Miguel Ángel Blanco: una semilla de esperanza que el odio no pudo destruir. Por Javier Ygartua

Miguel Ángel Blanco: una semilla de esperanza que el odio no pudo destruir.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9).

Estas palabras del Señor resuenan con especial fuerza cuando recordamos a Miguel Ángel Blanco. Su nombre no pertenece únicamente a la historia de España; pertenece también a la memoria moral de un pueblo que un día comprendió, entre lágrimas, que la libertad tiene un precio y que la indiferencia nunca puede ser el camino.

 

En aquellos días de julio de 1997, España vivió un auténtico vía crucis. Millones de personas siguieron con angustia las últimas horas de un joven cuya única «culpa» había sido servir a sus vecinos y defender sus convicciones por medios democráticos. Fueron horas de oración, de silencio y de esperanza. Horas en las que muchas iglesias permanecieron abiertas y en las que innumerables corazones elevaron su súplica a Dios.

 

La violencia de ETA creyó que podía imponer el miedo. Pensó que una bala podía silenciar la verdad. Pero el odio nunca tiene la última palabra. La muerte de Miguel Ángel Blanco despertó la conciencia de una nación. Como el grano de trigo del que habla el Evangelio, su vida, entregada de forma tan injusta, dio fruto en el rechazo decidido al terrorismo y en el compromiso de muchos con la defensa de la libertad y de la dignidad de toda persona.

 

Ante una tragedia así, los cristianos no respondemos con deseos de venganza. Cristo, desde la Cruz, nos enseñó un camino más difícil y más grande: el de la verdad, la justicia y el perdón.

 

Perdonar no significa olvidar ni justificar el mal. Significa impedir que el odio eche raíces en el corazón. Solo la verdad hace posible una reconciliación auténtica; solo la justicia honra a las víctimas; solo el amor de Dios puede sanar las heridas más profundas.

«Que su memoria siga siendo una llamada permanente a defender la verdad, la libertad y la dignidad inviolable de toda vida humana»

Por eso, recordar a Miguel Ángel Blanco es también rezar por todas las víctimas del terrorismo, por sus familias y por una España reconciliada en la verdad. Es pedir al Señor que nunca permitamos que el olvido o la indiferencia borren el testimonio de quienes sufrieron por defender la libertad y la convivencia.

 

Que la Virgen María, Madre del Consuelo, abrace a quienes todavía lloran la ausencia de sus seres queridos. Que san José, custodio de la esperanza, fortalezca a quienes trabajan por la paz. Y que Cristo, vencedor del pecado y de la muerte, conceda a Miguel Ángel Blanco el descanso eterno y la alegría sin fin de su Reino.

 

Porque la última palabra no pertenece al terror.

 

La última palabra pertenece a Dios. Y Dios siempre pronuncia una palabra de vida, de esperanza y de amor.

 

Descanse en paz Miguel Ángel Blanco. Que su memoria siga siendo una llamada permanente a defender la verdad, la libertad y la dignidad inviolable de toda vida humana.

Javier Ygartua Ybarra

Ex interesado en la política, siempre interesado en el deporte, ahora prácticamente en forma. Madridista ante todo, futbolero y fan de la Selección Española. Hala Madrid y nada más.

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