
«Más de cien años después de su muerte, Mariano de Cavia da nombre a los premios de periodismo que otorga anualmente el ABC»
A Rafael Cansinos Assens no le caía simpático don Mariano de Cavia, con el que había coincidido una sola vez en 1905 en una cervecería madrileña. Con ocasión de su muerte decía el 14 de julio de 1920 que “su mérito mayor es haber comprendido y querido a Rubén Darío y bebido mano a mano con él”. Y abundando en el elogio lo describía como “famoso por sus crónicas, por su clavelón en el ojal y sus borracheras”. Lo hacía en su novela de un literato que es un compendio de la vida bohemia matritense del primer tercio del pasado siglo.
Así las cosas, más de cien años después de su muerte, Mariano de Cavia da nombre a los premios de periodismo que otorga anualmente el ABC y uno, que no quisiera meterse en líos, tendría que decir que le parece muy bien e incluso elogiar el artículo ganador (Lo que más duele no es el desarraigo) y la trayectoria literaria de la ganadora de este año. Sucede que para ello se han prestado ya numerosos colegas suyos, en un festival del bombo que deja pequeña la exaltación del citado instrumento en el Bajo Aragón y que es una de las características del moderno columnismo español, que esconde a veces una mal disimulada envidia disfrazada de amistad y falsa admiración.
No me atreveré yo tampoco a restarle méritos a Karina Sainz Borgo, que ya habrá quien lo haga, y ahí me quedo, en tierra de nadie, como el tema del exilio que trata su columna y el porqué del desarraigo que provoca. Y hay un fondo de amargura que la hace, con su padre muerto ya, aceptar ese desarraigo, como una herencia familiar que la lleva a dejar de pertenecer a “una casa, una ciudad, una nación, un trabajo, un grupo”. Y a negar la existencia de las literaturas nacionales. Todo ello convenciones y transacciones políticas, que no son más que “una elección de los otros”, según la escritora.
Pero, ¿no tenía entonces Eneas una patria a la que recordar, arrebatada desde ese caballo preñado por el engaño? El paralelismo del Caballo de Troya tiene hoy tan sugerentes interpretaciones que incendiarían ese buen tono del que se nutren las noches de cerveza y canapé en la entrega de los premios. Porque, ¿quiénes fueron obligados a abandonar su mundo, Eneas cargando a su padre ciego y a su hijo o los griegos que tomaron Troya?
Los ejemplos del exilio serían infinitos y Sainz Borgo da unos nombres, invocando la autoridad de María Zambrano. La referencia a Clara Campoamor hubiera revolucionado al auditorio, si se hubiera dejado constancia de su huida del Madrid republicano a cuya beneficencia no consideró oportuno acogerse. Doña Clara cogió las de Villadiego y hoy tiene nombre de estación de trenes, que al igual que un puerto de mar es el corazón del regreso y el espanto de la partida.
Desde hace décadas tenemos dentro de España una diáspora, que es la de los vascos perseguidos por sentirse españoles, ese otro trasterramiento silencioso, como el del Ovidio exiliado en la Dacia, narrado por Vintila Horia, quien volvería en cierto modo al tema del aislamiento y el destierro en Perseguid a Boecio. El “destierro y el desplazamiento han sido -dice Sainz Borgo en su discurso de agradecimiento- después de la muerte, la circunstancia máxima del ser humano”. De todos los incontables exiliados en el terrible siglo XX, el ejemplo de Alexandr Solzhenitsyn hubiera servido más que otros para ilustrar esa circunstancia vital (en su caso torturada además por los campos de concentración del gulag soviético).
Pero yo, con todo, no podría negar el valor que tiene la palabra y el testimonio de Karina Sainz Borgo sin ahondar más en su desarraigo y estimar lo que, por escrito y de palabra, nos ha dicho. Y porque, además, ni ella es don Mariano de Cavia, ni yo Cansinos Assens, ni tengo porqué tenerle antipatía… ni hemos coincidido, siquiera brevemente, en una cervecería de Madrid.

