(1) San Isidoro de Sevilla, la paternidad de España. Por José Crespo

San Isidoro de Sevilla, la paternidad de España. En la imagen San Leandro y San Isidoro. Ignacio de Ries. Catedral de Sevilla.

«San Isidoro de Sevilla, artífice del unificador IV Concilio de Toledo, es considerado el padre y creador del concepto y materialización de España como nación»

Quiero iniciar y terminar estas líneas con una sencilla declaración. Si intentamos hablar del ser y la esencia de España y no hablamos de San Isidoro y de reyes como Leovigildo y Sisebuto, lo haremos sin conocimiento de causa, ignorancia premeditada o maliciosa fruto de un sistema educativo corrupto que viene borrando nuestras raíces, de la mano de una casta política pretenciosa, fundamentalmente ignorante, cortoplacista y presentista de todo color, dispuesta por el poder a atravesar cualquier línea de la mano de los enemigos de España que la quieren demoler. Sólo si crees en este párrafo inicial te animo a seguir. En caso contrario abandona y asciende al disfrazado cadalso de la comodidad y deja caer tu cuello sobre el mullido cojín colocado por los enemigos de España sobre el cepo o tajón y atente a las consecuencias de haber condenado tu pasado al polvoriento zaquizamí del olvido.

 

San Isidoro de Sevilla, artífice del unificador IV Concilio de Toledo, es considerado el padre y creador del concepto y materialización de España como nación. En el siglo VI, culminó la unión de visigodos e hispanorromanos en una sola Fe Católica. Precisamente en su obra Etimologías, escribió el famoso texto conocido de «Alabanza a España», De Laude Spaniae, en el que por primera vez definió a España como una madre patria unida desde los Pirineos y ocupando espacialmente la totalidad de la Península Ibérica.

 

El Cuarto Concilio de Toledo celebrado en Toledo durante unos pocos días desde el 5 de diciembre del 633, en presencia del rey Sisenando, y bajo la dirección del obispo de Sevilla, Isidoro. Se celebró en la iglesia de Santa Leocadia, construida por orden del anterior rey Suintila. El canon 75 del IV Concilio de Toledo es considerado como la primera constitución escrita de la península, y probablemente, la primera de Europa, y tuvo tal importancia que el V Concilio de Toledo decretó que fuera leído dicho Canon al principio de sus sesiones y al principio de todas las sesiones de los siguientes concilios.

 

Hasta San Isidoro, España, Hispania, era solo una provincia romana circunscrita a un espacio geográfico y precisamente fue el responsable de transformar esa comunidad de gestión geográfica en una entidad política y cultural a la que dio un alma común gracias a la Religión.

 

Lógicamente esta idea en rechazada o soslayada por una ignorante y atea izquierda que debate el concepto de España en el que diversas corrientes políticas suelen cuestionar que el nacimiento de la nación se sitúe en la Edad Moderna.

 

Recordemos que debemos remontarnos más allá de la reunificación ibérica al final de la «Reconquista» a la que debemos nombrar según los textos como la «recuperación de España» pues en la historiografía y los debates políticos en España, la Edad Moderna se identifica como el momento de la unificación territorial y el nacimiento del estado español al alcanzarse la unión de las coronas de Castilla y Aragón bajo los Reyes Católicos sentándose las bases de esta etapa histórica.

 

Sectores erróneamente autodenominados como “progresistas” tienden a vincular el verdadero nacimiento de la España moderna y democrática a la Edad Contemporánea. Argumentan que España como nación moderna surge con la creación de la soberanía nacional frente al absolutismo, hito marcado por las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, considerando desde esta perspectiva, que el periodo de los Reyes Católicos representó simplemente una unión dinástica de territorios, no una nación moderna, argumentando que el sujeto político se basa en la voluntad ciudadana y no en un pasado imperial, razón por la que han demolido el sistema educativo borrando cualquier alusión a nuestros antecedentes isidorianos en una extensa trayectoria histórica que se consolida como nación moderna precisamente a partir del siglo XV con los Reyes Católicos.

 

Es lógico el rechazo al revisionismo histórico de la izquierdista que nos empuja al relato plurinacional o contemporáneo que busca fracturar la unidad nacional, renegando de la importancia de figuras como los Reyes Católicos y los Austrias como constructores de la identidad española y olvidando los antecedentes que tratamos en estas líneas.

