeada y lo mismo acepta un sombrero de picador (con perdón) que una boina de Tolosa. Con todo, tengo que decir que entre los dos valencianos yo ficharía como guardiacivil al periodista, al que tampoco le sentaría mal gastar bigote por más imponer y dejaría fuera del Instituto que fundara el duque de Ahumada al de Torrente, porque en el decimonónico cuerpo militar se entra con juventud y delgadez y no con los atributos físicos de un viejo brigada sin afeitar, próximo a pasar a la reserva.
No sé si la entrada de Ramón Palomar es muy grande porque pueda exhibir además una de esas capas de paño verde tan imponentes que recortaban los atardeceres de los caminos de España. Ello multiplicaría la sorpresa del visitante y no digo que complete el recibimiento con un sable de oficial o un fusil de cerrojo porque si hoy las armas están mal vistas en manos de nuestros servidores públicos calculen ustedes el escándalo que provocarían en manos de un peligroso periodista.

A mí me congratula que don Ramón tenga estas aficiones admirativas y no me extrañaría nada que cualquier mañana aparezca por el viejo cuartel de Benimaclet, que tiene puerta de madera de castillo antiguo y cantina de hombre, para saludar al guardia de puertas y beberse con él un cremaet después de arrearse unos huevos fritos. Entre las muchas virtudes de la Guardia Civil no se encuentra, sin embargo, la del gusto musical. Su himno es aburrido y romo. Eso en la apasionada tierra del maestro Rodrigo es pecado, pues la región tiene quizá el himno más bonito de España, junto al de la Academia de Infantería. Eso, unido a que el Reino de Valencia dispone (medio Teruel incluido) de cuatro veces más habitantes que Aragón haría, en el improbable caso de que nos liásemos a garrotazos los de Bello y los de Luchente, los de Cantavieja y los de Villafranca del Cid, haría, como digo, que Aragón perdiera la guerra. Lanzar a la batalla el grito de “Para ofrendar nuevas glorias a España” es más épico y más hermoso que poner a todo pasto las pesadas canciones de Labordeta como si estuviéramos en el pregón de las fiestas del Pilar.
Y como ya los tiempos heroicos de la lucha contra el francés pasaron, y como Los Sitios ya son sólo una plaza de Zaragoza con flores y columpios, más vale que nuestra relación se aclare en el Centro Aragonés de la calle de don Juan de Austria, que tiene restorán. De modo que a ver qué baturro se pone jaque ante una proporción de uno a cuatro, donde los huertanos se pongan a cantar aquello de “Flote en los aires nuestra señera”. Eso, y el tricornio de Palomar.
