
“El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro gesto y desapareció la injusticia, hizo otro gesto y desapareció la guerra. El político hizo un gesto y desapareció el mago”. (Woody Allen).
Vivimos tiempos oscuros. Si ustedes han leído a George Orwell, o a otros autores con una visión global como la que él tenía, cabría decir que vivimos tiempos distópicos.
Distopía: representación de una sociedad futura o imaginaria negativa, opuesta a la utopía, caracterizada por la alienación humana, el sufrimiento y la injusticia, que se presenta como una advertencia sobre los peligros de la conformidad, la opresión y la falta de pensamiento crítico.
Nunca, jamás, un solo término definió tan bien la situación actual, tanto a nivel general como a nivel particular, en este país mediocre y gris que es España. Por poner un reparo a la definición, yo eliminaría futura e imaginaria, para rematar la auténtica realidad.
No sé qué pensarán ustedes, ya que, por el mero hecho de estar leyendo esto les considero informados; no mucha gente pasa del titular, en estos tiempos del tuit, en el que hemos convertido la opinión en 280 caracteres en información fidedigna, quizá debido a la inmediatez que nos ha venido impuesta, pero mi sensación a través de la observación del entorno es que esta desinformación disfrazada está conduciendo a una parte de la población, muy superior a la que cabría esperar, a esta conformidad y falta de pensamiento crítico que, por otro lado, van de la mano. Estas generaciones del slogan y el panfleto, que se tragan la píldora por el mero hecho de que no les interesa profundizar en nada, que dan por hecho que si los suyos lo dicen, por algo será.
Miren, es muy fácil caer en la desidia, sobre todo en este momento, en el que los medios de comunicación se han convertido, sin excepción alguna, en herramientas de polarización, en base a la mal llamada línea editorial; un concepto que, ya de por sí, nace viciado, pues no pretende ser otra cosa que la justificación para manipular la información en pro de unos intereses propagandísticos. Un concepto trasladado de la política, que lo invade todo en este maldito siglo XXI.
Y es esta línea editorial, llevada al populacho, que es lo que somos ni más ni menos, esta amortización de la ideología, la que está perjudicando de forma clara a causas que, de otra manera, no cabría otra actitud que defender. Ahora resulta que el color político es el que dictamina qué podemos defender, que podemos criticar, independientemente del sentido común y la pura humanidad. Ese paradigma, esa evangelización barata de que si defiendes determinada causa eres rojo o eres azul, eres de izquierdas o eres de derechas.
En esta España asquerosa de la pancarta y la consigna, hay gente que no manifiesta su verdadera opinión por miedo a que se le encuadre en una u otra tendencia, no una tendencia ideológica, sino puramente política, cuando se da la paradoja de que la política ya nada tiene que ver con la ideología. Nunca es justificable la cobardía, que no es ni más ni menos que lo que nos lleva a no significarnos, pero es más fácil ser valiente cuando no te estás jugando el plato de lentejas de tus hijos, o el tuyo mismo.
Volviendo a la distopía, en estos tiempos en que el pueblo judío de Israel está demostrando, por poner un ejemplo, que el ser humano no aprende nada de los errores propios o ajenos, aun habiendo sido víctima de ellos, resulta que todos vamos por la calle con una estrella bordada en la solapa. Me da igual que la estrella sea amarilla, verde o azul, pero el señalamiento público de cualquiera que demuestra tener la suficiente capacidad y el suficiente valor para expresar su opinión, es tan evidente como el brazalete nazi o la estrella de David cosida en la manga.
Desde este púlpito, atendiendo al enorme privilegio y a la gran responsabilidad de tener un medio para llegar hasta ustedes, les conmino a no doblegarse, a arrancarse la estrella que los totalitarios nos quieren imponer y a alzar la voz por las causas justas, que son independientes de cualquier color político, aunque las ratas que nos gobiernan, las que nos desgobiernan y las que ejercen una oposición laxa y cobarde nos digan lo contrario.
Solo la opinión justifica la democracia, ese sistema corrupto y defectuoso en el que nos encontramos inmersos solo cada cuatro años. Me da igual que papeleta cojan ustedes. Solo el cuestionamiento de los dogmas nos puede salvar. Cuestiónense todo, hagan preguntas incómodas, háganse preguntas incómodas. Solo en esa respuesta está la verdad.
“Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto. No quedes atrapado en el dogma, que es vivir como otros piensan que deberías vivir. No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición”. (Steve Jobs).