 

Recordemos, para enmarcar futuros comentarios, la lista de los reyes godos o visigodos en la que se incluyen más de 30 monarcas que gobernaron entre los siglos V y VIII y cuyos reinados podemos enmarcar en dos etapas, el Reino de Tolosa y el Reino de Toledo.

 

Durante la etapa de Tolosa (418-507), los visigodos eran aliados de Roma y vivían al sur de la actual Francia y entre los que encontramos a Ataúlfo (410-415), Walia (415-418), Teodorico I (418-451), Eurico (466-484) quien declaró la independencia total, y Alarico II (484-507).

 

En la segunda etapa de Toledo (507-711), tras perder en territorio al norte de los Pirineos, los godos se trasladaron a la península ibérica, Hispania. Entre ellos contamos con Atanagildo (551-567), el filicida Leovigildo (568-586) que ajustició a su hijo San Hermanegildo, y que unificó la península, Recaredo I (586-601) que convirtió la totalidad del reino al Catolicismo, Suintila (621-631), Recesvinto (653-672), Witiza (702-710) y Rodrigo (710-711) el último rey godo.

 

En la conformación habitual de la lista se obvian discontinuidades y solapamientos en los reinados. La lista se iniciaba con Ataúlfo que fue el primer rey visigodo que tuvo relación con las entonces provincias romanas de Hispania, que estaban padeciendo las invasiones germánicas desde 409, y sobre las que no se estableció de forma más estable el reino visigodo de Toledo hasta el siglo VI, y se concluía con Rodrigo, al considerar que había perdido el reino. Los visigodos consideraban al pagano Atanarico (318-381) quien consideraba que el Cristianismo socavaría las tradiciones góticas, fue coetáneo del emperador Valente primero y de Teodosio I poco antes de morir el 25 de enero de 381.

Cuadro general de los reyes godos

Para hablar del antecedente hispánico isidoriano debemos remitirnos a dos sabios de su tiempo, al propio San Isidoro (560-636) y al rey godo Sisebuto (612-621) quienes se profesaron amistad y un mutuo respeto, personajes tratados por el escritor y certero analista medieval José Soto Chica.

 

Es una historia de esa olvidada primera España que, como no podía ser de otro modo al tratarse de los godos, se cierra con una venganza, una historia que lamentablemente se ha dejado de lado tanto en los colegios como en muchas universidades, y que por su importancia debemos de traer a la luz pues hablamos de la primera semilla que germinó en lo que somos hoy día, es decir en nuestra propia identidad. Es importante, tal como hemos mencionado más arriba, donde mencionamos la Alabanza de España, Laus Spaniae, que hace San Isidoro como la tierra más hermosa del mundo y madre feliz de príncipes y pueblos, en su Historia de los Godos, Vándalos y Suevos, Historia de regibus Gothorum, Vandalorum et Suevorum.

 

En el prólogo de la obra, San Isidoro de Sevilla define a España como el honor y ornamento del mundo, allí exalta sus riquezas naturales, como los frutos, el vino y las cosechas. Para San Isidoro, los visigodos son los defensores y la gloria de la península, por lo que en su obra sella la unión de la historia de los godos con la identidad de España. Describe cómo Vándalos y Suevos devastaron la península ibérica a principios del siglo V que al final, los visigodos lograron unificar territorialmente bajo un solo reino católico.

 

Ese siglo VII, lejos de mitos de atraso y pobreza fue un siglo de renacimiento cultural, como no se había conocido en Occidente desde la mismísima caída del Imperio Romano aquel año 476 d. C. cuando el último emperador, Rómulo Augústulo, fue depuesto por el jefe germano Odoacro.

 

En cambio, ese olvidado renacer alimentó otro que sí es más conocido y que es el llamado Renacimiento Carolingio, que no habría sido posible sin las figuras del rey Sisebuto y San Isidoro y el esfuerzo que pusieron en marcha en Hispania a inicios del siglo séptimo.

 

El rey Leovigildo (568-586), hijo de Amalarico o de Liuverico según estudios, compartió trono, o estuvo asociado a él, con su hermano Liuva I (568-572), desde que este fue proclamado rey hasta que falleció. Leovigildo había conseguido algo que parecía increíble cuando llegó a Toledo en los primeros días del año 569, pues había convertido a Hispania en un reino poderoso y capaz de resistir los ataques de los francos por el norte y frente a las embestidas por el Mediterráneo de la reconquista romana de Justiniano I del Imperio bizantino o romano de Oriente que había conquistado el sur de la península ibérica alrededor del año 552 con el  objetivo de la ‘Recuperatio Imperii’, un plan para recuperar las tierras del antiguo Imperio Romano, campaña tras la que estableció la provincia llamada Spania. En el año 552, los visigodos que gobernaban España estaban en plena guerra civil. Un bando pidió ayuda al emperador Justiniano quien se percató de la oportunidad perfecta para recuperar el control romano del mar Mediterráneo y del estrecho de Gibraltar, tomando Cartago Nova, actual Cartagena, Malaca, actual Málaga, la actual zona de Almería, Granada y parte de Murcia, además de las islas Baleares.

 

El reino visigodo aspiraba a muchos más que sobrevivir, a convertirse en la primera potencia del occidente mediterráneo. Al rey Leovigildo le sucede Recaredo I (586-601), su hijo, que se muestra más ambicioso da un paso más allá pues tras la unidad política, alcanza no sin dificultad la unidad religiosa, fundamental en la época y que iba a consumar la fusión de dos pueblos, el pueblo godo, una minoría, pues no entraron en la península probablemente más de 100.000 personas, con la inmensa mayor parte de la población que era hispanorromana, más del 98 por ciento de la misma. Podemos afirmar que el legado que dejan tras de sí Leovigildo y su hijo Recaredo es muy diferente al que recibieron. Tiempos en los que vivieron personajes como Claudio, Dux de Lusitania de estirpe hispanorromana, uno de los generales más exitosos tanto con Leovigildo como con Recaredo, y que, siendo católico, jugó un papel crucial en la guerra civil entre Leovigildo y Hermenegildo, al igual que otros católicos como el godo Juan de Biclaro, obispo de Gerona en 591, que en su crónica criticó la tiranía de Hermenegildo. Claudio, hispanorromano, general del ejército godo venció en Carcasona a los francos de Gontrán I de Borgoña mandados por el duque Boso al mando de 60.000 hombres, según San Isidoro y Biclaro, en su pretensión de tomar la provincia goda de la Septimania. Esta victoria es de gran trascendencia e incluso es señalada por el cronista franco Gregorio de Tours. En una misiva del papa Gregorio Magno al dux lusitano, de basta cultura con el que se carteaba, le confiaba la seguridad del abad Ciriaco, lo cual engrandece su figura y su fama y además le alaba por su constante cercanía a Recaredo.

 

De ese tiempo es el obispo godo Masona de Mérida, primero arriano y luego católico, que a punto estuvo de perecer en la conjura de 588 urdida en Mérida, Lusitania, por el obispo arriano Sunna, los nobles godos Segga y Vagrila, y Witerico, que sería rey de los visigodos entre 603 y 610, y desarticulada por el dux de Lusitania Claudio a quienes perdonó a pesar de lo que más tarde se conjuraría contra el hijo de Recaredo, Liuva II (601-603), para alzarse con el trono.

 

La separación entre godos e hispanorromanos se había comenzado a difuminar con Leovigildo y con la suma de ambos pueblos se estaba dando origen a la Hispania, en la que surgieron hombres como el rey Sisebuto y San Isidoro.

 

En el año 602 muere Recaredo, deja en el trono a un hijo muy joven que contaba con 18 años de edad, Liuva II (601-603) que era hijo de la plebeya Baddo o Bada, antes de que estos contrajeran matrimonio religioso poco antes del III Concilio de Toledo de 589, lo cual hizo que tras su acceso al trono no contara con los apoyos de la nobleza visigoda, a la que por vía materna era ajeno.

Hispania romana.

A pesar de su origen es la primera reina de la Historia de España que nos ha legado un documento público con su firma impresa en las actas del III Concilio de Toledo en donde consta «Yo, Baddo, reina gloriosa, firmé con mi propia mano esta fe en la que creo». También llamado Concilio de la Conversión, convocado por Recaredo y organizado por el obispo San Leandro de Sevilla y el abad Eutropio de Valencia, comenzó el 8 de mayo del 589 y en él que quedó sellada la unidad espiritual y territorial del reino visigodo en su etapa del reino de Toledo, que dejó oficialmente de ser arriano y se convirtió al Catolicismo, que era la religión que profesaban los hispanorromanos. El rey Recaredo hizo profesión de Fe Católica y anatematizó a Arrio y sus doctrinas, se atribuyó la conversión de los pueblos godo y suevo al catolicismo y varios obispos arrianos abjuraron de su herejía.

 

Esa idea de España queda patente en la obra Historia de los Francos de Gregorio de Tours, historiador y cronista franco del siglo VI de familia galorromana de rango senatorial, que además de las menciones a la enemistad de Leovigildo con su hijo mayor Hermenegildo, cita a Recaredo en varias ocasiones como ‘rey de Hispania’, «En ese tiempo el rey Recaredo de España, inspirado por la misericordia divina», igual que denominó a su padre Leovigildo como ‘rey de los hispanos’, «Tras la muerte el rey de España Leovigildo…».

 

Cuando San Isidoro escribe su Historia de Hispania y ya en la convocatoria del Cuarto Concilio de Toledo del año 633, vemos que los términos ‘reino de los godos’ y ‘reino de Hispania’ indican lo mismo y son sinónimos. 

 

El origen materno de Liuva II supuso un lastre para su reinado lleno de las típicas luchas y enfrentamientos entre linajes dentro de la nobleza visigoda, entre la que tenía un enemigo declarado el duque Witerico, mencionado anteriormente, que había sido conde en Lusitania y había sido el hombre que traicionó a los conspiradores que trataron de levantarse contra Recaredo, atentando contra el obispo Masona y el propio duque Claudio en 587, y aunque como hombre del Recaredo al final le traicionó y en apenas unos meses a hizo que se amputara la mano derecha a Liuva II, lo que le imposibilitaba para reinar, y lo encerró en un calabozo en Toledo para más tarde condenarlo a muerte y ejecutarlo entre el 12 de junio y el 7 de agosto del 603) para luego hacerse con el trono, dentro de la brutalidad propia de los godos que entre ellos tan pronto le cortaban una mano a un candidato o le hacían la tonsura a otro posible heredero para ingresarlo en un convento e imposibilitarle de una u otra forma para reinar.

 

En esa dinámica Witeriko (603–610) no iba tampoco a sobrevivir mucho tiempo hasta su asesinato en 610. Su reinado es un reinado caracterizado por la discordia, por enfrentamientos con los francos además de estar enfrentado a una parte de la nobleza y del clero, además de sus infructuosos intentos por recuperar los territorios ibéricos bizantinos. Tras su muerte en un banquete su cuerpo fue arrastrado por las calles de Toledo y descuartizado en recuerdo de su traición perpetrada en el asesinato del hijo de Recaredo y de su carácter explotador siendo tildado como «el más malvado ladrón». Los nobles conjurados aclamaron como rey a uno de ellos, llamado Gundemaro (610-612) probablemente dux de la Narbonense donde había tratado amistosamente a los «exiliados y perseguidos». Tras la muerte de Witerico, Isidoro de Sevilla escribió: «Había matado con la espada, murió con la espada».

Sisenando

 

Tras esta introducción necesaria es ahora cuando aparece el nombre de Sisebuto (612-621) sucesor de Gundemaro y perteneciente a la misma estirpe goda. Es precisamente Sisebuto el constructor de la iglesia de Santa Leocadia en Toledo, que más tarde fue sede de cuatro concilios.

 

Sisebuto fue hombre cercano y de confianza de Gundemaro y que toca poder desde el principio, tras una cuidada formación en el Monasterio Agaliense fundado cerca de Toledo entre los años 590 y 600, centro puntero del momento por sus estudios sobre Astronomía, y hoy olvidado su emplazamiento sobre el que se especula sobre algún lugar en las afueras de la ciudad, en la zona del Cigarral del Santo Ángel Custodio, en el área de La Peraleda o al norte de la iglesia de San Pedro y San Pablo, cerca de donde estuvo la Fábrica de Armas. Allí aprendió sobre Astronomía y Ciencias y más tarde, ya como monarca, gobernó Hispania y nombró a grandes obispos formados en este mismo lugar de donde salieron grandes líderes religiosos como San Eladio y San Ildefonso.

 

Sisebuto es en el año 610 un hombre fuerte con aspiraciones en tiempos de Gundemaro que apenas reinaría dos años, que se pasó en guerras contra los bizantinos y en una campaña exitosa contra los vascones a los que sometió, ya que efectuaban continuas expediciones de saqueo por la costa cantábrica y a lo largo de los valles del Ebro y Duero. Vascones ubicados al norte de Navarra y que empujaban hacia lo que hoy es el País Pasco, donde habitaban várdulos, caristios y autrigones no había vascones que iban instalándose desde finales del siglo V y comienzos del siglo VI en lo que hoy es Guipúzcoa y presionando sobre los territorios de las actuales Álava y Vizcaya. Es en estas campañas donde se forja el espíritu guerrero de Sisebuto, que se compaginaría con su carácter erudito y sabio.

 

Al fallecer Gundemaro de forma natural en 612, cosa rara entre los godos, la fama de Sisebuto le precede razón por la que de inmediato es aclamado como rey. Leovigildo, perteneciente al importante linaje ostrogodo de la casa real de los Amalos o Amelungos, aspiró a crear una dinastía que como dinastía reinante terminó definitivamente en el 553 tras la caída del Reino Ostrogodo de Italia a manos de los bizantinos. Vemos que entre los godos el poder era básicamente para el más fuerte y, en teoría, era una monarquía electiva que no había terminado de asentarse bajo una regulación efectiva, quedando todo al albur de la fuerza o al prestigio como sucedió en el caso de Sisebuto.

 

De este monarca extraordinario se han conservado una colección de cartas escritas dirigidas a distintos personajes, entre ellas una preciosa dirigida a uno de sus hijos, Teudila, convertido en monje, en esta misiva, el monarca lo felicitó por su decisión y le aseguró que la vida en el monasterio le daría grandes beneficios espirituales y le ayudaría a salvar. 

 

También tenemos otra de amonestación al obispo Eusebio de Tarragona al que le reprende por su desmedida afición a los espectáculos teatrales, ludi teatrales, y por las carreras de carros y le ordena consagrar inmediatamente a su candidato para la diócesis de Barcelona. Tenemos otra dirigida a otro obispo, Cecilio de Mentesa, actual localidad de La Guardia en Jaén en la que el monarca reprende con dureza a Cecilio por intentar retirarse a un monasterio tras haber sido liberado de su captura por los bizantinos. Sisebuto se opuso tajantemente a la decisión de Cecilio argumentando que un obispo no debía huir de sus responsabilidades eclesiales para buscar una vida de retiro.

 

En todas esas cartas se nos aparece un rey cargado de humanidad, al igual que en otras recogidas en la valiosa colección de documentos llamada Epistolae Wisigothicae, documentos diplomáticos y científicos que revelan el pensamiento de la época donde destacan su misiva astronómica sobre los eclipses y su correspondencia política para hacer la paz y difundir la Fe.

 

Ahí se encuentra la correspondencia con el patricio Cesáreo, gobernador de la Hispania bizantina, cartas escritas durante un conflicto con ese imperio. Una Hispania bizantina, comprendida aproximadamente entre donde hoy se encuentra el río Barbate y el río Turia en Valencia. En ellas se muestra cómo se negociaban los tratados de paz y cómo funcionaba la política y la diplomacia en el siglo VII. 

 

En esas cartas se nos muestra un hombre que, aunque guerrero, está lleno de humanidad, preocupado por la sangre derramada, y sus consecuencias, muerte, destrucción y esclavitud, dando muestras de detestar la violencia, aunque sea capaz de hacer la guerra por su tierra. Históricamente, Sisebuto destacó por su gran clemencia en la guerra al utilizar su propio tesoro real para pagar el rescate de prisioneros de guerra capturados por su ejército durante sus campañas contra los bizantinos, esto les salvó de ser esclavizados como botín. Esto muestra un lado muy humano de Sisebuto pues en la Edad Media, los soldados ganaban dinero vendiendo a sus enemigos como esclavos. Al pagar por ellos, el rey evitó que sufrieran ese terrible destino.

 

Ese nivel tan humano le sería reconocido por los historiadores godos, como San Isidoro, pero también de lugares alejados en Europa los historiadores de otros lugares de Europa, como es el caso referido en la Crónica del Fredegario escrita en Borgoña, narra la historia desde la creación del mundo hasta el año 642. Una importante obra histórica franca, que reconoce al rey visigodo Sisebuto en su Libro IV, escrito hacia el 664, como un hombre culto, sabio, piadoso, valiente y digno de alabanza, destacando su gran humanidad, recordando que pagó de su propio bolsillo para liberar a muchos prisioneros de guerra que habían sido esclavizado, y además detalla sus campañas contra los bizantinos y su dominio sobre el norte de la península.

 

Esta noble proceder es reconocido por cronistas lejanos lo cual muestra que la fama del monarca traspasó las fronteras de Hispania. Además de sus virtudes personales, Sisebuto pasó a la historia como un gran gobernante y un patrón de las Artes y las Ciencias. Podemos considerarle un precursor del humanitarismo pues en lugar de vender como esclavos a los prisioneros tras una victoria militar, Sisebuto usó recursos para comprar su libertad y dejarlos marchar. Fue un rey sabio que se granjeó la amistad personal de San Isidoro y además protector de la cultura pues encargó y promovió la creación de importantes textos científicos y literarios, destacando su propia obra poética y sus tratados sobre astronomía, como el De Natura Rerum

San Isidoro de Sevilla

 

Sisebuto es autor de la famosa hagiografía de San Desiderio obispo de Vienne, llamada «Vida y Pasión de San Desiderio», Vita uel Passio Sancti Desiderii, escrita alrededor del 613. Obra ésta que va más allá del carácter biográfico pues podemos considerarla política dado que no se queda en las alabanzas al santo, sino que hace un libelo contra una mujer de la época, fascinante donde las haya responsable de su asesinato junto con su nieto Teodorico.

 

Esa mujer es Brunegilda o Brunequilda de Borgoña criticada por sus actos impíos y su tiranía. Esta es una de las pocas obras literarias importantes que se conservan de la Hispania visigoda. Brunegilda, a veces llamada Brunilda, fue una princesa visigoda hija del balto Atanagildo (551-567) y Goswintha, Gosvinta o Gosuinda, que también sería esposa de posteriormente de Leovigildo.

 

 Brunegilda, por matrimonio con el rey franco Sigiberto llegó a ser reina y regente de Borgoña y Austrasia, es decir la parte nororiental del reino de los francos durante el periodo de los reyes merovingios, en contraposición a Neustria, que era la parte noroccidental. Participó en los conflictos y guerras contra Neustria causados por el asesinato de su hermana Galswinta, Galsuinda o Galesvinta, nacida en Toledo y luego reina de Neustria por matrimonio con el rey franco Chilperico I.

 

Brunegilda gobernó mediante el terror con puño de hierro cerca de sesenta años y acusada de “asesina de reyes” en la Crónica de Fredegario, mediante veneno, asesinos u dagas envenenadas, donde se afirma que ella mandó matar al menos a diez monarcas y príncipes rivales para defender su poder, cifra que posteriormente se consideró como propaganda política para justificar su terrible ejecución en el año 613. Sin embargo, el detalle de deshacerse de sus propios hijos se confunde a menudo con su gran rival, la reina Fredegunda, su cuñada y rival a muerte, responsable de la muerte de su hermana. Las rivales usaron venenos y asesinos para atacar a sus familias durante años. Fredegunda mandó matar al esposo de Brunegilda y a muchos príncipes. Brunegilda gobernó durante muchos años y sobrevivió a Fredegunda, pero al final, el hijo de Fredegunda, Clotario II, capturó a su tía Brunegilda y la ejecutó cruelmente, tras torturarla durante tres días, atada a varios caballos salvajes, arrastrada y descuartizada hasta morir.

 

Sisebuto también escribió sobre Astronomía, su obra astronómica conocida como el Astronomicum, y un poema científico de 61 versos dedicado a San Isidoro de Sevilla donde explica las causas de los eclipses de sol y luna con bases racionales. Además, rechazó las creencias falsas de su época, explica que la luna no tiene brillo por sí misma, sino que refleja la luz del sol y también explica que la tierra es esférica. Un detalle a argumentar contra los desvaríos negrolegendarios que acusan a la Edad Media como un periodo oscuro de incultura en el que la gente creía que la tierra era plana. Únicamente en ciertos textos y por una cuestión puramente teológica se hablaba de la Tierra como un tabernáculo, como, por ejemplo, Cosmas Indicopleustes, marino griego de Alejandría que navegó a Etiopía, la India y Sri Lanka en la primera mitad del siglo VI, que posteriormente se hizo monje, quizá nestoriano, y hacia el año 550 escribió un texto, llamado Topographia Christiana, que ilustró profusamente y dividió en doce libros.

 

Cosmas se proponía demostrar a los cristianos que, a pesar del Almagesto de Claudio Ptolomeo, la Tierra no poseía forma esférica, sino más bien la de una caja rectangular. Cosmas, que era marino y debía saber de la redondez, no se basó en la Ciencia, sino que dentro de una mirada teológica pensó que el universo debía construirse imitando el Tabernáculo del Antiguo Testamento, la tienda sagrada que Moisés construyó en el desierto. Durante la Antigüedad y la Edad Media, casi todos los eruditos cristianos y pensadores sabían que la Tierra era esférica.

 

En el poema mencionado Sisebuto sabe que la tierra era esférica y lo demuestra en el mismo que ofrece a su amigo hispanorromano Isidoro.

 

Isidoro del Sevilla, Isidoro ispalense, nace en torno al año 560 en una familia noble procedente de Cartagena, Carthago Spartaria, que cuando es reconquistada por los romanos, en el año 555, quedando como capital de su provincia Spania, deciden no quedar bajo el dominio del emperador de los romanos, sino mantenerse bajo el dominio del rey de los godos y emigran a Sevilla. 

 

Isidoro tenía una familia cultísima, erudita, en la que destacaron personajes como San Leandro, San Fulgencio de Córdoba y su hermana Florentina de Cartagena, una de las mujeres más sabias del momento.

 

La erudición de San Isidoro queda patente en sus catorce obras que han llegado hasta nosotros, divididas y organizadas por su discípulo San Braulio   y que nos ayudan a percibir la magnitud de sus conocimientos y sobre todo también de la amplitud de la cultura en la Hispania de finales del siglo VI y VII. Si uno se dedica a ver las citas de las obras de San Isidoro, percibimos el inmenso caudal de conocimientos almacenados en las bibliotecas visigodas de los que solo una parte pequeña ha llegado hasta nosotros. San Isidoro disponía de la inmensa mayor parte del saber griego, romano y hebreo. 

 

De hecho, hay una obrita suya la Crónica Universal, Chronicon, escrito cerca del año 626 d.C. y que abarca desde la Creación del mundo hasta su época.

 

En ella Isidoro, que es obispo, habla de las tradiciones de los dioses de los antiguos griegos y romanos como si fueran reales. Divide el tiempo en seis edades o etapas e imagina un árbol genealógico muy largo o un río. Ese río mana desde Adán y fluye hacia los visigodos. No desecha ni condena el mundo de los antiguos, muy al contrario, lo integra en el mundo cristiano nuevo. Es decir, San Isidoro, al igual que se estaba haciendo en Constantinopla, al otro lado del Mediterráneo, no está condenando el mundo de los antiguos griegos y romanos, sino que recoge su información la reinterpreta, reelabora e integra en un nuevo mundo que no corta sus lazos, sus raíces, sino que los hace reverdecer, les da un nuevo camino que es el camino del Cristianismo. Lo mismo ocurre en todas sus obras, su obra maestra, las Etimologías, es un canto a la erudición y en todas trasluce la idea de conservar el conocimiento antiguo y darle una nueva orientación, razón por la que este santo puede considerarse guía y maestro de la cultura europea. Las Etimologías, agrupadas en veinte libros condensan todo el saber de los antiguos… desde la Aritmética, Matemáticas, Geometría, Astronomía, pasando por el Derecho hasta la Antropología, la Historia, Filosofía y Teología, el definitiva desde las Artes Liberales hasta las Ciencias Naturales, la Medicina, la Historia y la Teología, recogiendo y sistematizando todo el saber de la Antigüedad clásica y cristiana. 

 

Estos textos estaban llamados a convertirse en la enciclopedia que formó e instruyó a educar buena parte de Europa hasta el siglo XIV, así que debemos de arrinconar esa idea de la oscuridad e ignorancia medieval.

 

Hoy mucho se cita la Enciclopedia francesa del siglo XVIII, pero poco de recuerda las Etimologías, que significaron el inicio del ignorado renacimiento visigodo, sin el cual es imposible asumir y entender el renacimiento carolingio del S. IX, en el que tanto tuvieron que ver los sabios de origen hispanogodo en la Francia de Carlomagno coronado Emperador de los Romanos en el año 800 e impulsor del renacimiento carolingio para recuperar la cultura clásica, el Latín y el Arte y en el que Teodulfo de Orleans, un sabio de origen hispano, fue clave para el proceso. 

 

Teodulfo y tantos otros sabios se habían formado con las obras de San Isidoro, Julián de Toledo, autor del Prognosticon futuri saeculi, Sobre el futuro del más allá, de San Braulio de Zaragoza, de quien destaca su Epistolario y la Vida de San Millán, de San Eugenio de Toledo obispo, escritor y poeta, discípulo de San Braulio, de Tajón de Zaragoza, autor de Sententiarum libri, una obra en cinco libros en la que explica y enseña la Teología usando textos de San Gregorio Magno. 

 

Es decir, de ese boyante mundo visigodo del siglo VI que es un mundo de esplendor cultural ajeno al horizonte oscuro en el que se le dibuja de forma ignorante. Una época en la que hasta el más perdido párroco de un pueblecito de la Hispania Visigoda gozaba de una instrucción cuidada muy al contrario de la situación que no se daba en el resto de Europa. 

 

Desde el año 527 se establecen en el II Concilio de Toledo las escuelas catedralicias, donde los jóvenes que querían aspirar a pertenecer a la iglesia entraban con pocos años y recibían formación hasta los 18 años, debiendo ser examinados, y cumplir tres años de educación para hacer sus diáconos y así legar hasta recibir el sacerdocio, algo sin parangón en ningún reino europeo donde había sacerdotes analfabetos.

 

Lo mismo sucedía con la nobleza, para la que estaba la escuela palatina de Toledo, donde tras aprender a leer y escribir, se daba conocimiento literario y para el ejercicio del buen gobierno, sin parangón con el resto de Europa. 

 

Al mismo tiempo en la Francia Merovingia del S. VIII declina el pulso cultural y encontramos a reyes que no saben ni escribir su nombre, al contrario de esa Hispania Visigoda, culturalmente vigorosa, potente que era foco cultural de primera línea, algo que desconocemos y no se enseña. 

 

Hecho este repaso retornemos al año 612 momento en el que Sisebuto accede al trono visigodo, siendo San Isidoro obispo de la ciudad de Sevilla la urbe más rica, abierta, boyante y comercial junto con Mérida, capital de la Hispania Lusitania. Es una ciudad llena de viajeros, comerciantes y médicos llegados de todo el Mediterráneo, pero en un mundo convulso. Los comerciantes sirios fueron figuras clave durante los primeros siglos de la Edad Media pues mientras Europa occidental se volvía rural tras la caída del Imperio Romano, estos mercaderes orientales mantuvieron vivas las redes comerciales internacionales, conectando Oriente y Occidente. Muchos mercaderes sirios y judíos se instalaron de forma permanente en puertos y grandes ciudades de Europa y del norte de África, y eso sucedió con Sevilla.

José Crespo

José Antonio Crespo-Francés. Soldado de Infantería Española, Doctor en Artes y Humanidades. Enamorado de Aranjuez la ciudad donde vivo, Colaborador en radio y publicaciones electrónicas, autor de trabajos históricos dedicados al Servicio Militar y Valores, y a personajes en concreto como Juan de Oñate, Vázquez de Coronado, Blas de Lezo o Pedro Menéndez de Avilés y en general a Españoles Olvidados en Norteamérica y Españoles Olvidados del Pacífico. Rechazo la denominación de experto, prefiero las de "enamorado de" o "apasionado por". Si Vis Pacem Para Bellum

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1 comentario

  1. Espero que el día que pases por Logroño (sino regreso a Asturias antes jajaja) me entere con antelación suficiente para poder asistir con un libro en mi brazo, para que sea firmado con una bonita dedicatoria oportunamente. Buen trabajo mi Coronel.
    Gracias por enseñarme y comprender un poco mejor »el pasado» y la historia que nunca se me había explicado tan bien.

    Saludos desde Logroño.
    Juan Miguel

    (Cabo Torreblanca RV – Rgto Príncipe 3 Asturias)

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